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16 Abr 2012

Compromiso político

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Un mito capital domina el mundo de la fantasía manufacturada: la idea de que el entretenimiento y la recreación están libres de juicios de valor, no tienen puntos de vista y existen al margen, por así decirlo, del proceso social.

¿Se trata de ayudar o de perfeccionarse? ¿De volverse inofensivo para los que podríamos acabar haciendo daño o de ayudar realmente a algún prójimo? Vivir es exagerar, lo extremo es la ventana: el miedo a lo extremo nos introduce en la oscuridad de una prisión, con una voluntad vacía de "administración penitenciaria". La palabra"entretenimiento" significa literalmente "mantener dentro". 

  ¡Al diablo con la cultura! Un mito capital domina el mundo de la fantasía manufacturada: la idea de que el entretenimiento y la recreación están libres de juicios de valor, no tienen puntos de vista y existen al margen, por así decirlo, del proceso social. En pos de la autorrealización, los seres humanos hacen turismo por todos lo rincones de la tierra, rompen los mejores matrimonios y entran rápidamente en nuevas relaciones, se hacen reciclar, ayunan, corren, pasan de un grupo de terapia a otro. Poseídos por el fin de la autorrealización, se arrancan a sí mismos de la tierra para averiguar si sus raíces están sanas.

   Son reaccionarios, es decir no son activos socialmente, no están lo suficientemente cabreados. La fórmula de la militancia del siglo XX fijada por Sartre, on a raison de se révolter, hay que traducirla en algo distinto de lo usual: no tiene la razón quien se subleva contra lo existente porque lo existente le haya hecho daño, sino quien se venga de ello. El desempeño plenamente motivado de la venganza sería aquello que se siente a sí mismo como realización de una noble e irrenunciable necesidad. Sus modelos empíricos nos los ofrecen los homicidios por venganza en las guerras familiares y religiosas y de liberación a nivel étnico y nacional.

  Tenemos un empacho de teoría, un empacho de cultura. El proceder teórico ya no sirve para justificar una ideología que camina clandestinamente en la sombra de la pseudocientificidad del pensamiento único. La mayor parte de sus teóricos viven en la nostalgia de la competencia perfecta de modo que no ponen en duda sus ”virtudes” y estudian solamente sus “imperfecciones” generadas únicamente por la existencia de sindicatos de trabajadores y otros aguafiestas que, desde su postura egoísta, impiden que se alcance una situación óptima.

  Malestar en la cultura. Está claro que nadie, actualmente, desenfunda su revólver cuando oye esa palabra. Pero cada vez son más numerosos los que desenfundan su cultura cuando oyen la palabra "compromiso político”. Como ninguna categoría, ni siquiera la cultura, le está ya dada al intelectual y son miles las exigencias de su oficio que comprometen su concentración, el esfuerzo necesario para producir algo medianamente válido para la acción política es tan grande que apenas queda alguien capaz de ello. Por otro lado, la presión del conformismo, que pesa sobre toda “persona culta”, rebaja sus exigencias. El centro de la autodisciplina espiritual en sí mismo ha entrado en descomposición.

  El último salto hacia la descomposición del uso de la cultura para el perfeccionamiento personal y social se lo hemos dado con el multiculturalismo. Multicultural significa para los cultos algo a sí como “bien surtido”. Todas las culturas son igualmente legítimas y todo es cultura, exclaman al unísono los niños mimados de la sociedad de la abundancia y los detractores de occidente. Ese lenguaje común ampara programas rigurosamente antinómicos.

  La industria de la cultura no sublima, reprime. Se nos maneja con ella a nivel subconsciente. La vida económica es consciente, la estructuración cultural subconsciente y el sistema familiar inconsciente. El consumo de bienes culturales obedece más a la lógica de la oferta, a la competencia entre productores, que a la lógica de la demanda y de los gustos o, si se quiere, a la lógica de la competencia entre los consumidores.

   Al final de su vida, Tolstoi dejó de escribir como gesto de solidaridad frente al océano de sufrimiento social, e invitó a realizar cosas socialmente más útiles que narrar historias inventadas. Su decisión fue el preludio de la época de la gran destrucción de la cultura en nombre de la destrucción social en la que todavía estamos.

Modificado por última vez en Lunes, 16 Abril 2012 15:53

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