"Todos los días del año se parecen unos a otros como una gota de agua. Pero hay uno que es diferente, porque es una gota de sangre; ese es el 1º de Mayo”
Leonello Vincenti (*)
Hay muchas categorías y conceptos que desde hace muchos años se conocen y se manejan en los círculos políticos de la izquierda incluyendo en estos a muchos de los actuales dirigentes sindicales. Es así, tanto para aquellos que optaron por concepciones reformistas como para aquellos que se decidieron por la concepción revolucionaria. En la cabeza de los principales actores del mundo laboral, se sabe con extraordinaria claridad, que el movimiento obrero y popular chileno, fue sometido por la dictadura a una feroz represión y a un sistemático desmantelamiento de su conciencia clasista y revolucionaria. Estos actores, también saben que las actuales condiciones de los trabajadores obedecen exactamente a las condiciones de derrota que nos impuso la burguesía vía mano militar y al hecho de que la Concertación, continuadora de las políticas dictatoriales, ha mantenido inalterables los principales factores de dominio de la conciencia como los mecanismos institucionales que sostienen el régimen de superexplotación de los trabajadores. Estos dirigentes políticos y sindicales de la izquierda, saben que los graves problemas de organización, de unidad y de freno al desarrollo de una conciencia de clase de los trabajadores, se deben al hecho sencillo y simple que desde hace años esta dado un evidente divorcio entre los revolucionarios y el mundo del trabajo. Hasta ahora, los sectores revolucionarios no hemos sido capaces de superar la débil e insuficiente ligazón a los intereses y a las luchas de los trabajadores.
FUERO SINDICAL PRIVILEGIO DE LA CONDUCCION OPORTUNISTA
En el pasado el rol dirigente, significaba para un representante de los trabajadores; toda una vida de sacrificios; de una permanente puesta a prueba de su lealtad a sus compañeros y fidelidad a la lucha emancipadora de su clase. El dirigente sólo contaba como seguro el apoyo que le brindaban sus pares, pero ni siquiera su legitimidad ante los suyos lo libraba de la odiosa y muchas veces terrible persecución patronal, que significó relegaciones, cárcel y exilio para muchos de ellos. Ser dirigente sindical hace sólo 14 o 15 años atrás, involucraba un enorme compromiso y a la vez un gran riesgo que podía comprometer hasta la pérdida de la vida. El fuero sindical era entendido por cada dirigente, como una conquista de la clase para hacer más eficaz su lucha de liberación, y eso hace que ningún dirigente, a menos que hubiesen traicionado sus principios, hiciese un mal uso de esta herramienta. Derechos como estos, arrebatados a los patrones con mucho esfuerzo y tesón, fue lo que posibilitó que la clase obrera a lo largo de más de cuarenta años de organización y de lucha, multiplicara sus cuadros y elevara a niveles extraordinarios el conocimiento y la cultura en la vida sindical. El sindicalismo en nuestro país hasta los años setenta mostró un cimiento valórico de gran solidez lo cual hizo que surgieran grandes y poderosas orgánicas de masas, como fueron las federaciones, confederaciones y la misma Central Unica de trabajadores cuya declaración de principios exponía pública y explícitamente la lucha contra el capitalismo y la conquista del socialismo como sociedad futura. En aquella época el concepto de unidad no se expresaba en los discursos porque se experimentaba en el día a día de la lucha por el poder. En los hechos, cada una de las organizaciones existentes en el seno de la clase, expresaba o más bien sintetizaba la vocación unitaria y militante de los obreros de aquella época.
Pero. ¿que ocurre hoy? En el Chile de la Concertación, la sindicalización no llega a representar al 10% de la población laboral activa de nuestro país. La franja de trabajadores organizados aparte de situarse en el básico estadio de la lucha reivindicativa, se encuentra fragmentado socialmente y los intereses mayoritarios no logran ser interpretados por las tres centrales sindicales que existen: ( Central Unitaria de Trabajadores (CUT); Central Autónoma de Trabajadores (CAT); y Confederación General de Trabajadores (CGT) ) las cuales proyectan el sesgo ideológico particular de sus fundadores. Tanto los dirigentes de estas centrales como los representantes del sindicalismo de base, salvo raras excepciones, constituyen una lamentable casta de burócratas y oportunistas de todo pelaje. Estos son los dirigentes que ayudan indirectamente a que la clase dominante sostenga en el tiempo los cercos políticos y jurídicos que ha atomizado socialmente a los trabajadores, son los mismos que utilizan la negociación colectiva como plataforma de ascenso económico o político personal o partidario, son los mismos que han mantenido por años su fuero sindical bajo el amparo de la empresa o del patrón, cuyas campañas de elección sindical, financiadas por la administración patronal, les garantizan la votación para un nuevo periodo de conciliación de clases. Salvo las excepciones –insistimos- la actual generación de dirigentes; arrastra tras sí, los lastres de un sindicalismo en bancarrota, dirigentes corruptos y en un estado de descomposición valórico-ideológica que se hace absolutamente funcional no sólo al modelo económico de los monopolios sino a la totalidad del sistema capitalista. Esta casta sindical, cuyos dirigentes lo más de las veces, reivindican el autonomismo social y dicotomisan con sentido arbitrario y unilateral lo social de lo político, para así evitar y zafarse de los contendientes revolucionarios; en lo concreto expresan una práctica sindical que hay que denunciar, dejar en evidencias sus trampas y engaños, desenmascarar sus postulados conciliadores y entreguistas y combatirlos de cara a los trabajadores como des-clasados y enemigos de los intereses históricos del proletariado.
En el mismo sentido, no está demás señalar que, la dispersión ideológica aún presente en los sectores revolucionarios, ha incidido de manera importante, para que los trabajadores hayan quedado al garete y en una adecuada posición de influencia para los sectores reformistas y pequeño-burgueses. Son varias las organizaciones de la llamada izquierda revolucionaria, que distanciadas de la teoría marxista, levantan al subproletariado (“el pueblo pobre y marginal”) como los nuevos sectores motrices de la revolución, sin que hasta este momento, hayan fundamentado teórica y científicamente sus convicciones. Estas opciones, y más bien considerando las potencialidades explosivas de estos sectores sociales, les lleva a priorizar por el trabajo poblacional y el campesinado indígena, desmereciendo las potencialidades de los trabajadores y no tomando en cuenta o talvez no sabiendo, la consecuencia de carácter estratégico que tiene la contradicción capital / trabajo. Lo lamentable de estos postulados es que por una lectura equivocada de la realidad y confundiendo el carácter de las contradicciones de clases, tienden a pensar que a los sectores excluidos de los mecanismos directos de la producción capitalista y por lo tanto instalados en una situación de indefensión social mayor, basta por este sólo hecho, para convertirlos de forma mecanicista en los nuevos sujetos del cambio revolucionario. Para estos sectores de la izquierda revolucionaria, no cuenta el hecho, de que al capitalismo como sistema lo mueve la ganancia, y que esta ganancia ha sido, es y seguirá siendo para los capitalistas el alfa y la omega, el principio y el fin. Bueno, lo que no comprenden estos compañeros, que la única fuente generadora de riqueza (ganancia) es el trabajo productivo y por lo mismo, allí; donde se realiza la explotación de la fuerza asalariada; donde se concreta la expropiación de la plusvalía; donde se ejerce la explotación de la fuerza de trabajo por el capitalista; es allí, donde se encuentra el verdadero detonante de la revolución social. Hacia allí debemos dirigir nuestros pasos y nuestros esfuerzos y constituir unitariamente una poderosa y fuerte corriente clasista con los más claros y combativos elementos de la organización sindical, esta es la tarea que ahora corresponde realizar con urgencia.
Los marxistas consecuentes, los que no nos llevamos buscando retratos del Marx joven o del Marx viejo, para ver que figura nos acomoda más. Los marxista- leninistas, por muchas razones que aquí no caben, pero, de todos modos, razones científicas, ancladas en la materialidad de la lucha de clases; reivindicamos la centralidad del trabajo productivo, como única fuente real generadora de riqueza, aún en la fase de desarrollo actual del capitalismo y enfrentados a la hegemonía del gran capital monopólico financiero internacional. El proletariado no ha desaparecido, pese a las cortinas de humo de los capitales especulativos y volátiles, la clase obrera fabril, ha dado lugar a la clase obrera de los servicios, de los ciclos temporeros y de las subcontrataciones. El proletariado no ha disminuido su número, por el contrario lo ha aumentado, en el Primer como en el Tercer mundo y las estadísticas así lo demuestran. Aún los revolucionarios tenemos un destinatario macizo, numeroso, mayoritario, para entregarle la bandera de la Revolución Social, la bandera del Socialismo. En Chile esa clase obrera ya se está poniendo de pie y comienza a luchar contra el abuso y la explotación capitalista. Entonces, sigamos extendiendo la reactivación social.
¡¡ PROLETARIOS DEL MUNDO UNIOS !!
(*) Leonello Vincenti: Joven dirigente socialista, ejecutado por la “Caravana de la Muerte”, en octubre de 1973 en la ciudad de Copiapó. Fragmento de una composición escolar que él realizó a los 9 años de edad.
#5
05-05-2008 15:18
je je je je...
¡Nadie es POETA en su tierra! 
 
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#6
Juan Carlos Cruz|10-05-2008 04:04
Es lamentable pero lo escrito revela una realidad.
Contundente...felicitacion.
ahora si vive  en chile o no ¿cambia lo dicho?
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