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18 Abr 2012

Buitres

por francisco sanz
Miércoles, 18 de Abril de 2012 14:13
Nuestros tiranos no son nuestros cabezudos sino nuestras costumbres.

Dejemos a las mujeres hermosas para los hombres sin imaginación. La profusión es la madre de la falta de fantasía. Allí donde tendamos la mano, siempre encontraremos algo que coger y que, en cuanto mercancía lista y ya suministrada, hace valer sus pretensiones de manera muda pero férrea, es decir, excluye la representación de algo otro, pues esconde dentro de sí sus mandamientos/ofertas. 

  Así como el suministro es la orden que recibimos, así también el consumo de lo suministrado es nuestra obediencia. Dado que en la actualidad no hay nada que se pueda hacer con la mejor conciencia, cabe afirmar que en ninguna época se ha ejercido un dominio con tan buena conciencia como en la nuestra.

  Jefferson dijo en unos tiempos de cambio similares a los que nos toda vivir: “Economía y libertad, o profusión y servidumbre”. Sin embargo hoy como ayer economizar es hacer política, cuando no es hacer política poca libertad puede esperarse de ello. Pues lo que reina en la naturaleza no es la miseria, sino la profusión, la prodigalidad, e incluso hasta la locura. Así que podríamos invertir la fórmula y decir: “Profusión y libertad, o economía y servidumbre”. Suena más real y al mismo tiempo es mucho más revolucionario.

  No podemos seguir agradecidos a nuestros padres y patronos. Ni esperar gran cosa de esos pastores vestidos con tal profusión de lana; no basta con recordar con agrado alguna caricia ocasional que nos hubieran prodigado, no la artesa diariamente colmada de agua por su providencial mano. Por este camino acabaremos por sostener no sólo el origen racional sino el derecho divino de los pastores. Sin embargo nuestros tiranos no son nuestros cabezudos sino nuestras costumbres.

  La tiranía de la costumbre nos cuela como válidas conclusiones que sólo puede creer el pollo de Russell. Sí, hombre, aquel el pollo que observa que el granjero aparece y le da de comer. Predice que cuando aparezca el granjero comerá. Los inductivistas dirían que el pollo ha “extrapolado” sus observaciones en una teoría y que cada comida la justifica un poco más. Un buen día, sin embargo aparece el granjero y, en vez de darle de comer le retuerce el pescuezo al pollo. El desengaño experimentado por el pollo de Russell lo han sentido también millones de pollos. 

   Habría que acabar con ciertos pajarracos antes de que acaben con nosotros. Pajarracos carroñeros que aparecen cada vez que padecemos la obsolescencia de los viejos modelos, cada vez que se descomponen los viejos cuerpos sociales y sus residuos empiezan a apestar. No hay que ceder nada, no hay que sacrificar el seguir teniendo los pies en el suelo. Porque finalmente tendremos que sacrificarnos a nosotros mismos.

  ¿Recordáis el cuento “Buitres” de Kafka?. Dice así: “Érase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre. -Estoy indefenso -le dije- vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos. -No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó. -¿Le parece? -pregunté- ¿quiere encargarse del asunto? -Encantado -dijo el señor- ; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil, ¿Puede usted esperar media hora más?- No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí -: por favor, pruebe de todos modos. -Bueno- dijo el señor- , voy a apurarme. El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas, mientras cerraba los dientes, sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irreparablemente se ahogaba.”

Ultima modificacion el Jueves, 19 de Abril de 2012 10:09


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