En este libro de reciente aparición, La mujer presente -Hacia un verdadero protagonismo femenino- (Ediciones B), la autora, Marilén Stengel, analiza las circunstancias actuales del género y señala algunas trampas en las que suele caer la mayoría. Aquí, un adelanto: la trampa número seis
Trampa 6. Postergar mis necesidades en favor de las de mi familia me vuelve una buena mujer (¡y feliz también!).
Mi padre una vez dijo que en su opinión las mujeres son a la sociedad lo que los huevos a la masa: sin ellas la sociedad no tiene forma de mantenerse unida. Así como los huevos sirven para "ligar" los ingredientes de una preparación, las mujeres son, desde tiempos inmemoriales, las encargadas de tejer la trama de afectos y de relaciones que sostienen gran parte del tejido comunitario y social. Y por esto de la división de tareas y de roles, a las mujeres les tocó el mundo interno, el de la casa y de los afectos, y a los varones el externo y el de la vida pública. Así, ellas se volvieron expertas en la lectura de las necesidades de otros y en las maneras de subsanarlas. Lo hicieron, y muy bien, a lo largo de los siglos, pero así como los hombres perdieron mucho del contacto con su mundo interno por causa de dicha división de roles, las mujeres aprendieron a "olvidar" sus necesidades, a ningunear sus deseos más esenciales, a apagar parte de ese fuego sagrado que tiene que ver con sus pasiones y vocaciones. Se volvieron expertas en el arte de aceptar ser las últimas en la propia lista de prioridades, y toda mujer sabe que rara vez llega a ocuparse de lo que se halla en el último renglón de dicha lista. Es por ello que cuando una mujer tropieza con la pregunta: ¿qué quiero para mí?, esa pregunta puede resultar sumamente "subversiva". Muchas no lo saben porque nunca se lo han preguntado, otras lo saben pero por distintos motivos no pueden hacerse cargo de la pasión que implica encarnar dicho deseo, y otras son capaces de vivirlo intensamente y regalan sus frutos al mundo.
¿Cómo llegamos a esto?
¿Cómo aprendió el género femenino a olvidar sus pasiones? ¿En qué momento sucedió esto? ¿Cómo es que las mujeres lo aceptaron durante tanto tiempo y algunas siguen aceptándolo hoy? Jorge Miguel Brusca, psicólogo, egresado de la Universidad Nacional de Buenos Aires, propone algunas ideas para comprender la dinámica y los orígenes de dicho fenómeno. "A las mujeres se les ha enseñado a no tener, ocultar o disimular sus deseos y vocaciones por conveniencias del sistema de dominación sobre ellas", afirma. "Puede haber más de una razón para ello: una, mantenerlas fuera del sistema a fin de evitar competencias laborales, profesionales y sexuales. Otra, para relegarlas al trabajo hogareño no remunerado y dejarlas a cargo del "trabajo sucio" de cuidar los hijos, cocinar y limpiar la casa y ejercer la castidad. De este modo, se despejaba el horizonte para los hombres y sus grandes hazañas económicas, guerreras y sexuales. De vez en cuando surgía una Juana de Arco, pero era la excepción que confirmaba la regla. Además, no hay que olvidar que por algún motivo la quemaron en la hoguera. Lo mismo hicieron con otras mujeres lúcidas que, por no resignarse al sometimiento, fueron asesinadas y/o catalogadas de brujas, histéricas, locas o subversivas. Paralelamente a ello, también se les ha enseñado que sus deseos y vocaciones pasan exclusivamente por ser madres, cocineras, mucamas, enfermeras, asistentes de maridos y ancianos, costureras, y quizás artistas, pero permaneciendo siempre dentro del ámbito de la casa. Creo que la mejor forma de dominar a una persona es hacerle creer que si hace tal cosa será querida, valorada y aceptada. Y al mismo tiempo convencerla de que si no lo hace será rechazada, no querida, desestimada. Estoy convencido de que una forma de dominar a las mujeres ha sido convencerlas de que seguir sus deseos y vocaciones era una actitud egoísta, rayana en la perversión."
Efectivamente, el proceso que describe Brusca es la historia de lo que sucedió, en mayor o menor grado, con la voluntad y los deseos de miles de mujeres a lo largo de los siglos.
(...) Y si se da un salto en el tiempo y se observa que a pesar de que hoy en día se les sigue enseñando a algunas mujeres a obedecer el mandato que las obliga a desear lo que de ellas se espera, cada vez más las jóvenes generaciones, gracias a la doncella de Orleáns, a Sor Juana y a tantas otras que vinieron después, pueden dar fe de tenaces luchas por seguir los propios sueños. (...)
La vigencia de un mandato
Hay una distinción que conviene hacer en este punto: una cosa es que una mujer cumpla sin discutir el mandato tradicional femenino, y otra es que postergue por un tiempo sus deseos para cumplir otros.
Cuando un hombre y una mujer deciden conscientemente traer un hijo al mundo, ambos saben que deberán ceder mucho, sobre todo durante los primeros años, para que ese hijo crezca y prospere. Si esa familia decide tener más de un hijo, deberán postergar más años parte de los propios proyectos o deseos. (...) Esta es una realidad a la que ninguna familia con hijos pequeños puede sustraerse completamente. (...) La verdad del asunto es que parte del mandato femenino con el que aún se cría a las mujeres hoy dice precisamente que éstas deben postergar sus deseos en beneficio de los de su familia para ser consideradas "buenas mujeres".
Como todo mandato, éste exige cumplimiento para que la mujer en cuestión pueda obtener su certificación como tal. Y si bien en las sociedades de hoy las mujeres disfrutan de una mayor autonomía respecto de sus antecesoras, el peor estigma que una mujer puede cargar sobre sus hombros sigue siendo el de "ser una mala madre". Sencillamente, porque en un sector importante del imaginario social (y en particular en sociedades latinas, independientemente de su grado de evolución), la maternidad aparece como la función esencial a través de la cual la mujer le encuentra sentido a su vida. Al respecto, no hay que olvidar que la madre es por antonomasia una dadora. ¿Cómo puede entonces una mujer/madre plantearse elegir cubrir sus necesidades si ello significa postergar las de sus hijos? Muchas mujeres son rehenes de este mandato a tal punto que conseguirle lápices de colores a su hija puede ser más importante que ir a su sesión de terapia o atender alguna prioridad personal. La clave, por supuesto, está en analizar las prioridades de las necesidades y actuar acorde, pero muchas mujeres no pueden hacer este ejercicio. Sobre ello, el licenciado Brusca subraya: (...) "El humano es el ser vivo que más tiempo depende vitalmente de su madre. Es decir, vivimos porque, y si, fuimos valorados. Pero esa dependencia de la estima externa, en una evolución sana se transforma en autoestima. Si una mujer no la tiene bien establecida, estará expuesta a la convalidación ajena. Esto es lo que la llevará a cumplir mandatos únicamente para no perder dicha aceptación. Si una mujer cree que para ser querida y valorada debe ser casta, moderada en sus deseos y vocaciones, cumplirá ese modelo a rajatabla". (...)
Dueñas y señoras del propio deseo
Encarnar la vocación, defender los propios proyectos no es fácil, nunca lo ha sido. (...) A pesar de todos los condicionamientos, los mandatos, las culpas, miles de mujeres han logrado escapar del cepo que éstos le proponían y disfrutar de vidas ricas para ellas y el mundo.
Una mujer que me ha inspirado siempre y que sin duda vivió y encarnó apasionadamente su propio deseo fue la bella y talentosa Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón. Frida, como el mundo la habría de llamar una vez que su pintura recibiera reconocimiento internacional, tuvo una vida marcada por la militancia política, la gloria artística y la agonía física, que comenzó con la polio que contrajo a la edad de tres años y continuó con diversas enfermedades, accidentes y operaciones. En 1925, superada la polio y ya iniciada en el mundo del arte a través del grabado, sufrió un terrible accidente de autobús que la dejó con lesiones permanentes. Se fracturó la columna vertebral, varias costillas y un manillar le atravesó desde el estómago hasta la pelvis. Soportó treinta y dos operaciones quirúrgicas a lo largo de toda su vida, que fueron fuentes de renovado sufrimiento, sin que solucionaran demasiado las dolencias que padecía. Mientras se reponía del accidente, yacía postrada en su cama y, aburrida por su inmovilidad, comenzó a pintar. Lo primero que encaró fue una serie de autorretratos a partir de la observación de su rostro en un espejo que colgaba frente a ella. La pasión se había encendido y desde entonces la pintura fue su amor más constante. A pesar de su declarada homosexualidad, se casó con el famoso muralista Diego Rivera, quien la admiró y la estimuló para que adoptara los peinados y trajes tradicionales mexicanos: vestidos coloridos y joyería exótica.
Junto a él viajó por tres años a los Estados Unidos (1931-1934) visitando Nueva York y Detroit, viaje en el que deslumbró a una cantidad muy importante de intelectuales de todo el mundo. Mientras, y a pesar de los dolores y de las operaciones, pintaba y escribía "para qué quiero piernas si tengo alas para volar" y esas alas eran su arte y su pasión por la vida. Gracias a André Breton, el famoso artista surrealista, expuso en 1939 en la galería Renón et Collea, en París, ciudad en la que frecuentaba a Picasso y a la bohemia de la época.
Por fin, en 1953, la Galería de Arte Contemporáneo de México DF le organizó una gran exposición y, si bien los médicos le habían prohibido ir a la inauguración por hallarse muy delicada de salud, se presentó, traída por una ambulancia, en su cama de hospital. La cobertura de prensa fue extensa y extraordinaria. ¿Quién podría olvidar a Frida ese día en que cantó y bromeó y bebió a lo largo de toda la tarde junto a los presentes? Pero los días de Frida estaban contados, y un año después murió, con apenas 47 años de edad.
Frida vivió una vida apasionada, se hizo cargo de su deseo y cantó a la vida, a lo femenino y a las raíces de lo propio que hay en cada pueblo. Ella no pudo tener hijos, que era lo que más quería, pero sí pudo expandirse como artista y procrear una obra vasta, consistente y conmovedora. En ella, la llama sagrada que la llevó a vivir cuando pocos creían que lo lograría es la llama que late fuerte y vibrante dentro de cada mujer: el fuego sagrado de la pasión propia. La cuestión es ¿qué va a hacer cada una con su pasión intransferible y única? ¿Qué van a hacer las mujeres para que otras también puedan seguir adelante con sus vocaciones? Los obstáculos están, son tangibles en la mente de las mujeres y en los condicionamientos sociales que conforman el contexto. Pero la respuesta es la individual, la que una a una vaya dando y lo que otras puedan hacer para que las más jóvenes estén en condiciones de seguir su propio fuego. (...)
Domingo 12 de octubre de 2008
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