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Alegría y felicidad

Aunque muchos y muchas no hayan pensado jamás acerca de ellas pues, con suerte, se limitan a sentirlas, cada cual tiene su teo­ría sobre la alegría y la feli­ci­dad. Pero ¿quién se atreve hoy a definir la felicidad, con pulcritud sin desistir del intento o aso­ciándola ins­tantáneamente al goce sensual y puntual?
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 13-4-2008 | 277 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/alegria-y-felicidad

  Bien, la felicidad es más compli­cada. Pero, ¿y la alegría? ¿qué entiende hoy el co­mún de los mor­tales por alegría? Desde las profundidades de la Alegría goet­hiana y beethoveniana de la Sinfonía 9, pasando por la superficial Alegría de la Huerta de la zarzuela de Chueca hasta hoy, hay océa­nos pese a ser el alma humana en apariencia siempre la misma.

  Esto viene a cuento de que entre el correo me encuentro la sen­tencia de un ocasional amigo treintañero muy dado a sentenciar, que hace meses me de­cía: "La alegría es una actitud y la felicidad una aspiración insacia­ble. Sin alegría -dice- es imposible experi­mentar la felicidad; diga­mos que es un estado de ánimo previo ne­cesario, como los pelda­ños simbólicos por los que debe ir ascen­diendo el alma del místico para llegar a alcanzarla".

  Cómo se nota la edad. Sobre todo, cómo se notan las diferencias conceptuales según el tiempo psicológico y anímico que vivi­mos… Qué diferentes significados dan las generaciones pasadas -pero que todavía viven- a abstracciones comunes (como justicia, libertad, fi­delidad, lealtad, compromiso, alegría, felicidad y otras sen­timenta­les), y el dado por las actuales hasta desfigurar a aquéllas. Espe­cialmente entre lo que entiende por amor, fidelidad, alegría o felici­dad la generación ahora dominante de quienes están en torno a los treinta, y la generación de los que su­peramos los sesenta...

  Por eso, cuán difícil me resulta a mí aceptar que la alegría sea una actitud y la felicidad una aspiración insaciable...

  Pero no seré yo quien contradiga una idea ajena expresada con firmeza y determinación. Mi generación lo comprende “casi” todo aunque esté conforme con casi nada. Pues desde la doxa, la opi­nión, todo el mundo tiene razón, su razón, y creo que nada hemos de decir a quien prefiere "ese" color al que solemos elegir. Y cuando el co­lor atañe a abstracciones como éstas, intangibles, inmedibles e in­asi­bles, con mucho mayor motivo. Cada cual busca su sostén. Por lo tanto, tampoco llevaré la contraria a esa amiga.

  Pero yo también tengo mi opinión. Así es que, a mi juicio, la cuna y después las circunstancias y la edad conforman el carácter. Así es que siendo al final la resultante de cada elección, o, en último tér­mino, habiendo una fuerte ósmosis entre el carácter y la opción, el carácter termina de formarse tarde. Y tarde es cuando podemos de­cir ya: éste es mi carácter. Hasta entonces fue las más de las veces nuestro temperamento lo que decidió. Más adelante es cuando nos damos cuenta de esto, de que es el carácter lo que decide si el frasco de las esencias del alma está medio lleno o medio vacío. Hasta entonces fueron hormonas y temperamento. Pero bien está, ya digo, que para mi amiga sea así. No voy a llevarle la contraria a que invita todo lo, desde tan corta edad, es expresado de modo tan tajante y senten­cioso. Ya he dicho que es derecho de cada cual equivocarse para sostenerse en pie y mantener alto el pabellón del yo…

  Porque, sobre la alegría, en mi consideración es un estado de ánimo, no una actitud. La actitud,  es una mezcla de medidas caute­losas o intrépidas que tomamos respecto a una cuestión o frente a la vida. La actitud se adopta. La actitud tiene poco que ver con lo "in­evitable". Es fruto de ese carácter en formación o conformado. No nos es dada. El estado de ánimo, en cambio, aunque lo podemos favorecer e incluso provocar a voluntad, nos viene de un conjunto de reaccio­nes endocrinas. En todo caso la alegría es una sensación que dura poco. La experimentamos como algo que se siente sólo mientras calculamos al mismo tiempo la sensación opuesta: la tris­teza antici­pada de perderla; algo regulable con más o menos volun­tad.

  Y en cuanto a que la felicidad sea una aspiración insaciable, es una percepción temprana que puede ser duradera. Pero tampoco es siempre y necesariamente así. La felicidad es otro concepto-senti­miento a dili­genciar, subordinado a factores varios. La felicidad, amigo mío, existe en estado puro. Todo depende del grado de nuestro grado de conformidad frente a la vida en cada etapa de la misma: si nos con­formamos con poco, la mera conciencia de existir ya puede hacer­nos felices y persistir en ese sentimiento, pero si so­mos demasiado exigentes, el solo vivir podrá ser causa de depre­sión y melancolía. Así es que no es lo mismo la felicidad para el jo­ven que para el viejo, ni para quien espera mucho que para quien nada espera salvo destellos. En todo caso y en ge­neral, podemos decir que al principio la anhelamos justo por eso, por considerarla inalcanzable. Fijamos a través de nociones culturales la infinitud asociada a ella, y esa infinitud fuera de nuestro alcance nos hace verla como quimera. Pero más adelante desistimos de bus­carla y, sabiendo que no pasa del anhelo y del ensueño, la encon­tramos en el disfrute de la insignificancia...

  Y esto, las tan diametralmente opuestas concepciones sobre la alegría, la felicidad y los sentimientos sucede, porque, como dice la escritora y antropóloga Déborah Puig-Pey "La educación senti­men­tal se basa en un modelo romántico, contradictorio con otros modos de pensar la vida social. La relación de pareja es también una rela­ción social, se sigue esperando de ella reciprocidad, sen­tido, dura­ción, gratuidad. Sin embargo, estas características, que no se espe­ran del mundo del trabajo o de la política, en la pareja queda aisla­das fuera de contexto, y parecen heredar los mecanismos con­tra­rios: se des­arrollan como relaciones de dominio privado".

  Para llegar a tener una visión amplia, de conjunto, de la vida, de la propia y de la colectiva, y para dictar sentencias que no sirvan sólo para guiarnos y no para dar lecciones al maestro armero al tiempo que hacemos camino al andar, hay que esperar a llegar a la cima de la montaña. Y ahora no está de moda esperar ni siquiera a llegar a la ladera... Todo se quiere y se decide en el momento, sin apenas re­flexión y sin paciencia...

  En fin, amigo mío, a lo que vamos: que la felicidad así entendida dura tanto como dura la contemplación de un amanecer o del firma­mento en un cielo limpio. Incluso el tiempo que quiera uno permane­cer junto a la lumbre o al lado y en silencio de quien se esmera en en­tendernos y nos regala siempre su sonrisa y sus disculpas…

 
 
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