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Los marginados por el capitalismo en su España
LOS GUETOS EN SU ESPAÑA SEGÚN SU PERIÓDICO OFICIAL EL PAÍS. Ellos construyen la marginación y luego nos la explican, que simpáticos!!
Kaos - Redacción | El País - Kaos. Opinión | 18-12-2005 a las 18:30 | 1267 lecturas | 2 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/marginados-capitalismo-espana

Los suburbios empiezan a incubar la exclusión
PATRICIA ORTEGA DOLZ
DOMINGO - 18-12-2005

Hay gente en España que se levanta y, al abrir la ventana de un décimo piso, la vista se le pierde frente a un inmenso poblado de chabolas. Gente que sale a la calle y se encuentra, como parte de un paisaje tan natural como surrealista, a fantasmagóricos drogodependientes cabizbajos en la siniestra ruta en busca de su dosis. También hay quienes ven cómo sus hijos juegan en parques que parecen vertederos, o viven en casas compartidas y carentes de la mínima comodidad. O quienes no salen ni a tirar la basura por la noche por miedo a los atracos... Españoles y extranjeros con pocos recursos se reparten la marginalidad y la miseria que rodea nuestras ciudades.

Villaverde, en Madrid; Orriols, en Valencia; La Mina, en Barcelona; El Puche, en Almería; el Polígono Sur, en Sevilla, o San Francisco, en Bilbao. Cada vez más personas con menos recursos, según los últimos datos del INE, que hablan de un 20% de personas pobres en el país con un aumento de gente joven dentro de este colectivo.

La tensión en esos barrios se sostiene y se ha mantenido durante años, no sin incidentes. Sin embargo, las recientes revueltas francesas han dejado resaca. Las imágenes de la periferia de París ardiendo descontroladamente han dado la vuelta al mundo y han impregnado el aire de una sensación inquietante. Esa misma violencia empieza a temerse en otros países europeos. Bélgica se ha preparado. Romano Prodi, ex presidente de la Unión Europea, ha dicho: "No es sino una cuestión de tiempo". Y el portavoz del Gobierno alemán, Ulrich Wilhelm, lo ha visto como "una advertencia para todas las democracias". ¿Puede España vivir lo mismo?

Son muchos los que han analizado las causas de lo ocurrido en Francia y llegado a la conclusión de que son muy diversas y con un profundo calado social. El paro, las problemas derivados de la emigración, la carestía de la vivienda... Los centros de las ciudades han aumentado el nivel de renta y han expulsado a los menos favorecido a los márgenes, provocando una separación geográfica de clases, etnias y comunidades. Eso es el gueto: como señalaba el crítico y arquitecto francés François Chaslin, en París "todo ha contribuido a extender el sentimiento de gueto, y poco a poco la crisis del extrarradio se ha precipitado hacia el drama. La miseria, el paro endémico (con una media del 21% en estos barrios), la desaparición del comercio de proximidad ante los centros comerciales, las dificultades escolares, la droga, la economía sumergida..., todo ello los ha convertido en enclaves de exclusión".

EL PAÍS ha hecho una inmersión en barrios del extrarradio de capitales españolas con el fin de analizar su situación y tratar de ver si existen o no similitudes con los de Francia. El resultado nos sitúa ante una realidad distinta a la francesa, pero que debe mirarse en aquélla como en una especie de espejo del futuro para evitar repetir los mismos errores.

El estigma de la marginalidad, medida en parámetros como altos niveles de desempleo (cerca del 10% en España, pero superior en estos barrios periféricos), las bajas rentas (sueldos que no llegan a los 1.000 euros mensuales), las infraviviendas (abandonadas por los obreros e inquilinos primigenios y cedidas a aquellos que no pueden permitirse nada mejor), el fracaso escolar de segundas generaciones, la delincuencia, la alta concentración de inmigrantes económicos (en algunas zonas, cercana al 40%), los trapicheos de drogas (con grandes poblados chabolistas)... Todo eso pesa sobre esos barrios que crecen en los límites de nuestras ciudades. Controlarlos, ya no sólo policialmente, se termina convirtiendo en una prioridad obligada para evitar males mayores en un futuro no tan lejano.

"Las posibilidades de que lo acontecido en Francia se produzca en España son escasas, de momento. Los altercados sucedidos allí se vienen produciendo periódicamente. Pero, sobre todo, las raíces del problema se encuentran en una segunda generación de inmigrantes, franceses de nacionalidad y que reivindican ser ciudadanos de pleno derecho", dice Narciso Pizarro, profesor de Ciencia Política y Análisis de Redes Sociales en la UCM, en su regreso de Francia tras los altercados. "Nuestro extrarradio no lo conforman sólo inmigrantes; son barrios con vida, con parques y tiendas. No son como la banlieu francesa, en donde no hay nada, son una especie de barrios carcelarios", añade.

España, en donde los inmigrantes representan tan sólo el 8,4% de los 44 millones de habitantes (sólo 1,5% menos que en Francia), pero donde la población crece en gran parte gracias a ellos, no existen guetos propiamente dichos. No hay grandes barrios únicamente habitados por inmigrantes. Existen, en cambio, zonas o focos en donde se concentra un gran número de extranjeros, guiados por el trabajo y la mayor facilidad para acceder a una vivienda.

"Hace 30 años, los inmigrantes franceses encontraban trabajo. Ahora sus hijos no lo consiguen a veces sólo por su apellido o por su lugar de residencia, y no por una cuestión de currículo", dice Enrique de Montoya, profesor de Sociología de la Desviación en la UCM. "Nosotros nos podríamos encontrar, en una década, igual".

Competir por el mismo trabajo

En los últimos años, en los que la llegada de inmigrantes a España ha sido más fluida, ellos han ido ocupando empleos rechazados por los españoles. Desde la construcción hasta el servicio doméstico, pasando por el sector servicios. Pero los sociólogos alertan: la continua deslocalización de empresas está provocando la pérdida de empleos. La tasa de paro en España, según las últimas estadísticas del Ministerio de Trabajo, está cercana al 10% (igual que en Francia): más de dos millones de parados, de los que los inmigrantes suponen casi un 6%, y sin olvidar que de los 42.700 nuevos parados del último mes, el 30% son inmigrantes. "Los problemas vendrán cuando unos y otros compitan por los mismos trabajos. Entonces sí puede haber brotes xenófobos o revueltas. Será un clasismo disfrazado de racismo", insiste Montoya.

Los barrios del extrarradio de las ciudades son, en cierto modo, un indicador de los principales problemas que debe afrontar nuestra sociedad en un futuro. Conocer su realidad se convierte así en un punto de partida para dar soluciones y saber por dónde seguir.


San Francisco: marginalidad en el centro

MARTA NIETO
DOMINGO - 18-12-2005

Este barrio está muy bien situado, es el centro de la ciudad", defiende Eduardo Cordero (1963, Bilbao), quien trabaja como delineante en un estudio de arquitectos y lleva ya 13 años viviendo en la zona más degradada de la capital vizcaína, conocida en su conjunto como Bilbao La Vieja, aunque incluye también el barrio de San Francisco. Como él, más del 30% de la población se ha instalado aquí desde 1991 (los de más antigüedad representan el 40% de los habitantes) debido al menor precio de las viviendas. Cordero lo ha ido conociendo y amando, y achaca al desconocimiento del resto de los bilbaínos su reticencia a acercarse.

En Bilbao La Vieja conviven prostitutas, traficantes de drogas, inmigrantes ilegales y antiguos vecinos. Tuvo tiempos mejores; hoy todavía muchos ciudadanos recuerdan los años en que San Francisco era "una calle comercial de tronío", como dice Cordero. Su paralela, la calle de Cortes, agrupaba salas de fiesta y de alterne, la vida nocturna transgresora y divertida. "Era el barrio alegre de Bilbao", lo define Cordero.

Aquello se acabó "con la llegada de la droga, allá por los setenta". Las inundaciones de Bilbao de 1983 acabaron por darle la puntilla. Aunque esa zona se encuentra en un alto y no sufrió los estragos del agua, dejó de recibir ayudas e inversiones, y éstas se centraron en los barrios anegados. Y se convirtió en una asignatura pendiente.

Bilbao La Vieja y San Francisco, que suman 9.472 de los 352.317 habitantes de la capital vizcaína, tienen una particularidad que las diferencia de otras zonas degradadas de las grandes ciudades españolas: se encuentran junto al mismo centro de la ciudad. Siete líneas de autobús transitan sus calles. Sin embargo, tres fronteras han marcado su aislamiento y su degradación: la ría del Nervión, las vías de Renfe y las minas de hierro de Miribilla. Un responsable municipal, que no desea dar su nombre, añade una cuarta: la mente, el pensamiento. "La gente tiene un concepto equivocado de Bilbao La Vieja. Se trata de una zona entrañable de la ciudad. Es cierto que aquí pasa lo que dicen, pero no tanto. Hay que abrir la mente y aprender a mirar lo distinto". Cordero incide en que las reyertas, que han llevado a los colectivos vecinales a realizar protestas este mismo año por la inseguridad, las provocan grupos de inmigrantes que se pelean entre ellos. "La droga es el origen de todos los males del barrio", apunta Cordero, pero su reflexión va más allá: "Es su ilegalidad lo que causa los problemas; tener que adquirirlas en el mercado negro, con lo que eso conlleva de grupos de poder".

Un paseo por la calle de San Francisco ofrece, sobre todo al anochecer, un panorama tenso e intimidante. Grupos de jóvenes inmigrantes apostados a ambos lados de la acera vigilan y hacen negocios. La calle es suya. Los yonquis se les acercan a por sus dosis. Ninguno quiere fotos, ni de lejos.

De los barrios de Bilbao, éste es el que más inmigrantes aglutina, si bien Vizcaya no cuenta con excesiva población extranjera. A comienzos de año había empadronados 23.908, lo que representa un 2,11% del total de la población vizcaína. Los inmigrantes, en general, se encuentran integrados, y muchos han abierto comercios. Los que causan problemas son los que se dedican al negocio de la droga y los que delinquen a consecuencia de este tráfico.

La alcaldía espera que las propias transformaciones del barrio acaben desplazando el tráfico de drogas. De hecho, la prostitución ya se ha extendido a otras zonas de la ciudad, y en Bilbao La Vieja, mucha de la que permanece va unida al mundo de la droga. Mientras tanto, Médicos del Mundo ha instalado una narcosala en una de las calles. Acaba de cumplir dos años de vida, y en este tiempo ha atendido a más de mil toxicómanos.

Las calles más cercanas a la ría se han convertido en la zona buena del barrio, con viviendas que superan los 190.000 euros, que en su momento fueron adquiridas y reformadas por jóvenes que han aportado savia nueva. Aunque el PIB de Bilbao La Vieja sigue siendo bajo con respecto al resto de la ciudad: 16.883 euros per cápita, frente a los 19.648 de Bilbao o los 19.316 de Euskadi. La tasa de paro alcanza el 13,7%, frente al 8,3% de la capital vizcaína.

Desde el año 2000, el Gobierno vasco, la Diputación de Vizcaya y el Ayuntamiento de Bilbao han puesto en marcha el Plan Integral de Rehabilitación de la zona, con la participación de grupos locales. El primer periodo, ya concluido, se extendió de 2000 a 2004, con una inversión de más de 180 millones de euros; el segundo, en marcha, llegará hasta 2009.

Promoción de empresas
La acción abarca diferentes ámbitos, desde la rehabilitación de viviendas hasta la promoción de empresas que se instalen en la zona o a la dotación de equipamientos culturales y sociales para el barrio que actúen como referentes para el resto de la ciudad. Allí se instaló el centro de creación Bilbao Arte, la sala de conciertos y teatro Bilborock o, más recientemente, una residencia de estudiantes. Además, la Biblioteca de San Francisco ha superado los 15.000 usuarios, y los centros cívicos ofertan una amplia variedad de cursos y talleres. Gracias a las ayudas a empresas que quieran instalarse en el barrio, lo han hecho ya 75 nuevos negocios en el último lustro.

"Lo que más vale del barrio es precisamente eso, que es un barrio; la relación entre vecinos", destaca Cordero. Eso mismo han debido de pensar las instituciones, ya que han integrado a los colectivos vecinales en las reformas de la zona. Les preguntarán, por ejemplo, sobre los proyectos para remodelar la plaza de Corazón de María, que albergaba el centro escolar (se ha abierto uno nuevo en Miribilla) y unos equipamientos deportivos en mal estado.


40 culturas conviven con tensión en Villaverde
P. O. D.
DOMINGO - 18-12-2005

Para muchos habitantes de Madrid, Villaverde es "una de esas zonas del sur de la capital". Un lugar de gente más bien humilde, conflictivo, donde se concentran putas, delincuentes, cabecillas de bandas de crimen organizado, inmigrantes, camellos... "la escoria", que diría Nicolás Sarkozy, el actual ministro del Interior francés, y, sin embargo, cada vez con más papeletas para ser presidente de su nación.

Es el distrito, a unos 15 kilómetros del centro donde aún no llega el metro (ahora en construcción), que se extiende a lado y lado de la M-30 en forma de un montón de torres de ladrillo visto con más de 10 alturas. Es el barrio donde murió apuñalado Manu, un chico español de 17 años, a manos de otro chico dominicano de 19 el pasado verano. Es el lugar en el que algunos vecinos necesitan un "salvoconducto" que demuestre que son residentes y que van a sus casas y no buscando los servicios de alguna de las meretrices que salpican sus calles. Y es el sitio en el que se ubica el mayor hipermercado de la droga de España: el Salobral.

Pero si alguien no hubiera oído nunca hablar de Villaverde y se metiera por equivocación en esa zona de Madrid una buena mañana, lo que encontraría sería un barrio de vida tranquila. Con sus parques, sus comercios de toda la vida y sus zonas comerciales, sus pequeñas plazoletas, sus colegios e institutos, sus zonas deportivas y sus centros culturales. El supuesto turista accidental percibiría que hay una mayoría de población mayor, gente de esa que lleva toda la vida en el barrio, y otro montón de gente recién llegada, más joven, procedente del Magreb y de Ecuador, principalmente.

Vamos, que hay de todo y por su orden, y en función de donde se viva pues hay unos problemas u otros. Y es que tan real es el Villaverde de parques y paseos como el deterioro físico y humano de algunas de sus zonas.

"Esto ha cambiado mucho, a peor, en los últimos cuatro años", dice Severino Fernández, de 75 años y regente de una mercería en San Cristóbal de los Ángeles, donde el porcentaje de inmigrantes es del 40%. "Antes nos conocíamos todos y ahora uno no sabe con quién trata. Todo el mundo que ha podido se ha ido. Por las noches no se puede salir a la calle".

Es cierto que en este distrito, en donde la población inmigrante supera el 20%, y llega a casi el 40% en algunas zonas, se dan unas condiciones de vida distintas a las de otros lugares de la capital. Pero es que, desde sus orígenes, que se remontan al franquismo, Villaverde fue un barrio obrero y de inmigrantes. Primero de extremeños y castellanos que vinieron a trabajar en los setenta al polígono industrial de San Cristóbal en la Renault o en la Peugeot. Ahora, de latinoamericanos y magrebíes, que trabajan en empresas de la ciudad pero que viven allí porque las viviendas, puestas en venta por esos trabajadores primigenios, son más baratas; aún hay pisos de 2.000 euros el metro cuadrado, la tercera parte que en el centro.

"Yo vine aquí a vivir hace cinco años con mi familia", dice Youness, un inmigrante marroquí de 25 años. "Ahora llevo este locutorio y tengo una casa para mí solo en el barrio de San Cristóbal porque mis padres se han ido a Valencia. Tengo una novia brasileña y vivo bien".

La tensión está servida. Un montón de gente (144.000 personas) venida de todas partes; un 9% de paro (tres puntos por encima de la media regional); una renta per cápita de 8.100 euros (frente a los 17.000 del barrio Salamanca, por ejemplo); casi un 30% de fracaso escolar; 40 culturas diferentes; personas procedentes de realojos chabolistas y drogodependientes deambulando por la zona; currantes de toda la vida que hacen ejercicios de ingeniería financiera para llegar a fin de mes... Todos juntitos.

Problemas de convivencia
Un barrio mixto, donde los principales problemas son de convivencia, según han denunciado reiteradas veces las asociaciones de vecinos, hartas del estigma de marginalidad que recae sobre el barrio. "Hasta que no pase algo como en Francia, aquí nadie se moja, y menos los políticos", escribe uno en un foro del periódico local.

Por el momento, la Administración local mantiene una sola comisaría con menos de 200 agentes para dos distritos: el de Usera y el propio Villaverde, donde no hay día que no haya un robo con violencia, según la policía. "Lo que hay es una falta de convivencia tremenda, y ahí poco podemos hacer", dice el responsable de seguridad ciudadana. "El barrio sufre las consecuencias del trasiego que provoca el Salobral. Y no hay que olvidar que, aunque no hay bandas, aquí viven sus cabecillas".

El concejal del distrito, Carlos Izquierdo (PP), coincide: "El mayor problema son los núcleos chabolistas, que van a desaparecer y se va a realojar a sus habitantes". Pero la opinión del director de uno de los institutos, que prefiere no dar su nombre, es menos optimista: "Aquí tenemos a los cachorros, casi un 40% hijos de inmigrantes. Pero hay una terrible falta de interés por el estudio. El aprendizaje no es un valor ni para ellos ni para sus padres. Lo único que cuenta es el del dinero. El absentismo es tremendo, y lo que se está fraguando, a pesar de nosotros, no es nada halagüeño de cara al futuro".


La explosión latina del barrio de Orriols
JAIME PRATS
DOMINGO - 18-12-2005

La parroquia de Santa Mònica i El Salvador de Valencia cuenta desde hace varias semanas con una nueva y exótica inquilina: la Virgen de El Quinche. Esta iglesia es el templo de referencia de la mayoría de los inmigrantes del barrio de Orriols, en el que se ha asentado buena parte de la comunidad latinoamericana de la ciudad. Los propios inmigrantes trajeron la imagen desde Ecuador, donde se venera por su leyenda de milagrosa y cuya romería atrae a decenas de miles de devotos. Hace varias semanas los inmigrantes reprodujeron en el jardín del río Turia esta tradición con una pequeña procesión a cuyo término alojaron la imagen sobre un altar de la parroquia. "Vienen ríos de gente a rezarla", comenta Edison Pérez, misionero comboniano destinado en Valencia para auxiliar a las comunidades de inmigrantes.

Orriols, con un 16,3% de población extranjera, es el segundo barrio con mayor porcentaje de la ciudad, según datos de enero de 2004. El primero es La Roqueta, con un 17,6%, aunque es mucho más pequeño, y el tercero es Russafa, con 15,6%. Los tres están en primera línea de riesgo de "segregación espacial", como apunta el Observatorio Valenciano de las Migraciones. En otras palabras, si no se toman medidas, el barrio va camino de convertirse en un gueto de población latina. Y el asentamiento de población inmigrada continúa, de forma especialmente acelerada en Orriols.

Nuevos vecinos

Hay varios factores que explican esta situación. Se trata de un barrio obrero con abundantes bloques de viviendas de protección oficial, prácticamente aislado del centro hasta hace unas tres décadas. Los trabajadores de los años 1960 y 1970 que por entonces compraron sus casas han ido aumentando su nivel de renta. Esta circunstancia, unida a la aparición del nuevo Orriols, unas zonas residenciales próximas recién urbanizadas, ha dado como resultado un "proceso de sustitución étnica por la movilidad ascendente" de los vecinos de siempre que se han desplazado a los nuevos barrios, como apunta Francisco Torres, profesor de Sociología de la Universidad de Murcia en su tesis Ámbito urbano, sociabilidad e inserción social de inmigrantes, que estudia el caso de Valencia.

El cambio de residentes va unido a una nueva fisonomía del barrio -nuevos comercios, cambios en la vida social-, lo que estimula la salida de los vecinos tradicionales que aún no lo han abandonado y provoca un descenso del precio de la vivienda que actúa de acicate para la llegada de más extranjeros. El resultado ha sido que en los últimos años, especialmente desde 2002, ha habido un vuelco de buena parte de la población, con la particularidad de que ha sido "un proceso muy rápido", como apunta un especialista de inmigración del Ayuntamiento de Valencia. Tanto, que están buscando fondos europeos -"aquí no tenemos"- para desarrollar un programa de integración.

Testigo directo de esta evolución es Alejandro Tello, director del colegio público Miguel Hernández. "La vida en el barrio ha cambiado mucho; está más deteriorado", comenta, "la gente se va, dice que no aguanta más". "Se nota incluso en la participación en el colegio: de 700 padres que podrían votar en las últimas elecciones sólo lo han hecho 70".

Pero la verdadera medida del cambio es la tasa de escolares hijos de extranjeros. Al colegio acuden 600 niños de entre tres y 12 años. Uno de cada dos alumnos de las líneas de enseñanza en castellano son inmigrantes de 18 países diferentes, la mayoría ecuatorianos. Frente a esta concentración, la línea en valenciano, como el resto de centros públicos que absorben el 82% de los inmigrantes, se ha convertido en un reducto de niños nacionales. Mientras al otro lado de la calle una escuela concertada apenas cuenta con población extranjera, la pública se satura y reproduce la segregación del barrio en las aulas. "Si queremos una sociedad cohesionada hay que empezar por la escuela y desde la educación primaria; luego, en la adolescencia es más complejo intervenir". La profusión de alumnos hijos de inmigrantes "por la selección del alumnado en los centros concertados" hace que "ni siquiera se pueda integrar la segunda generación". "Aún no hay Latin Kings, pero ya llegarán", advierte Tello.

El misionero Edison Pérez, peruano de 33 años que asiste a los inmigrantes de la zona en la iglesia de Santa Mònica i El Salvador, coincide en este juicio. Existe una "desestructuración personal, afectiva y religiosa" en los recién llegados que viven "una especie de luto" por el choque cultural y el desarraigo que suele durar dos años. Pero el problema de la segunda generación "será aún más fuerte", comenta el responsable en Valencia del programa de atención social y pastoral al inmigrante. "Una de las grandes preocupaciones en este momento" es la falta de "atención adecuada" a los jóvenes inmigrantes en las escuelas, señala, y apunta el riesgo de la aparición de episodios de violencia como muestra del rechazo a la situación en la que se encuentran. Más pronto o más tarde "se plantean el problema de su identidad: son gente nacida aquí, pero sus orígenes están allá", apunta. Y llegan a la conclusión poco esperanzadora de que son "ciudadanos de nadie".


El estigma persigue a los vecinos de La Mina
MIQUEL NOGUER
DOMINGO - 18-12-2005

Ni la friolera de 174 millones de euros invertidos en la rehabilitación del barrio barcelonés de La Mina ni la celebración del Fórum de las Culturas el año pasado a escasos 200 metros de su casa han evitado que algún seleccionador de personal haya mirado por encima del hombro a Elena Tarasevych. Al enterarse de que esta ucrania de 36 años vivía en este barrio, de poco le ha servido su licenciatura en Economía y su carrera de Derecho casi acabada. "Todos me decían: '¡uy La Mina!".

El estigma de la marginalidad que persigue a este barrio de 13.000 habitantes, separado de Barcelona por una calle, y ahogado por los seis carriles de la ronda del Litoral no desaparece pese a que, tras siete planes fallidos, ahora ha llegado el dinero para transformarlo. En los tres años escasos que Elena ha vivido en la zona, hasta hace bien poco habitada casi exclusivamente por población gitana, el cambio ha sido brutal. Calles nuevas, fachadas en restauración, un tranvía acabado de estrenar, y en construcción un instituto, una escuela, un centro de atención primaria y hasta una iglesia. Todo es nuevo. O casi todo.

Indiferencia barcelonesa

Pero los barceloneses continúan ajenos a esta transformación. Para la mayoría, La Mina no sugiere más que miseria, heroína, trapicheo y delincuencia. Y el día a día no es amable. Que los presuntos autores de la muerte de un matrimonio de joyeros y su hijo recientemente en Castelldefels fueran de La Mina no ha ayudado a realzar la moral de cuantos luchan para mejorar la imagen de este barrio. Vivir en La Mina ha sido para Tarasevych "toda una experiencia". Asegura que "todo está mejorando", pero recuerda muy bien los días en que salir a la calle al caer la noche, hace apenas un par de años, era toda una aventura. "Fuera apenas había luz y la basura lo inundaba todo".

Este panorama tampoco impidió que Nelia Olivar, peruana casada con un español, se instalara en el barrio. "Mi marido es de aquí, así que no me planteé vivir en otro lugar pese a la cara de sorpresa que veía en mucha gente de fuera del barrio al decirles dónde vivía". Pese a todo se siente afortunada. "Aquí falta mucha política social, el sentimiento de abandono sigue siendo grande, el barrio siempre se ha limitado a sobrevivir". Y lo ha logrado pese a que la renta familiar media, de 3.700 euros, es cuatro veces inferior a la catalana.

Y la educación está en la base de estos problemas. El absentismo escolar sigue afectando a una cuarta parte de los escolares del centro de primaria de La Mina y a tres de cada cuatro alumnos del instituto Fórum 2004. Ello explica que cerca del 65% de los niños del barrio se escolaricen fuera de él. Ya sea por falta de plazas o porque sus padres prefieren otro entorno para los más jóvenes.

Juan José Amaya, de 17 años y loco por el fútbol, conoce bien estos problemas. Tras unos años en la escuela, en que, según admite, "andaba un poco perdido", abandonó los estudios hace ya tres cursos. Como a muchos de sus amigos le costaba seguir unas clases que debía combinar con la venta ambulante, fuente de ingresos de su familia. "Ahora veo que debería haber seguido estudiando", dice sin perder una sonrisa que se le acentúa al ser preguntado por lo que le gustaría ser de mayor. "Ya estoy un poco viejo, pero mi sueño era ser futbolista como mi primo

[el ex jugador del Atlético de Madrid y actual defensa del Ciudad de Murcia, Iván Amaya]".

Más pragmático, asegura sentirse atraído por el mundo educativo: "Me gustaría ser educador de calle o monitor para ayudar a los chavales", afirma. Ha pasado el último año haciendo un curso de inserción laboral promocionado por el consorcio de La Mina, el organismo participado por varias administraciones para llevar adelante el plan de inversiones del barrio tanto en materia urbanística como social. Por primera vez, Juan José ha probado el mundo laboral mediante unas prácticas como reponedor en un supermercado, tarea que ha combinado con algunas tareas de voluntariado.

Amaya ha seguido de cerca, a través del televisor, la oleada de violencia que asoló decenas de barrios franceses el mes pasado. Le interesó lo ocurrido allí, pero no ve paralelismo alguno con La Mina. "Pienso que aquí, a pesar de todo, hay muchas asociaciones que trabajan para mejorar las cosas, no creo que estemos tan abandonados... en el fondo, la mala imagen que tenemos es sólo esto, mala imagen; somos gente normal".

La profesora de sociología de la Universidad de Barcelona, Anna Alabart, comparte el diagnóstico: "Nuestros barrios, como el de la Mina, tienen problemas, pero difieren, al menos por ahora, de los que hemos visto en Francia". "Aquí la inmigración que viene para quedarse no es tanto la magrebí como la de Perú o de la República Dominicana y su cultura es mucho más próxima a la de aquí". Pero alerta: "en el caso de la Mina hay que ser vigilantes, pues la mezcla de nuevos llegados con la comunidad gitana, a veces, es explosiva".

Entre el grupo de personas ilusionadas del barrio destacan Ana María Ponce y Carmen Cortés, empleadas de la brigada de limpieza y mantenimiento que, gracias a este empleo, ya no venden en el mercadillo. Tienen un sueldo, llevan uniforme y se sienten respetadas. Con 50 años, cinco hijos y 11 nietos, Cortés se siente orgullosa de su vida en el barrio, pero lamenta la falta de oportunidades que endémicamente ha afectado a los suyos. "Ahora hemos mejorado, casi todos trabajamos y podemos vivir en el barrio. Espero que dure".


El 'quejío' del Polígono Sur
TEREIXA CONSTENLA

DOMINGO - 18-12-2005

La hija del tocaor Carlos Heredia entraba a su piso de casada tocando palmas. "Tenía que espantar unas ratas así [su padre recrea el tamaño de un folio]. La basura llegaba al segundo piso". Carlos Heredia, que ha cedido a su hija el cuarto que emplea como estudio de grabación, cree que el Polígono Sur, el barrio sevillano donde nació hace 44 años, ha empeorado "horroroso" desde su infancia, cuando su madre esperaba en la calle hasta la madrugada a que regresara de tocar con los hermanos Amador y otros niños a los que un avispado empresario bautizó como Los Gitanillos. "Venían a vernos todos los grandes: Paco de Lucía, Camarón, Lola Flores, Chiquetete, Pansequito...". Heredia aprendió a tocar en las plazoletas del Polígono Sur y, con el paso del tiempo, acabó deleitando a los espectadores de la Ópera de París y del Teatro Real.

En los circuitos flamencos, Polígono Sur es un marchamo de creatividad, aunque en Sevilla simbolice la exclusión social. "Es un sello para estigmatizar a la población, pero fuera de aquí también es un sello de calidad en el flamenco", compara Paco Cordero, el director del centro de educación de adultos, que batalla para convencer a la Administración de que el flamenco puede convertirse en un "yacimiento de empleo" para un vecindario lastrado por la precari-zación laboral (afecta al 82,8% de la población activa).

Un barrio que nació sin nombre
Un barrio que nació sin nombre parece condenado de antemano a la falta de identidad. Los grupos de viviendas públicas levantadas a partir de los sesenta para alojar a familias chabolistas y obreras se identificaron inicialmente con números, que acabaron conformando una isla cercada por barreras físicas donde residen unas 40.000 personas (el 25% es de etnia gitana), que se distribuyen en seis barriadas heterogéneas (Paz y Amistad, La Oliva, Murillo o Tres Mil Viviendas, Las Letanías, Martínez Montañés y Antonio Machado).

Carlos Heredia ya nació en el barrio, igual que Raquel Borja Borja, de 29 años. Pertenecen a la segunda generación y se han criado vinculados al Polígono Sur, con el que mantienen una relación ambivalente. Raquel elogia su plaza -"no se ve ni un papel en el suelo"- y sus raíces, pero si pudiera se mudaría para ahorrarle a sus cuatro hijos riesgos e inseguridad, la principal preocupación vecinal.

La degradación social se acentuó en los noventa, cuando el tráfico de drogas y armas comenzó a ejercerse sin tapujos en bloques enteros de Martínez Montañés. "Se extendió la imagen de que era una ciudad sin ley", señala Montserrat Rosa, la directora del Plan Integral para el Polígono Sur. La delincuencia no encontró trabas ante la Administración, que se retiró en desbandada. Por ciertas áreas dejó de circular el autobús urbano, se suspendió el reparto de Correos y la recogida de basuras. Emergió con fuerza la delincuencia de menores. "Cada vez que la Administración deja de tutelar se producen estos deterioros", expone Rosa, una socióloga experimentada en zonas desfavorecidas.

Los desmanes de un sector contaminaron la imagen del resto. A la casa del tocaor Carlos Heredia no acude el repartidor de pizzas por miedo. Algunos taxistas rehúsan carreras que les obliguen a entrar en la barriada. Para colocar un pivote, los operarios municipales reclamaban protección policial hasta hace poco. En uno de los barrios con más talentos, ningún cartel anuncia conciertos.

El deterioro fue tan mayúsculo que en 2003 las administraciones (Ayuntamiento de Sevilla, Junta de Andalucía y Gobierno central) dieron luz verde a la creación de un comisionado para el Polígono Sur, que se convirtiese en su único interlocutor y se encargase de elaborar un plan integral para transformar el barrio. Las cinco intentonas realizadas antes habían fracasado por completo. En esta ocasión, el equipo creado dispone de recursos y libertad. En estos dos años han puesto en marcha un ambicioso proceso de participación para implicar a los vecinos en la construcción de su futuro. El resultado -un plan para 10 años- será aprobado en las próximas semanas por las tres administraciones, e incluye medidas para mejorar la educación (casi el 64% de analfabetos totales o funcionales), el empleo (la tasa de paro ronda el 40%), la salud (mayores índices de mortalidad, cáncer, sida y embarazos de adolescentes) o la seguridad. Sólo en la reforma de las 10.000 viviendas se invertirán 137,9 millones, según la gerente de la Oficina de la Vivienda del Polígono Sur, María José Rodríguez.

En estos dos años se han dado pequeños pasos. Se han demolido más de 60 construcciones ilegales y se han restablecido servicios básicos interrumpidos. Acabar con la impunidad es uno de los objetivos del plan. "Faltaban mínimas normas de control, y eso aumenta la inseguridad; yo quisiera tener la misma seguridad o inseguridad que hay en otros barrios de Sevilla", señala Pilar Vizárraga Fernández, una de las gitanas que capitanea el movimiento asociativo del Polígono Sur.

Pilar, de 38 años y con tres hijos, simboliza la revolución de las mujeres gitanas, que fundaron la asociación Akherdi i Tromipen, desde la que desarrollan proyectos sociales y formativos. Ella dejó la escuela con 10 años por voluntad propia, igual que Raquel Borja, que se casó a los 14 y dio a luz al año siguiente. Ambas desearían que sus hijas fueran a la universidad, un hecho aún excepcional entre el barrio, donde el absentismo escolar oscila entre el 40% y el 60% y donde hay menores que jamás han ido a la escuela.


El Puche: la provisionalidad asentada
M. J. LÓPEZ DÍAZ

Iba para dos años únicamente. Han pasado ya 30. Las primeras casas construidas en el barrio almeriense de El Puche se hicieron con carácter provisional para que aguantaran un margen de dos o tres años. Las inundaciones en el barrio de La Chanca motivaron que en 1975 se alzara, para alojar a familias gitanas, lo que hoy se conoce como Puche Centro, la zona más degradada de un barrio que cumple a rajatabla las delimitaciones geográficas de todo gueto: acotado al este por el río Andarax, al norte por un polígono industrial, al sur por la carretera Almería-Níjar y al oeste por las vías del tren que le separan irremisiblemente de la ciudad.

Isabel, que reside en el Puche Sur desde hace 25 años, recuerda bien aquellos inicios. "Al principio éramos familias sencillas. Gente trabajadora y corriente. Luego vino el problema de la venta de droga. Aparecían personajes que venían en buenos coches al principio, luego llegaban en autobús y más tarde venían a rastras", señala. Isabel, jubilada, de 62 años, hace las veces de bibliotecaria en la sala que la asociación de vecinos Alcalá, la más activa del barrio, mantiene abierta todas las tardes para los chavales de la zona. En su lista de socios predominan nombres como Hamsa, Bashir, Moussin, Amin, Yawad, Touria, Mostafa... Ellos, los hijos de los inmigrantes magrebíes que residen allí, suelen ser los usuarios más frecuentes de la sala de ordenadores y del préstamo de libros. "Esta sala es para todo el barrio. Pero muchas veces, cuando ven que hay magrebíes, oigo comentar: ¡ah, no!, esto es para inmigrantes", dice la bibliotecaria.

Tres categorías

El microcosmos de la sala de lectura sirve de muestra para un cosmos mayor, el del barrio en general, y lo que en él sucede. Se estima que en la actualidad viven allí unas 7.000 personas, la mayoría menores de 30 años. Esta población está dividida en tres etnias principales: el 50% son inmigrantes, mayoritariamente magrebíes, y el otro 50% se reparte entre gitanos, payos y los llamados mixtos, hijos de payos con gitanos. El barrio, denominado por la Administración como zona con necesidad de transformación social, cuenta con una población tremendamente joven y vieja a la vez. "Aquí, una mujer con 40 años ya es mayor porque trabaja fuera de casa, lleva el peso económico de la familia y envejece muy rápido. La pobreza siempre se ceba en la mujer. El escalón de edad que queda entre los 30 y los 50 años es el que emigra del barrio. Y entonces se vuelve a llenar de niños con hijos y de personas mayores que ya no pueden optar a comprar nada", explica Luis Gómez, vocal de la asociación de vecinos Alcalá.

Todo ello ha favorecido la falta de identidad con el barrio. En ese proceso de exclusión y marginación social ha proliferado un alto índice de drogadicción, las enfermedades graves, la violencia doméstica, las actitudes xenófobas y racistas, la delincuencia y conflictividad entre los jóvenes o un alto índice de absentismo escolar.

Pasear por El Puche da sobradas muestras del abandono con el que el consistorio castiga a este trozo de ciudad. No existen papeleras, los contenedores de basura son escasos, no hay iluminación adecuada en las calles, faltan espacios lúdicos y recreativos, y las infraestructuras están anticuadas o son de mala calidad. Hasta los servicios, como el autobús, se prestan con ciertos problemas. "Estamos bien comunicados, porque pasa un urbano cada 20 minutos. Sin embargo, a partir de las ocho de la tarde, el autobús no para en el Puche Norte y te tienes que bajar en el Centro y subir andando hasta tu casa", denuncia Antonia Garrido, presidenta de la Asociación de la Tercera Edad.

Mina es una de tantas marroquíes que viven en El Puche con su marido y su hija. Compró su casa en el Puche Norte hace ahora seis años por unos 2.400 euros. "La compré barata. Por eso no puedo vivir en otro lado. No estoy muy a gusto aquí porque hay muchos gitanos y se meten con mi hija en el colegio. Pero tengo que vivir aquí. Ahora venden las casas por 12.000 euros", apunta.

El aumento de inmigrantes en tan poco espacio de tiempo ha provocado actitudes racistas y xenófobas tanto en adultos como en menores y jóvenes del barrio. "No hace falta ser muy perceptiva para darse cuenta de la rivalidad entre inmigrantes y gitanos. Insultan a los moros con pintadas. Los gitanos eran antes mayoría y campaban a sus anchas por el barrio. Al llegar los inmigrantes, la cosa ha cambiado", explica Isabel.

Para un gitano como Francisco Amador, la situación tiene otra lectura, a tenor de estudios que revelan que cuando una etnia supera el 16% en una zona pueden surgir los conflictos. "Eso aquí no ocurre porque los gitanos no queremos tener problemas. Aquí los inmigrantes son más del 50%. Hay muchos gitanos que no tienen inconveniente en integrar a los inmigrantes. Pero también hay una población magrebí que no quiere integrarse", expone el hombre.

La gran esperanza para el barrio se traduce ahora en el plan especial que la Consejería de Obras Públicas, a través en la Empresa Pública del Suelo de Andalucía y en colaboración con el Ayuntamiento, llevará a cabo con la construcción de casas nuevas en un terreno anexo para reubicar a la población del Puche Centro, en estado ruinoso. La operación, que supera el millón de euros, propiciará el traslado de los vecinos que, hace ahora 30 años, empezaron a vivir allí con carácter provisional.

 
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Comentarios (2)

Terrorismo capital

Amendoeira Correia|22-12-2005 12:35

Si no hay justicia social la pobreza nunca se va a erradicar.Con sus policias y sus carceles solo coniguen mirar para otro lado, nunca afrontar el problema verdadero de ke por esa genta a llagado hasta ese punto.Como dijo Marx todo tiene un transfondo economico y hasta k no se solucione esta justicia social y la falta de libertad de los individuos(ke tambien influye)no se va a solucinar el problema.

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Tampoco es pa tanto

AROA|20-09-2006 02:14

Yo vivo en villaverde desde k naci y tampoco es par tanto lo k dicen de mi barrio. Yo vivo en lapeor zona de villaverde, dentro del barrio de Villaverde Alto, en la conocida zona de Plata y Castñar el las Torres (edificios de realojo) y si, es un barrio conflictivo con sus problemassus gitanos sus kinkilleros su droga pero no como lo estan pintando en los medios de komunikacion.
Gracias Telemadrid por sacar solo las cosas feas de mi barrio y no las cosas agradables como k el 100% de los alumnos del IES Celestino Mutis aprobamos la selectividad el año pasado. un saludo

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