“El sistema financiero español es el más sólido del mundo”. Eso afirmaba Zapatero a finales del mes de septiembre en una reunión en Nueva York con directivos de las más importantes multinacionales norteamericanas.
Viendo la capacidad de análisis de Zapatero, que a principios de junio decía que era “un tema opinable” si había “crisis o no” los bancos y cajas del Estado español se deberían echar a temblar. Y es que a pesar de que el Ministro de Economía, Pedro Solbes, insiste en que la crisis financiera y económica mundial creada por las hipotecas basura o sub-prime no afectará mucho al Estado español, una economía que ha estado basando su crecimiento en el ladrillo y en la que hasta hace poco el sector de la construcción suponía el 14% del PIB, tiene todos los números para entrar —de manera más abrupta que cualquier otra— en una fuerte recesión y, por lo tanto, en una grave crisis económica.
Sobre todo por un hecho que tanto Zapatero como Solbes tienden a olvidar —voluntariamente o no— que es que el sistema financiero y económico español está totalmente relacionado con el mundial como si de hermanos siameses se tratase. El ejemplo más claro es la reciente subida del Euríbor —la tasa de interés que usan los bancos europeos para prestarse dinero entre ellos para más tarde dejarlos al resto de la gente y que afecta a las hipotecas— debido a la crisis financiera de EEUU, y que ha supuesto un fuerte incremento de las cuotas que cada mes cientos de miles de personas pagan por las hipotecas. Eso, combinado con un período intenso de recesión en el Estado español, pero también a nivel mundial, significa una profundización de la crisis segura.
A estas alturas, y a pesar de los intentos de los dirigentes del mundo de intentarnos convencer de que la crisis amainará y que ya ha pasado lo peor, lo cierto es que cada vez está yendo a más y sus consecuencias son por estas fechas imprevisibles, aunque ninguna de ellas será buena, sobre todo para los trabajadores y trabajadoras. La prueba de eso ha sido la nacionalización por parte del Gobierno de EEUU el pasado mes de dos de las empresas hipotecarias más grandes del mundo, Freddie Mac y Fannie Mae, ante el riesgo de bancarrota total. Y días más tarde hacían lo mismo con AIG, la primera aseguradora financiera del mundo, ante el miedo de un colapso del sistema financiero. El hecho es que el coste para salvar el sistema de finanzas puesto en marcha por la Administración Bush estará entre uno y dos billones de dólares, lo que significa nada más y nada menos que entre el 7 y el 14% del PIB de EEUU. Mientras tanto, los directivos bancarios se han embolsado en forma de indemnizaciones y beneficios 95.000 millones de dólares.
Sin embargo, más allá de los datos macroeconómicos, la crisis está abriendo debates en la calle entre la gente que la sufre de verdad.
¿Por qué surgen las crisis? ¿Se solucionan regulando más el mercado financiero y económico? ¿Hasta cuándo durará? ¿Dónde queda la idea de que el mercado lo podía regular todo por sí mismo? Y sobre todo, ¿cómo afectará eso a las condiciones de vida de la mayoría de la gente?
El sistema financieroLa actual crisis se dio a conocer en su mayor magnitud a través de las hipotecas basura o sub-prime y, por lo tanto, todos los analistas económicos, así como muchos de los políticos, se dedican a culpabilizar de la crisis al sistema financiero mundial y a como ha funcionado hasta ahora. Incluso en muchos casos culpan a personas a nivel individual que, debido a su “avaricia” y sus “chanchullos”, están haciendo traquetear toda la economía mundial. Sarkozy, en su intervención ante la última asamblea de la ONU, reclamaba sanciones “para los responsables y especuladores que habían producido esta situación”.
Lo cierto es que no se puede negar que el sistema financiero tiene cierta responsabilidad en el estallido de la crisis. Los especuladores aprovechan los booms en la economía para hacer fortunas y lo hacen ignorando completamente el proceso real de creación de riqueza, con el único objetivo de sacar el máximo beneficio en el mínimo tiempo posible. De hecho, los mercados financieros —esenciales para el funcionamiento del sistema— son como un gran casino donde se juega muy fuerte. La competición entre empresas hace que se vean obligadas a invertir constantemente en nuevas tecnologías si no se quieren quedar atrás en la carrera por los beneficios y acabar desapareciendo. Cuando no tienen dinero para hacer estas inversiones, los bancos y cajas los dejan. Por otro lado, cuando una empresa tiene grandes beneficios los deposita en los bancos, que al mismo tiempo dejan este dinero a otras empresas.
A pesar de esto, lo que no dicen los analistas pro capitalistas es que este comportamiento no explica los constantes ciclos de boom económico y recesión que se dan cada vez más a menudo. Y es que la razón principal de la crisis reside exclusivamente en el sistema de producción capitalista y en como este está organizado en base a la competencia entre diferentes empresas.
De esta forma, los especuladores y el sistema financiero son una fuente de inestabilidad que hace que una crisis del sistema se expanda más rápidamente —como hemos visto con la crisis de las sub-prime— al mismo tiempo que intensifica los booms y la crisis, haciendo más grandes sus efectos, aunque en ningún caso las producen. Podríamos decir que el sistema financiero juega el papel de la última copa antes de ir a dormir en una noche de borrachera, con todo lo que conlleva al día siguiente cuando llega la “crisis” (o resaca).
Tal como Marx ya había observado en su libro El Capital: “el sistema de crédito acelera el desarrollo material de las fuerzas productivas y el establecimiento del mercado mundial. Al mismo tiempo, el crédito acelera las violentas erupciones de crisis y por lo tanto los elementos de desintegración del antiguo modo de producción”.
Pero entonces, si el problema no es el sistema financiero, ¿cómo es que se producen las crisis? ¿De dónde surgen? ¿Cómo se pueden evitar? Durante toda nuestra vida nos repiten una y otra vez que éste es el único sistema económico que funciona y si miramos las tertulias en las radios y las televisiones veremos como no hay nadie que ponga en duda al mercado. Quizás, algunos lo quieren más regulado a través de la intervención del Estado, pero en definitiva nadie se cuestiona el sistema en su conjunto.
El problema real para la mayoría de la gente de este planeta es que este sistema no responde a sus necesidades. Lejos de los que dicen que el capitalismo hace que todo el mundo sea más “próspero”, está la cruda realidad.
Un ejemplo de esta terrible realidad son las cifras que denunció la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación) el mes pasado. Según esta organización, el número de personas que sufren hambre en el mundo pasó de 850 millones de personas a 925 millones, ya que los precios de los alimentos aumentaron en un 50% los siete primeros meses del año. Así podemos ver que hacen falta pocas palabras para mostrar el tipo de sistema en el que vivimos.
El problema es que ante esta crisis los economistas neoliberales deberían darnos una respuesta de por qué pasan estas cosas. Pero si esperamos a que nos la den, mejor que lo hagamos sentados.
Lo único que nos dicen estos economistas y analistas es que hay una ley de oferta y demanda, que algunas cosas se venden y otras se compran, sin explicar por qué hay ricos y pobres o por qué hay alimentos que se acumulan en los almacenes mientras hay gente que se muere de hambre.
De hecho, no llegan ni a explicar porqué se dan los booms y las crisis, e históricamente han fracasado una vez tras otra al prever los recesos de la economía mundial —como el que sufrimos hoy día. Entonces, para poder dar una explicación a todos estos problemas debemos adoptar un enfoque totalmente diferente.
Explicando los booms y la crisisA pesar de las diferencias entre los economistas capitalistas y los marxistas, hay una cosa que ni los primeros pueden negar. Este es un sistema donde la mayoría de recursos que la gente necesita para producir las cosas imprescindibles para vivir —fábricas, oficinas, tierras para cultivar, máquinas, etc.— están controladas por una minoría de la sociedad.
En el año 2007, 500 multimillonarios acumulaban una fortuna de casi tres billones de dólares, mucho más que el PIB de la mayoría de países e igual que el presupuesto anual de EEUU.
Según un estudio de Consultoras de Gobierno Corporativo, en 2007, en el Estado español diez familias históricas —es decir, ricos de toda la vida— y sólo veinte empresarios controlaban 19 de las empresas más importantes, valoradas en 102.000 millones de euros.
Por lo tanto, y como cualquiera puede comprobar en sus carnes cada día, la gran mayoría de la gente —la clase trabajadora— se ve obligada, si quiere sobrevivir medianamente, a vender su trabajo a los que poseen los medios de producción. Como decía Marx: “el trabajador puede dejar en cualquier momento al capitalista que lo ha alquilado (…) pero el trabajador, el cual solo tiene como fuente de ingresos su fuerza de trabajo, no se puede desprender de toda la clase de compradores, es decir de la clase capitalista, sin renunciar a su existencia. No pertenece a un capitalista en concreto, sino que pertenece a la clase capitalista en su conjunto”.
Obviamente, el trabajador no es un esclavo como en la época de los romanos, pero no deja de ser un “esclavo asalariado”. Por lo tanto, los y las trabajadoras se ven obligadas a aceptar por su empleo un sueldo que está por debajo del producto total de su esfuerzo. El valor de su sueldo bajo el capitalismo nunca es igual al valor del trabajo que realiza. Por ejemplo, si se necesitan cuatro horas de empleo para producir lo que una persona necesita para vivir y la jornada laboral es de ocho horas, el capitalista, el amo de los medios de producción, se queda con las cuatro horas restantes por no hacer nada. Eso, que Marx nombró “plusvalía”, es el origen de las ganancias, los intereses y las rentas, que combinado con las relaciones que se dan en el sistema capitalista mundial, son la causa de las crisis.
Así, dentro del capitalismo, al mismo tiempo que es un sistema internacional de producción, la organización de éste la llevan a cabo empresas por separado, que son rivales y que deben competir entre ellas para sobrevivir —ya sean éstas privadas o de propiedad estatal. Por lo tanto, si los beneficios o plusvalía que permite a una empresa competir con las otras los crean los y las trabajadoras, ésta debe intentar que cada trabajador produzca el máximo posible por lo menos posible. Éste es el origen del dinamismo del sistema. Su capacidad de adaptación y su constante necesidad de absorberlo todo dentro los parámetros del mercado es la consecuencia de la necesidad imperiosa de los capitalistas de mantenerse constantemente por encima del resto. De manera paralela, esto conlleva una renovación continua de las instalaciones y la maquinaria —es decir, comprar equipamiento nuevo— y una presión permanente sobre los y las trabajadoras para que con su trabajo lo hagan posible. De hecho, el propio capitalista no puede elegir hacerlo o no, a menos que quiera acabar arruinándose. De aquí la irracionalidad e inhumanidad de este sistema.
A medida que los beneficios de los capitalistas aumentan y parece cada vez más fácil lograr más y más beneficios, las empresas intentan aprovechar el momento para ponerse por encima de la competencia aumentando a la vez su producción.
De esta forma, se abren nuevas fábricas y oficinas, se contratan a más trabajadores, se compra nueva maquinaria, etc. creyendo que harán dinero a montones. Esto hace que otras empresas también produzcan más para ser las primeras en ofrecer nuevos productos al mercado. Así, se entra en una vorágine de producción y de beneficios rápidos donde por un período determinado de tiempo parece que el sistema funciona, ya que en ese momento es capaz de reducir el paro y dar una imagen —o más bien un espejismo— de que todo va bien. Es entonces cuando la economía se expande y entramos en un período de expansión o de boom económico.
Pero ¿cómo se pasa de eso a la crisis? La cuestión es que la falta de coordinación entre las diferentes empresas, el hecho de competir entre ellas y la búsqueda ciega de beneficios a toda costa, hacen que empiece a darse una falta de materias primas, de ciertos componentes, de trabajadores cualificados o de financiación de la industria. Precisamente los aspectos que hacen que de la expansión se pase a la recesión se dan durante la propia expansión.
Así, los precios y los tipo de interés suben y con ellos la inflación. Más tarde, la subida de los costes de producción hace que las empresas no ganen tantos beneficios como antes y deban empezar a despedir trabajadores o a hacerles trabajar más por menos. Con todo eso aparece también el problema de la “sobreproducción”. Los productos se amontonan en los almacenes y dejan de tener salida, ya que la gente no puede permitirse el lujo de comprarlos. Con la reducción de la demanda, más trabajadores se van a la calle y tienen menos dinero para comprar productos, lo que hace que la “sobreproducción” aumente aún más, pasando así del boom al receso.
A pesar de todo eso, es importante decir que las crisis del sistema no significan su desaparición y su colapso total, ya que incluso en la crisis más profunda no todas las empresas quiebran. Algunas de ellas, que tienen bastante confianza en sus beneficios como para volver a invertir e incluso en tiempo de crisis —aprovechándose de la ruina de otras empresas— pueden aumentar sus beneficios y su producción comprando barato. De esta manera, el círculo vicioso de la crisis puede dar paso de golpe a la recuperación económica hasta llegar a un nuevo boom volviendo a empezar el ciclo.
Sin embargo, también hay que decir que a medida que el capitalismo envejece y debido a las recesiones, cada vez hay menos empresas competiendo entre ellas y cada vez más hay una concentración más alta de capital. Algunos ejemplos recientes son la futura fusión entre Clickair y Vueling, entre British Airways e Iberia o la fusión entre los dos bancos de inversión JP Morgan y Chase creando un gigante mundial valorado en 32.000 millones de dólares, y que más tarde compró Bear Stearns, creciendo aún más. Así cada vez que hay otra crisis y alguna de estas grandes empresas quiebra, los efectos de la crisis son progresivamente más desastrosos para cientos de miles de trabajadores que pierden sus empleos, como está pasando ahora en la construcción y la banca.
Un sistema inestableLa pregunta es: ¿se pueden evitar estos ciclos con este sistema? La respuesta simplemente es no.
Incluso la economía oficial reconoce que el sistema capitalista es un sistema donde hay crisis cíclicas que, como la que sufrimos hoy en día, van cada vez a peor.
Después de la gran crisis de 1929, llegó la de 1973 —donde se acababa el período de boom más grande del capitalismo que empezó en los años 50—, después la crisis de 1990-93, la de 1998, la de 2001-02, y ahora ésta, la cual ya califican como la crisis más importante de la historia: “estamos atravesando la crisis financiera más importante desde la depresión de 1929”. Eso no lo dice ningún economista marxista sino el mismo Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España.
El problema para los economistas pro capitalistas es que son incapaces de explicar porqué estas crisis son cada vez peores. Y la clave está en que detrás de todo eso hay un problema fundamental en este sistema: la tendencia a la baja en la tasa de beneficios. De hecho, es esta tendencia la que en última instancia subyace a esta crisis económica y al resto que se han dado a lo largo de la historia.
Marx identificó esta tendencia intrínseca al sistema casi cien años atrás. Ésta no significa que las empresas, cuando entran en una crisis, tengan pérdidas constantes de capital hasta quebrar. De hecho, muchas compañías continúan haciendo mucho dinero y aumentando sus beneficios. Lo que quiere decir es que la tasa de beneficios que obtiene una empresa a cambio de lo que ha invertido al lograrlos, con el tiempo, tiende siempre a decrecer.
Esto se produce debido a la propia naturaleza de la acumulación capitalista. Como ya hemos visto, cada capitalista compite con los otros y se ve con la necesidad de renovarse o morir. Eso quiere decir invertir cada vez más en nueva maquinaria y nueva tecnología que reduzca lo máximo posible los costes laborales, para así poder producir más barato y, por lo tanto, vender más barato y dejar fuera del mercado a sus competidores. Eso lo demuestra un estudio sobre tasa de beneficios e innovación de la industria alimentaria: “la innovación tecnológica constituye una herramienta muy importante en la obtención de altas tasas de beneficio (…) Las grandes compañías agroalimentarias más innovadoras obtienen sistemáticamente una mayor tasa de beneficios que otras no innovadoras o menos innovadoras”.
Pero el problema para el sistema reside en que quien crea los beneficios no son las máquinas, sino los trabajadores y trabajadoras, con su fuerza de trabajo. Así, si hay una inversión más grande en la maquinaria que en la fuerza de trabajo, la inversión acaba creciendo más que los beneficios y la proporción de beneficios comparada con la inversión acaba disminuyendo.
Esta contradicción dentro del sistema es clave para entender su funcionamiento y sus crisis periódicas, ya que cuando más éxito tienen los capitalistas al acumular y hacerse con más parte del pastel, más presión le impone el sistema para que disminuya sus beneficios. Entonces, la pregunta es: ¿cómo puede ser que los capitalistas hagan algo que hace que bajen sus beneficios a la larga? Para contestar esta pregunta hay que entender un aspecto fundamental: lo que es bueno para un capitalista a nivel individual es malo para el sistema globalmente. El capitalista individual invierte para poder quedarse el trozo del pastel de los otros, al mismo tiempo eso obliga a hacer lo mismo a los otros para poder sobrevivir, incrementando la presión para competir mejorando su producción con nuevas tecnologías y así —globalmente—presionar a la baja los beneficios.
De hecho, las tasas de beneficios a nivel global no han vuelto a ser lo que eran. Llegaron a su máximo durante el boom de los años 50 pero desde la crisis económica de 1973 no han vuelto a sus niveles anteriores y han decrecido cada vez más durante estos años.
El economista Walden Bello da estos datos en uno de sus artículos: “la tasa de beneficios de las 500 principales corporaciones norteamericanas cayó estrepitosamente desde el 4,9% entre 1954-59 al 2,04% al 1960-69, al -5,30% al 1989-89, al -2,64% durante 1990-92, y al -1,92% al 2000-02”.
A otro nivel, pero mostrando la tendencia que estamos explicando, según datos de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, las principales empresas que cotizan en el Estado español —el Ibex 35— a pesar de tener unos beneficios de 29.175,8 millones de euros en el primer semestre de este año y aumentar así sus beneficios en un 16,9%, los datos mostraban una reducción en sus beneficios respecto al mismo período que el año anterior, el cual llegó al 32%. Pero incluso en los años de expansión económica el aumento de los beneficios no se traducía en un incremento de los beneficios respecto a la inversión, es decir, de la tasa de beneficios.
El impacto sobre los y las trabajadorasEvidentemente hay que entender que cuando las empresas se percatan de eso intentan tomar medidas para impedirlo. Y básicamente estas medidas toman tres formas diferentes.
La primera es intentar que el trabajador trabaje más tiempo sin aumentar proporcionalmente su salario para de esta forma aumentar los beneficios de la empresa sin aumentar los costes. Los analistas neoliberales lo tienen muy claro, como afirma uno de ellos en un artículo en el suplemento Negocios del País: “la extensión de la jornada laboral se debe afrontar con un enorme sentido pragmático, ya que el modelo idílico de trabajar poco y percibir una generosa retribución que permita vivir explayadamente en una sociedad consumista no parece que tenga mucho futuro”. Aparte de la pregunta que a uno le viene a la cabeza cuando lee eso, que es en qué realidad laboral vive este personaje, la afirmación nos muestra en qué dirección apuntan los apologistas del capitalismo.
De hecho, esta medida es la que se está intentando llevar a cabo por parte de la UE cuando se habla de aumentar la jornada laboral hasta 60 horas a la semana (ver cuadro “El PSOE y la Directiva de las 65 horas”), llegando a 65 en colectivos de trabajadores y trabajadoras con guardias, como enfermeros o bomberos y llegando a poder ser de hasta 78 horas según los contratos. Al mismo tiempo, las pausas o descansos en turnos largos de trabajo no se contarían como horas de empleo. Todo eso se llevaría a cabo permitiendo que los y las trabajadoras pudiesen pactar “libremente” sus horas de empleo con los empresarios.
La segunda medida se basa en presionar a los y las trabajadoras para que produzcan más. Siendo conscientes de que extender la jornada laboral tiene un límite, los capitalistas intentan que los y las trabajadoras hagan más trabajo con las mismas horas. Roland Berger, presidente de la consultora estratégica que lleva su nombre y asesor de políticos como Angela Merkel (del Partido Conservador alemán) o Gerhard Schröder (del Partido Socialdemócrata alemán), afirmaba en una entrevista sobre la situación en el Estado español que “es insostenible que el coste de la mano de obra aumente mientras la productividad no crece. Se debe aumentar la productividad. Y no sólo con medidas puestas en marcha por las empresas; debe intervenir el Gobierno. Hacen falta grandes reformas en el mundo laboral, en la productividad y el trabajo. Me gustaría ver en dos o tres años crecimiento cero en los costes laborales y un aumento de la productividad.”
De hecho de aquí surge la producción fordista o taylorista —la manera de organizar la producción concebida por F.W. Taylor, a finales del siglo XIX, y llevada a su máxima expresión por Henrid Ford— donde se controlaba totalmente la cadena de producción para hacer que el y la trabajadora produjesen más. Hoy día, en algunos centros de trabajo se intenta introducir el cronometraje o MTM (Medida del Tiempo de los Métodos), donde se intenta llevar aún más allá el control del trabajador, grabando y estudiando al milímetro sus movimientos para hacerle producir más en el mismo tiempo de trabajo.
Una de las ventajas para los capitalistas es que, si lo logran y pueden producir más barato que su rival, ganan mercado. El problema es que eso no tiene fin: cuando sus competidores hacen lo mismo deben volver a pedir más producción. Por eso, cuando muchos trabajadores y trabajadoras aceptan la idea de que producir más protegerá su empleo cometen un terrible error, ya que lo único que lleva eso es a atrapar a trabajadores y trabajadoras de empresas diferentes en una carrera interminable para trabajar y producir más que los demás.
La tercera medida es la de, directamente, recortar los salarios. No es que estos disminuyan constantemente, ni tampoco que no puedan subir nunca en el sistema capitalista como hemos visto antes, sino que en tiempo de crisis éstos no suben lo bastante como para mantener el nivel de vida, ya que no aumentan tanto como lo hace la inflación, es decir, los precios. Muchos analistas pro capitalistas tienen claro que la crisis económica hará que el aumento de los salarios en el Estado español se sitúe por bajo del IPC. Según estos analistas, “si la compañía entra en crisis será insostenible elevar los sueldos un 5%”. A todo eso se le suma el hecho de que el salario medio real de los trabajadores y trabajadoras en el Estado español ha disminuido en los últimos diez años, pasando de representar el 49,7 % del PIB en 1997, al 46,4 % en 2007.
Estas tres maneras de intentar mantener los beneficios no son ni mucho menos una ley inmutable. Más bien son métodos a los que recurren los capitalistas para luchar contra la presión a la que está sometida su tasa de beneficios. El problema para ellos es que todo este tipo de recursos provoca a los trabajadores —incluso a los que no están muy concienciados— a resistir y luchar, al mismo tiempo que crece la rabia contra el sistema y la posibilidad de una lucha de clases generalizada. Es aquí donde la lucha ideológica por un cambio revolucionario toma importancia.
La caída de un mitoLa nacionalización de Freddie Mac y Fannie Mae muestra hasta qué punto el Gobierno de Bush tiene miedo de un colapso total del sistema financiero que arrastraría con él al sistema económico. Estas nacionalizaciones tratan de intentar frenar la crisis a través de dar dinero gratuito al mercado financiero. El problema es que Bush está en el límite de lo que puede gastar. Es por eso por lo que, mientras que salvó a algunas de las compañías, dejó que se hundiese Lehman Brothers. Sus palabras antes de conocer la decisión del Senado norteamericano sobre su plan de choque clarifican mucho la situación: “estamos ante una grave crisis financiera, toda nuestra economía está en peligro”.
Esta crisis, por la magnitud que está teniendo y por la que seguro tendrá, ha abierto un profundo debate sobre la vigencia del neoliberalismo y el libre mercado. “Las tomas de control estatales pueden ser la única vía para hacer funcionar de nuevo al sistema financiero”. Esto, que podría parecer sacado de algún artículo de esta revista, es lo que se podía leer en un artículo de un diario de negocios hace poco, y muestra el punto al que ha llegado el debate entorno el sistema económico.
Además, este debate no sólo existe entre la izquierda sino también dentro la propia clase dominante. Algunos ejemplos de sus medios de comunicación nos pueden dar una idea.
La portada del suplemento de negocios del El País tenía como titular principal el mes pasado “Diez días que cambiaron el capitalismo”, haciendo una referencia clara al famoso libro de John Reed “Diez días que estremecieron el mundo” sobre el triunfo de la Revolución Rusa el 1917. Incluso Joseph Stiglitz, economista y ex director del Banco Mundial, decía que “la crisis de Wall Street era para el mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo”. Y, de hecho, en el sentido de que eso significa un golpe duro para la ideas neoliberales, tiene razón.
Lo cierto es que la clase dirigente no tiene respuestas unitarias frente a la crisis, lo que muestra su división y su preocupación por el impacto de ésta sobre el propio capitalismo y sobre todo sobre la credibilidad del sistema.
Si hay una cosa clara es que la intervención estatal —sea por la razón que sea— implica problemas ideológicos para las clases dominantes, ya que desafía la ideología neoliberal que se había instaurado desde los años 80.
Quién se podía imaginar a Nicolas Sarkozy diciendo “la autorregulación se ha acabado, el laissez faire se ha acabado y el mercado todopoderoso que siempre tenía razón se ha acabado”. La pregunta es si estará de acuerdo con él mucha parte de la clase dirigente. El problema de fondo es que si, como hemos visto, las crisis son inherentes al sistema, las clases dirigentes nunca las podrán resolver del todo y cada vez les será más difícil dar una respuesta consistente. De hecho, este tipo de declaraciones solo muestra el fracaso de los dirigentes políticos que han impulsado el neoliberalismo.
Por otro lado, todo este debate sobre la necesidad de regulación de los mercados por parte del estado, a pesar de romper con la lógica neoliberal, no deja de intentar hacer funcionar al capitalismo con otros métodos. Dicho de otra manera: intentan salvar al capitalismo de sí mismo. Y una manera de hacerlo que abre debates dentro del izquierda es la aplicación de políticas keynesianas.
El keynesianismo —desarrollado por John Maynard Keynes en los años 30— mantiene que sólo la intervención estatal puede salvar al sistema de las recesiones. Durante el boom del capitalismo en los años 50 —donde estas políticas fueron impulsadas por muchos gobiernos— se creyó que por fin se había logrado hacer funcionar al sistema, llegando a decir algunos economistas de la época que se habían acabado las crisis. Lo que pasaba era que durante aquellos años de expansión económica la clase trabajadora organizada en sindicatos y organizaciones también ganó mediante luchas unas mejores condiciones de vida. Todo esto se acabó con la recesión de 1973, cuando la crisis y la represión de los estados impuso al movimiento obrero recortes sociales y políticas de libre mercado.
Con todo eso, el problema de la intervención estatal sobre el mercado, y por lo tanto del keynesianismo, es que a la larga no puede solucionar el hecho de que la tasa de beneficos se mantenga tan baja y por tanto no puede explicar porqué cada vez las recesiones son más fuertes y a la vez los booms son más pequeños.
Eso es porque, al aceptar la mayor parte de los argumentos de la economía ortodoxa, son incapaces de ver la presión a largo plazo que existe sobre la tasa de beneficios y, por lo tanto, no dan una explicación de cómo parar la crisis.
Lo que debemos tener claro es que lo que está pasando en ningún caso es un problema del sistema financiero, como ya hemos visto, pero tampoco se trata de un problema de regulación que se pueda solucionar con más intervención. El problema fundamental reside en el propio sistema capitalista.
La necesidad de una respuesta y una alternativaLa última gran depresión de 1929 llevó años después a la Segunda Guerra Mundial. Y aunque ahora mismo no hemos llegado a esta situación, sí que es verdad que la crisis empieza a ser seria y no parece amainar, sino todo lo contrario, y lo que puede parecer una luz al final del túnel de repente se puede convertir en un tren a toda velocidad. Además, EEUU está herido económicamente pero no ha dejado de ser la primera potencia militar mundial, algo muy peligroso a corto plazo y que ha tenido su reflejo en la crisis del Cáucaso.
Sin embargo, a pesar de lo cual, una crisis económica de este tipo puede debilitar las ideas a favor del sistema y abre un amplio abanico de posibilidades para que las ideas revolucionarias y anticapitalistas tengan influencia en la clase trabajadora.
Pero también debemos ser conscientes de que la clase dirigente intentará buscar un chivo expiatorio como, por ejemplo, los y las trabajadoras inmigrantes. La Directiva de retorno —aprobada por el PSOE— es un primer intento de hacer recaer la culpa de la crisis a los y las trabajadoras inmigrantes. A eso se le suman declaraciones como las del líder del PP Mariano Rajoy —del tipo: “hay muchos extranjeros cobrando el paro y españoles buscando empleo fuera”— que son otro ejemplo de lo que tratan de hacer.
Ante la situación en la que nos encontramos y con la ideología neoliberal dañada, es más necesario que nunca dar una respuesta contundente desde la izquierda combativa, el movimiento sindical y los movimientos sociales de base.
Y es que como decía Lenin, “la política no es nada más que economía concentrada”. Precisamente esta situación ha sido la que ha cambiado la situación política en el Estado español.
El Gobierno de ZP, después de cuatro años de calma, podría empezar a encontrarse con la respuesta de los y las trabajadoras en la calle. La mezcla de la subida de precios y la crisis económica forma un cóctel explosivo. En muchos casos, la inflación lleva a los y las trabajadoras a luchar para mantener sus estándares de vida. De hecho, el futuro estará determinado por la lucha, entre las medidas que querrán imponer el Gobierno y la patronal y la disposición de los y las trabajadoras para aceptarlas. La cuestión será qué forma cogerán estas resistencias y cómo la izquierda organizada responderá ante ellas. Nuestro objetivo debe ser el de no pagar por una crisis creada por su sistema. Por eso habrá que atizar cada chispazo y cada fuego que surja de las luchas, que seguramente surgirán.
Sin embargo, a otro nivel, es necesario que como revolucionarios y anticapitalistas vayamos más allá y hablemos claramente de las alternativas que hay a este sistema irracional e inhumano.
Si queremos cambiar el sistema de arriba abajo es necesario, por su propia naturaleza, tomar el control de los medios de producción y hacerlos funcionar colectivamente, al mismo tiempo que coordinemos entre nosotros lo que se produce, subordinando esta producción al control democrático en base a las necesidades reales de la mayoría de la población.
Esta democracia directa tendría poco que ver con la que vivimos hoy día, que deja el poder real en manos de las empresas, y se basaría en la participación de la mayoría de la gente —ya sea desde los puestos de trabajo o desde los barrios— en los debates para planear la producción y, en definitiva, el funcionamiento de toda la sociedad.
Pero no menos importante que eso es que esta nueva sociedad, a pesar de que no se daría en todos los países de golpe —para poder escapar de las garras del capitalismo y la competición—, tendría que acabar expandiéndose por todo el mundo debido al carácter internacional del sistema actual. Sólo así, las nuevas redes de producción democráticamente controladas podrían acceder a todos los recursos disponibles para hacer de este mundo un lugar mejor para vivir, sin explotación ni opresión.
#1
03-10-2008 09:19
molt bo
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#2.- No problem
cabezon|03-10-2008 20:01
De respuestas subversivas de la clase obrera nada de nada, pues para eso están ahí los Fidaldo & Méndez con toda su camarilla de burócratas y paniaguados y por ello cobran del "sistema". También para ayudar a calmar los ánimos está La Sexta que mañana sábado sabadete nos ofrecerá futbol gratuito de 20 a 24 h, qué más podemos pedir las masas amansadas, pero qué crisis ni que niño muerto si esto Jauja.
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#3.- La necesaria unidad de la izquierda revolucionaria.
Matias-Ignacio|04-10-2008 21:25
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#4.- La necesaria unidad de la izquierda revolucionaria.
Matias-Ignacio|04-10-2008 21:36
  Llegó la hora en que los partidos y colectivos de  la izquierda revolucionaria salga de sus castillos donde intetan preservar la pureza ideológica y nos unamos para luchar contra el capitalismo. Nuestro enemigo no es el trotskysta o el marxista-leninista; nuestro enemigo es el capitalismo y sus aliados, psoe y la burocracial sindical. La historia nos obliga. !Todos unidos por el Frente por la República Democrática!.
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