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30 Abr 2012

A Rafael Peralta, a propósito de su articulo “Brindis por un caballo torero”.

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Esa imagen que, aunque ustedes los taurinos tratan de ocultar, ha dado la vuelta al mundo conmoviendo a los sensibles, a los que la ética la moral y el respeto por la vida de los animales les importa.

Anoche no pude dormir. La imagen dantesca de un caballo blanco corriendo despavorido arrastrando sus tripas en la arena, me encogía el alma. Esa imagen que, aunque ustedes los taurinos tratan de ocultar, ha dado la vuelta al mundo conmoviendo a los sensibles, a los que la ética la moral y el respeto por la vida de los animales les importa.

A los que no comparten ese mórbido  placer por el dolor ajeno, sino todo lo contrario. Ni el gusto por la muerte de otros, como parece ser el sentido primordial de la tauromaquia.

La tauromaquia, esa fiesta de ustedes que pretenden sea de todos, pero que  afortunadamente no lo es. Por el bien y la cordura de las próximas generaciones, no lo es. Esa fiesta,  señor Rafael Peralta, que sólo el hecho de llamarlo fiesta ofende, pues su verdadero nombre es muerte, sólo eso, muerte real  previa tortura de cuando menos 6 toros, en cada función.

En ocasiones se añade la muerte de algún caballo, de estos, del rejoneo.

O del caballo del picador, ese que siempre muere  y su muerte no es espectacular, ni conocida. Porque él no galopa por la arena del ruedo  arrastrando la cascada de sus vísceras y relinchando. Entre otras razones porque previamente se le han cortado las cuerdas vocales.

 Él no huye despavorido del toro. Entre otras razones porque no le ve, ni le huele, ni le oye. No le ubica. Sus ojos están vendados, sus orejas y sus fosas nasales taponadas.

Hasta ahí llega el arte y la grandeza del toreo.

Y su cuerpo recibe los encontronazos del toro rompiendo sus costillas, perforando su abdomen… que nadie ve, porque lo tapa la falsa protección que le cubre.

No pude dormir señor Rafael Peralta, y sin ser la dueña del caballo lloré por él. Pero mis lágrimas no fueron por el fracaso o por la pérdida económica, o por el cariño del propietario que usted indica. Lloré por el animal.

Por ese caballo al que llamaron Xelín y que,  señor Rafael Peralta Revuelta, no es un caballo torero, ni gloria del rejoneo, ni está en el paraíso torero ni en el Olimpo de los elegidos, ni es un héroe, ni defendía a su dueño del peligro. Tan sólo era un bello animal explotado y humillado, que obedecía dócil, lo que mediante cruel  aprendizaje se le había obligado a realizar.

Cuanta estupidez en el argot de ustedes, cuanta mentira que ni ustedes se creen, cuanto egoísmo, explotación y maltrato animal. Y que poca visión real de eso que se empeñan en proteger, en blindar y llamar arte y cultura, cuando sólo es negocio de unos cuantos. Cuando sólo es maltrato y tortura de animales, por diversión y legalizado.

¿Se puede usted imaginar a sí mismo, señor Rafael Peralta, solo, arrastrando sus tripas por la arena y corriendo por el ruedo hacia su propia agonía?

Pepi Vegas Carrasco. Artista plástica.

Modificado por última vez en Martes, 01 Mayo 2012 03:14

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