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13 Ago 2013

Trabajadores y medio ambiente | La conservación del entorno en plena crisis económica

Escrito por  Jesús M. Castillo
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Este artículo ofrece una breve síntesis de la historia de las luchas ambientales desde los puestos de trabajo, arrojando luz sobre hacia dónde debe orientarse la lucha por el medio ambiente desde una perspectiva anticapitalista.

Por toda la geografía del Estado español hay cementeras que no tienen sentido tras la explosión de la burbuja inmobiliaria. Algunas están transformándose en incineradoras de residuos: a un lado de la barricada está el movimiento ecologista, al otro los empresarios, los gobiernos de turno y las plantillas que piden trabajo sea donde sea.

Con la subida del precio de los metales en los mercados internacionales, el Gobierno Andaluz bipartito (PSOE + IU), los empresarios y las burocracias de Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT) apuestan por impulsar, de nuevo, el impactante sector de la minería.

En plena polémica por el dragado de profundización del río Guadalquivir, la Autoridad Portuaria, la Confederación de Empresarios y las burocracias de CCOO y UGT en Sevilla muestran su apoyo público al proyecto. Ecologistas en Acción, en una carta abierta a las dos grandes centrales sindicales, describe su posición como “incomprensible, insolidaria, interesada y miope”.

En Catalunya, el sindicato agrario Unió de Pagesos y UGT se unen a la Plataforma Aturem el Fracking en contra de lo que constituye una vuelta de tuerca más en el callejón sin salida de los combustibles fósiles.

Estos son solo cuatro ejemplos que nos ilustran sobre la relación del movimiento ecologista y los sindicatos hoy día. Y estas situaciones se enmarcan en un contexto de crisis económica que está siendo utilizada por muchos empresarios para aumentar beneficios a toda costa, recurriendo a despidos fáciles y baratos gracias a la última reforma laboral, y amenazando a las plantillas: ‘o lo haces tú y por menos, o lo hará otro’. En este contexto, nos enfrentamos a otro chantaje patronal que también está sobre la mesa: ‘¿Qué queremos, empleo o medio ambiente de calidad?’. La respuesta a esta pregunta trampa por parte del capital y los gobiernos a su servicio es que “hay que volver a la senda del crecimiento” cueste lo que cueste, y que “la prioridad es crear empleo” a cualquier precio, aunque sea dilapidando nuestra salud y nuestra calidad de vida, y la de las generaciones venideras. Así, convierten la creación de empleo es un objetivo que lo justifica todo. Y con el objetivo de la creación de empleo en abstracto impulsan proyectos altamente impactantes como nuevas explotaciones mineras, incineradoras de residuos, almacenes de residuos radiactivos, etc.

Y todo esto ocurre cuando la crisis ecológica global, que ha quedado oculta en el debate público por la crisis económica, sigue agravándose. El último informe de GreenPeace sobre cambio climático titulado “El Punto de No Retorno” expone, por ejemplo, que están en planificación 14 proyectos basados en la quema de combustibles fósiles que emitirán tantos gases de efecto invernadero en 2020 como todo Estados Unidos, lo que nos empuja a toda velocidad a un punto de no retorno en el que el cambio climático brusco y sus efectos catastróficos serán una realidad.

Lo descrito anteriormente nos da una idea de la importancia que tiene el debate, el posicionamiento y la actuación en torno al trabajo y el medio ambiente.

Aprendamos de la historia

No es casualidad que fuera desde los puestos de trabajo desde donde la ciudadanía comenzara a movilizarse masivamente contra la degradación ambiental, pues es mediante el trabajo que establecemos principalmente nuestra relación con el entorno, obteniendo materias primas y espacio, y produciendo residuos. De hecho, la mayor parte de los impactos socio-ambientales se dan durante el proceso productivo. Por lo tanto, la mano de obra cuenta con una posición clave para conocer, y muchas veces sufrir, en primera fila los impactos socio-ambientales más importantes. Sin embargo, a pesar de este papel clave de los trabajadores y trabajadoras no suelen cargar con la responsabilidad de los malos resultados que para el ambiente tiene el actual modelo de desarrollo, pues no planifican y deciden sobre la producción. Esta responsabilidad recae principalmente en los capitalistas y, sobre todo, en los dueños y altos ejecutivos de las grandes empresas transnacionales que controlan la mayor parte de la economía mundial, así como sobre los gobiernos que la regulan.

Las primeras resistencias masivas frente a la degradación ambiental surgieron mucho antes de que, en los años sesenta y setenta, brotara con fuerza el movimiento ecologista moderno. Estas luchas se concentraron en las grandes ciudades-factoría de comienzos de la industrialización. Fueron luchas a vida o muerte de los trabajadores, organizados en los primeros sindicatos, por la protección del medioambiente. Habitualmente, los trabajadores se movilizaban por la conservación ambiental cuando los impactos afectaban a su salud, ya que comenzaron a identificar claramente una relación de causalidad entre el proceso productivo y sus enfermedades. Esta identificación les llevó a luchar conjuntamente por mejoras laborales unidas a mejoras ambientales. Así, en la mayoría de los casos las reivindicaciones por un entorno más saludable vinieron unidas a otras de tipo laboral, como el recorte de la duración de la jornada laboral, la prohibición del trabajo infantil o aumentos de sueldo. Habitualmente, las protestas por las condiciones de salubridad en el trabajo no acababan en huelgas masivas, sino que se articulaban a modo de paros de varios trabajadores hasta que se arreglase un problema ambiental determinado en una parte de la fábrica. Este tipo de protestas solían finalizar con la instalación de algún dispositivo, como ventiladores forzados o uniformes de trabajo, que aislasen, al menos parcialmente, a la plantilla de la contaminación. No obstante, estas protestas no solían eliminar la fuente contaminante que podía seguir afectando a otros trabajadores y a los barrios próximos a la factoría.

Es de destacar que algunas de las huelgas masivas que impulsaron las y los trabajadores en los inicios de la Revolución Industrial tuvieron como reivindicación principal la lucha contra la degradación ambiental. Estas protestas se concentraron principalmente en los sectores industriales más contaminantes y donde las condiciones de trabajo afectaban más negativamente a la salud. La película El corazón de la tierra (2007) muestra las luchas de los mineros de la mina de Río Tinto (Huelva) y sus familias, en 1888. Se organizaron en la Liga Antihumos para luchar contra la contaminación atmosférica derivada de la quema de la pirita en hornos conocidos como ‘teleras’ que se utilizaban para la eliminación del azufre en la purificación del hierro y el cobre. Esta contaminación provocaba innumerables enfermedades cardiorrespiratorias en los mineros y sus familias. Finalmente, tras mucho sufrimiento y muerte, los mineros ganaron la lucha por respirar un aire de mejor calidad y se apagaron las teleras.

Otro ejemplo de lucha de los trabajadores en los inicios de Revolución Industrial contra los impactos ambientales que afectaban a su salud se produjo en las canteras de pizarra de Inglaterra. Estas luchas se extendieron desde el siglo XIX hasta finales del siglo XX. Muchos trabajadores sufrían enfermedades respiratorias (silicosis, entre otras) al inhalar partículas de polvo en la extracción y corte de la pizarra. Esto provocaba que la esperanza de vida media en 1893 de los trabajadores más expuestos a respirar polvo de pizarra fuera de tan solo 48 años, mientras que los trabajadores menos expuestos vivían unos 60 años. Condiciones penosas de trabajo a las que se sumaban sueldos muy bajos y condiciones infrahumanas en los barracones donde se veían obligados a hospedarse, al vivir sus familias lejos de las canteras. Estas condiciones llevaron a los mineros a una cadena de huelgas que comenzaron en 1825 y continuaron hasta 1986, con una gran huelga entre 1900 y 1903. De igual modo, los mineros del carbón en Inglaterra llevaron también a cabo numerosas huelgas a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX para exigir mejores condiciones laborales, muchas relacionadas con la seguridad y la salud. En 1893, una huelga cerró las minas de julio a noviembre, implicando a 300.000 mineros. Las huelgas de 1912 y 1921 movilizaron a un millón de mineros. En mayo de 1926 hubo una Huelga General en el Reino Unido y tras ésta más de un millón de mineros hicieron huelga durante once meses.

Pero quizás el ejemplo de un movimiento sindical ecologista más exitoso y radical nació en Australia en los años setenta. Por aquel entonces, cerca del 70% de los trabajadores de la Federación de Trabajadores de la Construcción de New South Wales eran inmigrantes, habitualmente obreros con poca formación y que hacían los trabajos más duros y peligrosos. Estos trabajadores eran los peor pagados y sufrían frecuentemente accidentes y enfermedades laborales. Durante los años sesenta, el sindicato había estado dirigido por cabecillas corruptos que no se preocupan de sus trabajadores, hasta que activistas de base tomaron el poder. Tras este cambio, el sindicato impulsó en 1970 una campaña de huelgas y piquetes masivos, pidiendo un aumento de sueldo y de las condiciones de trabajo. Fue una movilización como no se había visto antes. Los empresarios cedieron tras cinco semanas de huelga. Durante estas semanas de huelgas, los trabajadores ganaron mucha dignidad y autoconfianza. Además, las revueltas estudiantiles y de trabajadores franceses de 1968 también inspiraron a los y las trabajadoras en su combatividad. Animados por la confianza de las luchas victoriosas, los trabajadores de la construcción comenzaron a intervenir en asuntos no estrictamente laborales, por ejemplo interviniendo en manifestaciones contra la Guerra de Vietnam y el Apartheid en Sudáfrica. También impulsaron el derecho de las mujeres a trabajar en labores para las que solo se contrataban hombres. Todas estas acciones se decidieron de forma democrática y desde las bases del sindicato, que funcionaba fundamentalmente de forma asamblearia, lo cual era muy raro en el panorama sindical de la Australia de los años setenta. Además, los representantes sindicales cobraban lo mismo y solían tener las mismas horas de trabajo que los demás trabajadores, de manera que conocían su realidad de primera mano.

En este contexto, las y los trabajadores de la construcción, junto con asociaciones de vecinos y grupos ecologistas, frenaron la especulación urbanística en Sidney en los años setenta. En estos años, las grandes ciudades australianas sufrían una ola de especulación inmobiliaria que comenzaba a inundarlas, entre otras infraestructuras, con grandes edificios para oficinas. Al mismo tiempo que se llevaban a cabo estas operaciones especulativas, la gente que buscaba una casa no la encontraba. Las plantillas de la construcción se dieron cuenta de que la protección y el disfrute del medioambiente es una cuestión de clase. Las luchas contra la especulación urbanística se llevaron a cabo mediante ‘prohibiciones verdes’ (green bans) a la construcción o a la demolición por motivos medioambientales, sociales y de patrimonio. En las green bans, las plantillas de la construcción se negaron a trabajar en proyectos anti-sociales y anti-ecológicos, salvando más de cien edificios históricos de Sídney, zonas verdes y barrios populares enteros. Entre 1971 y 1974 hubo más de veinte green bans en Sidney. La presión política de las green bans fue tal que forzaron al gobierno a cambiar la legislación de derribos. La fuerza de las green bans estaba en la combinación de la posibilidad de paros y huelgas laborales de las y los sindicalistas unida con los conocimientos del movimiento ecologista.

La lucha contra la degradación ambiental ahora

Aún hoy, muchos de los impactos socioambientales provocados durante el proceso productivo acaban afectando negativamente a la salud de las plantillas, llegando a provocar las llamadas enfermedades profesionales. En no pocas ocasiones, estas enfermedades profesionales acaban en fallecimiento. Según la Organización Internacional del Trabajo se producen anualmente unos 160 millones de enfermedades laborales en todo el mundo, en una masa trabajadora total de unos 2.800 millones de personas. Solo las sustancias peligrosas matan alrededor de 438.000 trabajadores anualmente. Así, las muertes por enfermedades profesionales son del orden de 20 veces más abundantes que las provocadas por accidentes laborales; muertes provocadas principalmente por exposición a productos tóxicos y cancerígenos, infartos y trastornos mentales. Sin embargo, las enfermedades laborales más frecuentes son las relacionadas con huesos y músculos (34%), cutáneas (14%) y sordera (12%). Se trata de enfermedades que no suelen ser mortales pero conllevan un descenso de la calidad de vida muy importante, habitualmente de manera crónica. A la luz de estos datos, la lucha por un entorno, laboral y general, de calidad sigue siendo una tarea pendiente.

Con todo, aún hoy, muchos trabajadores y trabajadoras siguen obcecados con la productividad y los beneficios económicos de las empresas para las que trabajan. Esta concepción les lleva a enfrentar la conservación del medio con el desarrollo y la creación de puestos de trabajo; un enfrentamiento tan ficticio como absurdo y tramposo. Valga como ejemplo lo sucedido tras el accidente minero más importante del Estado español. El 25 de abril de 1998, la mina de la transnacional sueca-canadiense Boliden-Apirsa en Aznalcóllar (Sevilla) vertía 4,5 Hm3 de lodos cargados con metales pesados a los ríos Agrio y Guadiamar. El vertido afectó al Parque Natural de Doñana. Tras el accidente, varias voces desde los sindicatos de la mina (principalmente Comisiones Obreras) dijeron que “las personas eran más importantes que los patos”. Según estos dirigentes sindicales había que renunciar a la conservación del entorno para evitar el cierre de la mina. Un argumento que entra en la mayor de las contradicciones, ya que sin calidad ambiental no hay bienestar ni salud, aunque haya trabajo. Defendieron la causa del problema en vez de presionar para un desarrollo alternativo en la zona que promoviera sectores productivos emergentes como el turismo rural o las energías renovables, esquivando el enfrentarse a la empresa para que aumentara las medidas de protección ambiental. Unos meses después del accidente la empresa cerró y se declaró en quiebra técnica, tras haber recibido subvenciones públicas multimillonarias. Toda la plantilla fue despedida.

En plena crisis económica que sirve de excusa al 1% para imponer una austeridad draconiana, rebajar las condiciones laborales y privatizar los servicios públicos, aparecen por delante largos años de luchas sociales de mayor o menor intensidad y masividad. Además, no podemos olvidar el agravamiento de la crisis ecológica global que afecta también de forma más grave a los y las de abajo. Como nos muestra el desarrollo del movimiento obrero, las plantillas se movilizan frente a impactos socioambientales que afectan a su salud directamente y que, habitualmente, impactan también fuera de los centros de trabajo. Además, como vemos en el ejemplo de las prohibiciones verdes, plantillas con confianza en la lucha colectiva que incorporen una conciencia ecologista pueden construir grandes avances en la lucha contra la degradación ambiental. Así, la clave hoy día está en construir esa confianza en la lucha colectiva en los centros de trabajo a la vez que se introduce el debate ecologista de forma transversal hasta que éste fructifique en acciones en los centros de trabajo.

En este camino, la construcción de un sindicalismo asambleario, solidario y combativo es muy importante, de manera que asegure que las decisiones se toman democráticamente. Este sindicalismo puede construirse dentro o fuera de las grandes centrales sindicales, dependiendo del centro de trabajo. Es más, debemos mirar más allá de los sindicatos a otros modos de autoorganización de las plantillas como son ahora las mareas que unen a trabajadores y trabajadoras del sector público con usuarios de los servicios sociales. Además, la colaboración entre el movimiento ecologista y el movimiento de los y las trabajadoras es clave para impulsar las reivindicaciones ecologistas en los centros de trabajo, como nos muestran las prohibiciones verdes de Sidney.

Quizás un horizonte de luchas ecologistas en los centros de trabajo aparezca como irreal o excesivamente optimista cuando estamos en un momento de retroceso de derechos laborales y cuando aumentan los despidos en relación a la caída del PIB. Sin embargo, nos encontramos en un momento de subida de las luchas laborales y de los movimientos sociales en el Estado español, con subidas y bajadas, pero en tendencia ascendente. Este ascenso en las luchas se refleja desde una subida de las huelgas y otras acciones de protesta en centros de trabajo hasta el terremoto político que constituyó el Movimiento 15M y, ahora, el movimiento por una vivienda digna. Además, cada vez hay más gente que es consciente de que los gobiernos actuales europeos, sea cual sea su color, gobiernan, en esencia, para el 1%. Por lo tanto, vendrán luchas en las calles y los centros de trabajo. Se trata de contestar con la acción sindical y política diaria, con los pies en el suelo, a una pregunta clave para un desarrollo sostenible real: ¿Quién y cómo debe decidir sobre nuestros recursos naturales y su transformación?

Jesús M. Castillo es profesor de Ecología en la Universidad de Sevilla y un destacado militante del Sindicato Andaluz de Trabajadores/as (SAT) y de En lucha / En lluita. Recientemente ha publicado su último libro Trabajadores y Medio Ambiente (Atrapasueños – La Hiedra, 2013), donde analiza la relación del movimiento de los y las trabajadoras con la lucha ecologista.

Artículo publicado en la revista anticapitalista La hiedra

http://enlucha.wordpress.com/2013/05/28/trabajadores-y-medio-ambiente-la-conservacion-del-entorno-en-plena-crisis-economica/

Modificado por última vez en Martes, 13 Agosto 2013 20:19

Comments  

+1 #1 Ecos. 2013-08-14 12:37
Artículo muy interesante. Para quien esté interesado en estos temas, hay una convocatoria casi ineludible, organizada por Ecologistas en Acción el 5 y 6 de octubre http://www.ecologistasenaccion.org/article26178.html

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