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Hacia donde van el capitalismo y la izquierda
¿Será cierto que a comienzos del siglo XXI, la historia ha caducado, barrida por el dinero? ¿está todo decidido y sentenciado como sostienen algunos, o por el contrario, sigue habiendo margen para actuar? 
Andrés Herrero | Para Kaos en la Red | 24-9-2007 a las 12:02 | 767 lecturas | 1 comentario
www.kaosenlared.net/noticia/hacia-donde-van-capitalismo-izquierda

¿Será cierto que a comienzos del siglo XXI, la historia ha caducado, barrida por el dinero? ¿está todo decidido y sentenciado como sostienen algunos, o por el contrario, sigue habiendo margen para actuar?  

La mejor forma de averiguarlo, es observar en que dirección corren sus agujas. 

Con la caída del Muro de Berlín, en 1990, terminó para el capitalismo, la época de contemporizar, guardar las apariencias y buscar compromisos. Desde ese momento, ya no necesita nadar y guardar la ropa, porque se encuentra como pez en el agua, y no le importa que se vean sus vergüenzas. Huérfano de enemigos, el capital imparable, se ha lanzado a saco, como un huracán, sin conceder tregua a nadie, y erigido en líder indiscutible de los asuntos humanos, solo acepta una rendición incondicional y un acatamiento sin reservas de sus postulados. Los últimos treinta años han sido probablemente los más fructíferos de su existencia. Con Wall Street por bandera, el capitalismo ha liquidado los restantes valores, y a velocidad de vértigo, valiéndose de su supremacía mediática, tecnológica y económica, se ha impuesto de extremo a extremo del planeta.  

En la selva civilizada capitalista, la ley se compra, y la legalidad se usa como arma, pero no se respeta. Nada funciona sin una dosis de manipulación. No importa que la ficción democrática se volatilice tan aprisa como el sueño americano, las torres gemelas o Bin Laden; la opinión pública, vacunada de escándalos, acepta como un hecho normal, que las empresas ganen un 25% más que el año anterior, mientras los trabajadores se conforman con un modesto 4%, al tiempo que los intereses de sus viviendas se elevan hasta las nubes, cuando más endeudados están.  

La economía se ha convertido en un juego de tahúres. Toda la sociedad, sin excepción,  ha girado del lado de donde soplaban los intereses del capital. Los bancos centrales encargados de regular la política monetaria y las tasas de interés, se hallan compinchados con él. Y las cloacas del Estado trabajan a tope para servirle. Robos de elecciones, golpes de Estado, desestabilización de países e intentos de magnicidio como los de Chávez o Castro; cárceles secretas, torturas, Guantánamos, violaciones de derechos fundamentales, encarcelamiento de disidentes, espionaje a sus propios ciudadanos, legislaciones de excepción, incumplimiento de acuerdos internacionales, e invasiones como las de Líbano, Palestina, Afganistán o Irak, forman parte del mismo paquete. La guerra constituye uno de los pilares fundamentales de la actividad capitalista, tanto en su dimensión económica, como en su faceta disciplinaria y ejemplarizante, configurándose como una de sus inversiones más rentables. El miedo esclaviza y paraliza, y los muertos cotizan; especialmente los de tercera clase, que valen más así que vivos.  

El capitalismo desconoce fronteras y reglas, y lo que persigue es una desregulación absoluta de ideologías, mercados y conciencias, que le asegure la máxima ganancia posible. Se trate de rebajas de impuestos, deslocalizaciones de empresas, reducciones salvajes de plantilla, especulación sin freno, demolición controlada del estado de bienestar, paraísos fiscales o corrupción institucionalizada, cualquier medio le resulta válido para conseguir sus propósitos.  

Desde que inició su ofensiva final, olvidándose de cualquier veleidad democrática, la gente se ha visto sometida a un mercado que ha ido ocupando y socavando, una tras otra, todas las instituciones y parcelas de su vida. Por eso, en la sociedad más rica y opulenta que ha habido jamás sobre la tierra, sus derechos retroceden sin parar, y sus condiciones de vida se deterioran irremediablemente, ante el irresistible avance de la división panzer de los negocios. El capitalismo la ha condenado a vivir de prestado y subsistir precariamente, sin estabilidad ni puestos de trabajo para todos, haciendo del hecho de sobrevivir, un lujo y un privilegio en el primer mundo, y un milagro en el tercero. Cada vez resulta más difícil ganarse el derecho a ser explotados, como testimonian a diario mileuristas, inmigrantes y pateras.  

Confiar en que el capitalismo acabe con la pobreza, es como esperar que el lobo cuide de las ovejas. Lo que se está produciendo es precisamente todo lo contrario, una concentración cada vez mayor del capital en menos manos, que se traduce en una presión más asfixiante e implacable sobre los humanos y su hábitat. Las riquezas naturales se están dilapidando a la misma velocidad con que la trampa financiera devora a empresas y particulares. Ríos, selvas, costas o montañas, se rinden al progreso y desaparecen. Ya no quedan países, sino mercados; no gobiernos, sino multinacionales; las personas se han convertido en los últimos decimales de la cuenta de resultados. En un cero a la izquierda con derechos humanos.  

La globalización significa la exportación del capitalismo al resto del planeta, para que ni el más apartado rincón, quede a salvo de su sed insaciable de lucro. Más de lo mismo, pero corregido y aumentado. La miseria representa la cara oculta de la abundancia. Vuelta tras vuelta de tuerca, el capital procede a una vampirización progresiva de la sociedad, con el fin de extraerle hasta la última gota de su jugo vital. Pobreza, destrucción mediambiental, cambio climático, colapso energético, agotamiento de recursos y contaminación, se encadenan entre sí, componiendo un cóctel letal para la especie humana.  

La burbuja del bienestar se asienta sobre un estercolero. Sin embargo, aunque al capitalismo nada divino o humano se le ponga por delante, no puede impedir que sus problemas se le acumulen y vayan en aumento. Víctima de su propia desmesura, la única salida que encuentra cuando las cosas se le complican, es acelerar su huída hacia delante, lo que provoca que sus acciones se vuelvan todavía más irresponsables y brutales. Necesita vender optimismo a la sociedad para ganar tiempo y maquillar el negro horizonte que se le avecina, a la vez que multiplica el ritmo de explotación, para que el incremento de la productividad, compense la disminución del rendimiento. La etapa feliz, en que con un 20% de esfuerzo, obtenía el 90% de resultado, se ha transformado en otra, en la que necesita invertir un 80 %, para alcanzar el 10%. El estrechamiento constante de los márgenes, le obliga a aumentar la escala de sus operaciones y ampliar el radio de la devastación, componiendo un círculo vicioso, un agujero negro que se engrosa sin cesar, engulléndolo todo.  

Cuanto más empeora la situación, menos puede el capital permitirse mostrar signos de flaqueza; al contrario, ello le obliga a reaccionar con mayor contundencia para eliminar cualquier posible foco de resistencia. El gasto creciente en armamento, o el uso de bombas nucleares de pequeña potencia en forma de proyectiles de uranio empobrecido, constituyen buena prueba de la mentalidad e intenciones que lo inspiran. 

Su juego solo atiende al presente y a sus intereses inmediatos, y a ellos está dispuesto a sacrificar cualquier futuro.  

Aunque algunos ingenuos todavía crean que el capitalismo aprenderá de sus errores y sabrá rectificar a tiempo, un cambio de rumbo sería para él, lo mismo que hacerse el harakiri. Su naturaleza es depredadora, y nadie puede cambiarla. El exceso constituye su razón de ser, y el único desarrollo sostenible que concibe es el de sus ganancias. Frente a ello, el desastre climático, la destrucción del planeta, o la supervivencia de algunos millones de personas, son aspectos secundarios, irrelevantes.  

Pero por más que los frentes de batalla se le multipliquen sin descanso, el capitalismo contempla esas amenazas como excelentes oportunidades, y no tiene reparo alguno en integrarlas a su negocio, igual que supo hacer en su momento con la izquierda. Su estómago lo digiere todo, y su capacidad de absorción es ilimitada. Sabe que la miseria no tienta a nadie, que lo bueno gusta a todos, y que en la elección tramposa entre honradez o bienestar material, la segunda opción vence por goleada. Evidentemente, el capitalismo no habría tenido tanto éxito, ni hubiera durado tanto tiempo, si no respondiera a impulsos muy profundos y arraigados en el ser humano, que no son precisamente los mejores (los negocios son la manifestación pública del egoísmo privado). Los hombres están combatiendo a un monstruo, que habita no solo fuera, sino sobre todo, dentro de ellos mismos. 

El capitalismo sabe que mientras no le falte de nada, al ser humano no le importa dejarse engañar (dame pan y dime tonto), pero desenmascarados sus estragos por la evidencia científica (el Ártico y los glaciares se funden debido al calentamiento global), ha reaccionado con envidiable oportunismo y agilidad, poniéndose en cabeza de la procesión:  

  • Estableciendo un mercado de derechos de emisión de gases (con licencia para contaminar, como el agente 007). 
  • Impulsando el mercado de los biocombustibles, para que coman los coches y no las personas (lo primero es lo primero).
  • Desarrollando el sector de las energías alternativas, y de paso, reimpulsando la nuclear (por si cuela).
  • Promoviendo el reciclaje, los productos “verdes”, los estudios de impacto ambiental,  la acomodación de tarifas a la escasez, la separación de basuras, la creación de puntos limpios, y las campañas de consumo responsable (sin dejar por eso, de fomentar en paralelo la producción, el crecimiento, el consumo y el uso de vehículos motorizados).
  •  

    Con distinta partitura, lo que pretende el capital es seguir manejando la batuta y la orquesta a su antojo. Es la realidad, no él, la que falla. Y a grandes males, grandes remedios. Resulta más rentable y cómodo, que sean el hambre, la miseria, la enfermedad y la violencia, los que se encarguen de eliminar a la población superflua, que adoptar medidas para evitarlo. Y encomendando esa tarea a los agentes naturales, él queda libre de toda culpa.  
     

    La perspectiva de una hecatombe humana, al capitalismo no le asusta, primero porque está acostumbrado a cometerlas él, y segundo porque como en el pasado siempre ha logrado salir airoso de todos los retos, piensa que esta vez también lo conseguirá. Blindada su alma y su cartera contra la desgracia ajena, y amparada en la ilusoria seguridad que le proporciona su fortuna, sus dirigentes se proponen mantener inalterable su estatus hasta el final, como los pasajeros de primera clase del Titánic, creyendo que no se hundirán con el barco, cuando se produzca el esperado choque con el témpano. Como ganadores natos que son, confían en su buena estrella, y por la supervivencia de sus privilegios están dispuestos a arriesgar la suya.  

    Pero los elementos no van a ser los únicos factores de desestabilización. La lucha feroz por los mercados y las materias primas, va a acarrear una colisión de monstruos, de enormes proporciones y de graves consecuencias para todos. A EEUU, Japón o Europa, se han sumado Rusia, China o la India, recién convertidos al capitalismo y dispuestos a competir con ellos por la hegemonía mundial y los recursos, lo que agudizará las tensiones mutuas y la presión sobre el planeta.  

    Todos ellos se apuntan vorazmente al saqueo.  

    El clásico conflicto capitalismo/ comunismo está siendo sustituido por una confrontación, aparentemente comercial, de los bloques capitalistas entre sí. Capitalismos en guerra, que solo podrán convivir, mientras cada cual obtenga su parte del botín, y puedan reemplazar la confrontación directa por la de países interpuestos, pero que acabará en el momento en que el agotamiento de las reservas exija su tributo, y todas las alianzas y equilibrios salten por los aires. El capitalismo fragmentado en capitalismos, nos aboca al imperialismo en el exterior y al tecnofascismo de puertas adentro.  

    El capitalismo no conoce amigos e impone el sálvese quien pueda universal. Cuanto más crezca la desigualdad, más aumentará la violencia; la reducción de la droga del consumo hará que cese su efecto de encantamiento sobre la población, y que al no poder controlar su malestar, sus líderes recurran al gran hermano que la tecnología les brinda. Bienvenidos sean los terrorismos, porque de ellos será el futuro. Los que identifican capitalismo con democracia, olvidan que el fascismo es la forma que adopta el capitalismo en situaciones de excepción. No quieren reconocer que el actual régimen de despilfarro, de producción y consumo basura tiene los días contados, y que el sistema carece de soluciones o recambios para él. Aunque el modelo capitalista no ha muerto, está agotado, y no existe posibilidad alguna de reformarlo, si se desea una sociedad mínimamente humana y un poco más justa.   

    El panorama lo completa la seudoizquierda, o falsa izquierda bendecida por el capital, que no cesa de entonar cantos de sirena a favor de su modernización, para ponerse las pilas y cambiar ella, no el sistema, haciendo realidad el viejo dicho de “si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”. Una izquierda que a puro desnaturalizarse y adulterarse, ha acabado por volverse trasgénica y no apta para el consumo humano.  
     
    Algo que poco importa a un dinero al que cualquier traje ideológico le sienta bien, y que no tiene reparo alguno en trasvestirse de izquierda tantas veces como le conviene ofrecer una cara más amable, ni vacila en otorgar carta blanca al socialismo “de centro”, para que sea él, haciendo de policía bueno, el que realice el trabajo sucio de las reconversiones, privatizaciones, políticas de ajuste estructural y recorte de derechos laborales. Dado que no hay peor cuña que la de la propia madera, el rechazo que suscitan esas medidas entre los afectados, es mínimo, ya que si “los suyos” le perjudican, seguro que lo hacen por su bien o porque no les queda otro remedio. El papel que desempeña la izquierda domesticada es el mismo de los animales en el circo: piruetas para complacer a sus amos, intentando de paso ganarse el favor de la grada. 

    En la trinchera opuesta, se encuentra la izquierda de verdad, la que resiste como puede la marea neoliberal. La que más que a votar, llama a la movilización general; pretende pasar de la denuncia a la acción, y trata de organizarse para plantear una alternativa a escala global. Su reto consiste en aglutinar al ingente número de grupúsculos antiglobalización, foros, redes alternativas, movimientos de base y de cúpula, comunistas, anarquistas, sindicalistas, activistas, ecologistas de todo cuño, clase y condición, que marchan cada uno por su lado, con su boletín a cuestas, su página de internet, su radio, su editorial, sus siglas, sus objetivos particulares y sus cuatro partidarios, llenos de estupendas ideas y buena voluntad, pero escasa efectividad.  

    Demasiada atomización, escasa unión y nula organización, son los males que aquejan a esa izquierda sana, pero desnortada, cuyo mayor error, consiste en instalarse en el autoengaño para tranquilizar su conciencia. El mérito de verdad corresponde a quienes habiendo sufrido exilio, torturas, prisión y mil penurias más, se han sacrificado y dejado la piel por defender sus convicciones. Acompañada de mayor o menor fortuna y acierto, su lucha tantas veces infructuosa e ingrata, no ha sido estéril, porque ha abierto el camino a los demás, dando ejemplo de dignidad humana  

    Pero aparte de la resistencia heroica de Irak, Afganistán, Palestina o Colombia, la poca política de izquierdas que se hace hoy en el mundo, ocurre en Venezuela y Cuba, lo que, más pronto que tarde, condena a esas experiencias aisladas y sitiadas, al fracaso. Con el inconveniente añadido en el caso de Venezuela, de que el imperio yanqui no va a dejar escapar su petróleo, y de que aún reconociendo los logros de la revolución chavista, pretender compatibilizar la propiedad colectiva con la privada, resulta tan difícil como conseguir la cuadratura del círculo. 

    El resto, y duele reconocerlo, no deja de ser izquierda verbal, teórica, que se limita a actuar a la defensiva, manifestándose y escribiendo textos de condena para expresar su discrepancia. Poca cosa. Aunque como actitud personal, esté muy bien mantener una postura honesta y crítica a contracorriente que siempre acarrea un coste, y aunque en determinadas circunstancias, sea eso lo único sensato o correcto que se puede hacer, resulta notoriamente insuficiente. En el fondo, esos comportamientos son un reflejo del individualismo y la insolidaridad propios del capitalismo... ¿y qué credibilidad puede tener una izquierda que se dice partidaria de los proyectos comunes, y luego se muestra incapaz de hacer nada en común? Y lo que es más grave… ¿qué le impide hacerlo?  
     
    Sabemos hacia donde va el capitalismo; lo que no sabemos es hacia donde va la izquierda; pero lo que está claro es que si sigue por el mismo camino, su punto de confluencia, será el abismo. Se comprende que después de las experiencias fallidas del socialismo real, se haya producido un período de desconcierto y desencanto en la izquierda, con la consiguiente deriva y fragmentación ideológica. Pero el plazo prudencial para volver a coger impulso y recuperar la iniciativa perdida, hace tiempo que expiró. 

    Se necesita un revulsivo. Alguien tiene que tomar el testigo y asumir el liderazgo moral en la tarea de reagrupar la izquierda. Y la alternativa que goza de mayor credibilidad para poder servir de referente en estos momentos, no es otra que la democracia participativa (http://www.zmag.org/Spanish/indparec.htm), que propugna la supresión del estado, el mercado y la propiedad privada.  

    La izquierda tiene que demostrase a sí misma que es capaz de funcionar ella y hacer funcionar las cosas, por acuerdo y no por imposición, sabiendo por supuesto, que descentralizar y devolver el poder de decisión a la gente, no supone la panacea mágica para resolver todos los problemas de este mundo. Que es solo un planteamiento coherente, que recogiendo lo más valioso de la herencia de comunismo y anarquismo, y superando sus defectos, pretende integrarlos en un proyecto renovado. En un denominador común, configurado como una línea de trabajo abierta y plural, que se ha de enriquecer y construir, sin exclusiones ni dogmatismos, con las aportaciones de todos. 

    Se trata en definitiva, de empezar a organizarse de una forma no autoritaria ni capitalista. Materia oscura que sigue siendo la asignatura pendiente de la humanidad, pero que vale más que apruebe, antes de que se le acaben las convocatorias. 

    Porque la cuenta atrás ha comenzado.

     
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    Comentarios (1)

    La que se nos viene

    kaka|24-09-2007 22:57

    http://www.voltairenet.org/article151671.html


    Silvia Cattori: Esas políticas que nos hablan de justicia y libertad; ¿no son más que aire, nada?

    Jean-Claude Paye: Tenemos que ser lúcidos: mostrar las cosas tal como son. Los que hacen críticas y se limitan a decir: “Sí, hay que tener leyes antiterroristas, es necesario luchar contra el terrorismo, pero hay que evitar los abusos” no hacen otra cosa que legitimar el punto de vista del poder. Hay que mostrar que las leyes que tienen por objetivo la lucha contra el “terrorismo”, son en realidad leyes contra las poblaciones.

    La última ley promulgada en EE.UU., la Ley de Comisiones Militares, es una ley constitucional de alcance mundial, como lo demuestro en mi último libro “Global war o­n Libertyª. El presidente de EE.UU. tiene la posibilitar de calificar de enemigo a todo ciudadano estadounidense o a todo nacional de un país con el cual EE.UU. no está en guerra. La gestión de las poblaciones, incluyendo a los ciudadanos estadounidenses, se convierte en un acto de guerra y ya no sólo en una acción policial.

    Tomemos el ejemplo del Acuerdo Swift. Swift es una agencia belga que se ocupa de las transferencias financieras internacionales. Swift ha transmitido, desde 2001, todas las informaciones sobre las transacciones de sus clientes violando no sólo la legislación belga, sino la legislación europea [11]. Es el derecho de EE.UU. aplicado en Europa.


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