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23 Nov 2012

Danilo y el 11 de Septiembre

por Carlos Rivero Collado
Viernes, 23 de Noviembre de 2012 16:50
Varios pisos de la torre norte del Centro de Comercio Mundial están en llamas y cubiertos de humo y otro avión está a punto de impactar la torre sur. Varios pisos de la torre norte del Centro de Comercio Mundial están en llamas y cubiertos de humo y otro avión está a punto de impactar la torre sur.
Los oficiales de la DEA colocan la falsa evidencia en el coche de Danilito y, unos momentos después, lo que parece ser un avión de pasajeros impacta la torre norte a la altura del piso 94, cuando Danilito, Liz y James se encuentran en el piso 100. Con inmensa angustia, Danilo llega ante las torres.

DANILO --CAPÍTULO 23: EL 11 DE SEPTIEMBRE

Ya se acercan los suaves fríos del otoño, pero aún falta más de un mes para que la flora se convierta en acuarela, y las aceras y los parques, en gruesas alfombras de hojas marchitas.    

James MacMaster entra en su limosina Lincoln y el chofer la conduce por las calles cercanas al Flushing Meadows Park hasta el Grand Central Parkway rumbo a Manhattan. Danilito lo sigue, manejando el coche nuevo que recibió de su suegro como regalo de bodas, con Liz a su lado.

A las ocho de la mañana, llegan a la torre norte del World Trade Center –WTC--. El chofer aparca la limosina en el primer nivel soterrado y el joven sitúa su coche en el tercer nivel.

Al llegar al piso 100, James ocupa su despacho, como presidente de la empresa, Liz se sienta ante un buro de una oficina contigua y Danilito va al mail room –oficina de la correspondencia-, en la parte del piso 101 que pertenece también a la compañía, en la que tiene un trabajo simple: llevar cartas y documentos a otras oficinas de las dos torres y edificios cercanos, a menudo en compañía de Liz, y recibir las que le entreguen.

LA TRAMPA

Jack Green deja su automóvil a una cuadra de distancia del WTC, entra en la torre norte a las ocho y veinte, en compañía de Bill, y ambos bajan en el ascensor al tercer nivel subterráneo. Jack lleva en una mano el bolso azul con la droga. Aún falta más de una hora para que llegue el gran gentío que trabaja o acude a los 110 pisos de ambas torres que, por lo regular, es de unas 50,000 personas. 

Jack se sitúa detrás del coche de Danilito, con el bolso azul colgándole de un hombro, saca de un bolsillo dos pequeñas pinzas de acero, una un poco más gruesa que un palillo de dientes y del tamaño de un dedo meñique, y la otra, en forma de L. El paciente lector recordará que éstas son las mismas piezas con las que Pulule abrió el apartamento de los dominicanos en aquel deplorable edificio del Bronx en que las ratas mataron a la bebita, las llamas a la mujer y el frío a la anciana. En aquella ocasión los yernos de Danilo iban a matar a quienes les habían cambiado cocaína falsa por dinero bueno; en ésta, los oficiales de la DEA van a plantar cocaína buena para crear una prueba falsa.

Mientras Bill vigila, Jack introduce la pinza en la cerradura del maletero, lo abre y sitúa el bolso con la droga debajo de la goma de repuesto. Los agentes ascienden a la calle por la rampa del estacionamiento, no por el ascensor. Al salir del lugar, el empleado que atiende la entrada los llama, pues nadie sale por la rampa a pie. Jack y Bill siguen caminando y salen a la calle. El empleado llama a la seguridad del edificio, que está junto al lobby, y dos guardias persiguen a los agentes. Son las ocho y cuarenta y seis minutos con veintiséis segundos de la mañana del martes 11 de septiembre del año 2001.

EL TERROR

De repente, se escucha un estruendo espantoso que hace vibrar los edificios de Manhattan al sur de la Calle 23 y se oye del otro lado del río y la bahía, en New Jersey y Staten Island. Lo que parece ser un avión de pasajeros acaba de impactar, a casi quinientas millas por hora, la torre norte del WTC, entre los pisos 94 y 96, estallando en pedazos, regando miles de galones de combustible, provocando la muerte instantánea de cientos de personas e iniciando un incendio que abarca varios pisos (Para una mejor comprensión de lo que dijo el gobierno que sucedió y fue divulgado, al pie de la letra, por la prensa corporativa, y lo que realmente sucedió, véase al final “Al margen de la novela”)    

Liz corre al despacho de su padre y Danilito baja por la escalera al piso 100 y se reúne con ellos. John tiene una herida en la frente porque le cayó uno de los listones metálicos que sostienen en el techo las placas acústicas de unicell.   

El incendio se extiende a varios pisos y el intenso humo comienza a subir a las plantas superiores. El piso que ocupa la compañía de publicidad, una de las más grandes del país, está en absoluto desorden con gabinetes caídos, sillas volcadas, techos derribados, ventanas rotas, computadoras viradas, y papeles, cuadros y adornos regados por todas partes, como si hubiese pasado un tornado.   

Unos camarógrafos que, curiosamente, se hallan frente a las torres desde antes del hecho, filman el impacto y el incendio, y esos vídeos comienzan a ser exhibidos por los canales de televisión. 

LA REACCIÓN DE DANILO

La secretaria del gerente de la fábrica en que trabaja Danilo oye la noticia en un pequeño televisor que tiene sobre su escritorio, va a la nave de los obreros y exclama:

(Nota: debo repetir que en el original de la novela, los estadounidenses hablan en inglés y la traducción está al final del capítulo. Danilo habla con ellos en inglés con un acento muy fuerte. Lo escribo en español para facilitar su lectura)

--¡Un avión de pasajeros se estrelló contra los pisos más altos del Centro de Comercio Mundial!

Danilo da un salto en su asiento, lanzando al suelo varias cajas y vestidos y, con  la voz muy nerviosa, exclama:

--¡¿En cuál torre… en cuál torre?!

--No sé, es una de las torres –dice la secretaria--.  

Danilo llega a la oficina en los momentos en que el locutor de televisión dice que la torre impactada es la norte y por encima del piso noventa.

Muy excitado, Danilo toma un teléfono celular que está sobre el buró de la secretaria y llama a Danilito. Lo intenta varias veces y el joven, al cabo, responde.

--Los elevadores no funcionan, papá –dice el joven, con voz ronca, trémula, atropellada--. No podemos bajar porque la escalera está en llamas dos o tres pisos más abajo. Esto aquí se está llenando de humo.   

--¡Corre por la escalera hasta el techo, mi hijo... corre por la escalera hasta el techo! –exclama Danilo, con gran excitación--. La policía y los bomberos tienen helicópteros. ¡Sálvate, mi hijo, sálvate, saaaálvate!

--¡Te quiero mucho, papá! –exclama el joven, tosiendo, y la llamada se cae--.

Las sólidas puertas metálicas que dan acceso al techo están cerradas y las llaves se guardan en la oficina del administrador, en el segundo piso, pero Danilo y su hijo no lo saben. En ninguna de las oficinas hay máscaras antigases.         

Las autoridades de la torre sur, se comunican con los pisos y les dicen a sus ocupantes que se queden en sus oficinas, que el edificio no corre peligro. Cientos de personas de esa torre que han salido a la calle, regresan a sus oficinas.  

Sin pedírselo a la secretaria, Danilo se guarda el celular y sale corriendo, en mangas de camisa, hasta la cercana estación del metro, a la que llega cuando el tren expreso está a punto de salir. Corre aun más, llega a la puerta en el momento en que ya está casi cerrada, la abre de un golpe brutal, y cae en el centro del vagón, con gesto feroz, los cabellos revueltos y la camisa fuera del pantalón. Un zapato se le ha trabado en la puerta y ha caído fuera del vagón, pero nadie se ha dado cuenta. Se sienta en un banco lateral y todos lo miran como si fuese un enfermo mental, porque no están acostumbrados a ver a un viejo con el cabello todo revuelto, la camisa fuera del pantalón y un solo zapato. No habría llamado la atención si hubiese estado descalzo adonde hay tantos mendigos y locos.  

Danilo apoya ambos codos en las piernas y musita:

--¡No, Dios mío, a mi hijo no, a mi hijo no, te lo ruego! ¡No, no, a mi hijo no! ¡Ya he sufrido bastante! ¡No, Dios mío, a mi hijo no!

¿A quién o a qué le ruega Danilo? ¿A la Física, como suele hacer? No. Le ruega al Ser Supremo de las religiones. Cuando la conciencia se le estremece, cuando el corazón le violenta el ritmo de todos sus latidos, cuando siente el peligro y el espanto, cuando se le abre bajo los pies el peor de los abismos, el ser humano rechaza a las ciencias, se aleja de la razón, y, muerto de miedo pero aferrado a la vida, se dirige a la metáfora divina ... Dios, Jehová, Alá, Zeus, Ifá, Quetzalcoatl, Amon-Ra, Shakra, Armaz, Ayi, Thor, Amatsu-kami y todos los demás nombres que significan lo mismo: el Creador. Entorpece el miedo al intelecto y el ser humano deja de ser cumbre de luz y penetra en la sombra y la cueva. 

AUMENTA EL HORROR

Un grueso cristal le cae en el cuello a uno de los guardias que persiguen a Jack y Bill y lo decapita. El otro guardia sale corriendo y entra al edificio. Los oficiales de la DEA se montan en el coche y desaparecen.   

Cientos de curiosos están llegando cerca del WTC. El drama se concentra en los pisos impactados por la nave aérea y los de arriba. Miles de personas comienzan a bajar por las escaleras que están debajo del piso 92 hasta el lobby y la calle, pero lo hacen con extrema dificultad, porque están llenas de pedazos de paredes y techos caídos, y a oscuras, ya que se ha ido la corriente eléctrica en todo el edificio. La expectación es terrible, frenética, pero el terror no es insólito, sino... muy similar al que deben haber sentido millones de personas cuando tuvieron que salir huyendo de sus  hogares, escuelas, hospitales, comercios y oficinas en los bombardeos aéreos o terrestres del Imperio en sus numerosas guerras que comenzaron cuando aún no era ni imperio. Son las nueve y dos minutos con cincuenta y cuatro segundos de la mañana.       

De repente, otro estruendo gigantesco se oye en lo alto de la torre sur del WTC que hace estremecer, otra vez, los mismos edificios de Manhattan y cuyo ruido se oye en la Calle 34 y llega hasta Staten Island y Hoboken, del otro lado del río y la bahía.  Un avión, supuestamente también de pasajeros, acaba de impactar la torre sur entre los pisos 78 y 80, provocando la muerte instantánea de muchas personas.

El terror en la torre sur es mayor que en la norte, pues el avión ha impactado más abajo, dejando atrapadas a cientos de personas en los pisos superiores, muchas de las cuales habían regresado a sus oficinas después de haber salido a la calle. El incendio cubre del piso 78 al 84 y el humo comienza a extenderse hacia arriba.

Se creyó que el impacto del primer avión a la torre norte podía ser accidental, pero la segunda colisión no deja margen a la duda: son acciones terroristas coordinadas. La televisión comienza a difundir noticias, ciertas o no, sobre el secuestro de cuatro grandes aviones de pasajeros, dos que salieron del Aeropuerto de Boston, Massachusets, uno de Newark, Nueva Jersey, y el cuarto del Aeropuerto Dulles, a veinte millas al oeste de Washington DC.

UN SOLO VALOR

Danilo llega a Times Square y se entera que no hay ningún tren dirigiéndose al sur de Manhattan ni a Brooklyn. Sale a la calle, dando saltos por la escalera, se para en la Séptima y la 43 y le hace señas a varios taxis, pero ninguno se detiene. Llama varias veces a su hijo, pero ya no suena el timbre porque el celular, que estaba en uno de sus bolsillos, se destrozó en la caída.

Danilo saca dos billetes de veinte y los extiende con una mano. Un taxi se detiene, él entra por el asiento posterior y exclama:

--¡Cuarenta dólares al World Trade Center!

--¿El World Trade Center?  –exclama  el  taxista,  virado hacia atrás--. ¡¿Usted está loco o qué?!

 --Lléveme cerca.

El taxista se le queda mirando unos momentos y, entonces, dice:

--Voy a tratar de llevarlo hasta Canal Street, pero quizás no podamos pasar de la Calle 23.

--¡Lléveme, lléveme! –dice Danilo y le da los dos billetes--.

--¡Ochenta dólares! –exclama el taxista, con voz firme--.

--¡Ok, ok, vamos! 

--Déme los otros cuarenta ahora.

Danilo lo mira, muy serio, y le da otros dos billetes de veinte. La carrera es de once o doce dólares, pero no a precios de terror. Danilo toma el celular y llama a su hijo; pero, por supuesto, tampoco da timbre.

EN LA FLOR DE LA VIDA

Un denso humo empieza a cubrir el piso 100. James, Liz y Danilito ascienden por la escalera, pero antes de llegar al piso 102, James se desmaya. Los jóvenes lo cargan por la escalera hacia arriba, pero la humareda no les deja respirar. Danilito entra al piso 102, levanta una gruesa silla metálica y rompe una de las ventanas de cristales. Regresa a la escalera, arrastra a James por los brazos, y lo sitúa cerca de la ventana rota. James recupera el sentido, se pone de pie, camina unos pasos, pero le da un dolor muy fuerte en el pecho y cae al suelo. Liz se agacha, le toma el pulso por un minuto largo y se da cuenta que está muerto. Tenía 71 años.

Una lengua de fuego sube por la escalera hasta el piso 101 de la torre norte y proyecta un calor inmenso, abrasante, hacia arriba. Las mujeres lloran y los hombres gritan. La candela sale de la escalera y llega al pasillo del piso 102. Los gritos y llantos se vuelven histéricos. Decenas de personas se desmayan. Liz da un grito terrible y mira a su esposo con un gesto de supremo terror.

Danilito se asoma por el hueco de la ventana rota, mira hacia abajo, levanta una silla metálica y rompe los demás cristales. Se abraza fuertemente a Liz, le besa la boca y le mira a los ojos con intensa ternura. Se acercan a la ventana y se lanzan abrazados al vacío, pero la fuerza de la caída y el viento los separa en el aire. Danilito cae sobre el pavimento, en el lado opuesto a la entrada del edificio. Liz cae sobre el techo de un coche que se aleja del siniestro.            

 A las nueve y treinta y siete minutos con veintidós segundos, algo que, según dice el gobierno, es un avión, impacta un ala del Pentágono que está siendo reparada y mata a decenas de obreros, lejos de las oficinas en que se hallan cientos de generales, almirantes, coroneles y otros jefes de las fuerzas armadas.  

DANILO ANTE LAS TORRES

Danilo se baja del taxi en Canal Street y comienza a correr con todas sus fuerzas hacia las torres, pero se detiene, se quita el zapato, lo tira en un latón de basura y sigue corriendo, tropezando con varias personas que avanzan también.  

Llega a unos cien metros de la torre norte, pero la policía no lo deja pasar. El humo cubre ya todos los pisos superiores, hasta el techo.

--¡Mi hijo, mi hijo! –exclama Danilo, moviendo los brazos--. ¡Déjenme pasar!

--Hay muchos hijos y padres allí  –dice un teniente--. ¡No puede pasar!

Danilo corre hacia un camión de bomberos que está cerca, evadiendo los escombros que se hallan en el piso.

--¡¿El helicóptero, el helicóptero, dónde está el helicóptero?! –grita Danilo--. 

Un bombero levanta un brazo, extiende el índice de la mano en dirección a la cima de la torre norte, y dice:

--El techo está lleno de humo, señor, ningún helicóptero puede aterrizar allá arriba.

--¡Mi hijo, mi hijo!

--¿En qué piso está su hijo?

--¡En el cien, en el cien!

--Lo siento mucho, señor –dice el bombero y se aleja--.

Danilo sale corriendo, derriba la barrera de la policía, llega cerca de la torre norte y se queda mirando a las personas que están alrededor, algunas de ellas heridas. Va, entonces, hacia la entrada del edificio, hiriéndose un poco los pies protegidos sólo por medias, entra al lobby y trata de subir la escalera por la que cientos de personas están bajando, pero la muchedumbre lo derriba y varias personas le pasan por encima, sin herirlo. Un policía lo agarra por un brazo y le dice:

--¡Váyase de aquí, señor, vamos, váyase de aquí!

--¡Mi hijo!

--¿En qué piso está?

--¡Cien, en el cien! –exclama Danilo, muy excitado--.  

--Nadie por encima del piso 92 ha podido bajar, señor.  

--¡El techo, el techo!

--¿Qué techo?

--¡El helicóptero!

--No hay helicópteros, señor, por favor, vamos, váyase de aquí.

Danilo corre hacia la escalera, pero es derribado otra vez por quienes están bajando. Otro policía lo saca del edificio y le dice:

--¿Quiere morirse o prefiere ir a la cárcel?   

Danilo sale del lugar en el instante en que un pedazo grande de hierro hirviente le cae a menos de un metro. Lo mira, mueve, ligeramente, la cabeza a un lado y otro, cierra un poco los ojos y, con una sonrisa, más que angustiosa, macabra, farfulla:

--¡Ni para morirme tengo suerte!

Si diese la vuelta al edificio, encontraría a su hijo, sobre el pavimento, al pie de un arbusto florecido, con la cabeza aplastada y el rostro destrozado, pues, al separarse de Liz en el aire, siguió cayendo con los pies hacia arriba.

Varios policías sitúan a Danilo y otras personas detrás de la barrera, a unos ochenta metros de distancia. Danilo se da cuenta que no hay nada que pueda hacer, pero no pierde la fe en que su hijo haya evadido el incendio, bajando la escalera y llegando a los pisos inferiores, o que pueda haber amarrado una soga a una de las ventanas del piso cien y haber bajado por ella hasta el piso 92 para llegar a la escalera y descender a la calle. Falta menos de un minuto para las diez de la mañana.

DERRUMBES MUY SOSPECHOSOS

De repente, se oye un tercer estruendo. La torre sur, la segunda que ha sido impactada, se derrumba hacia dentro, como en una demolición en que se usan poderosas cargas de dinamita o reacciones de elementos físico-químicos. Los ciento diez pisos se desploman unos sobre otros en menos de veinte segundos.

Una ola de terror se apodera de los miles de personas que están detrás de la barrera mirando el trágico suceso. La muchedumbre se echa a correr, despavorida, mientras cientos de miles de toneladas se derrumban, creando una gigantesca nube de polvo. Danilo no puede correr más y se desploma, sin perder el sentido. Un hombre que corre junto a él lo levanta y lo mete en la escalera de un pequeño edificio que está a unas tres cuadras de las torres. Cientos de personas siguen corriendo, huyéndole a la catástrofe, casi todas cubiertas de polvo.

Se cree que más de mil personas, entre ellas cientos de bomberos y policías, acaban de morir en el derrumbe de la torre sur, pues un gran número quedó atrapado entre los pisos 84 y 110. Muchos se han lanzado, también, al vacío.

Danilo se para en la entrada del edificio en que se ha refugiado y mira hacia las torres. Sabe que la que se ha desplomado no es en la que trabaja su hijo y sigue pensando que pudiera haberse salvado. Una anciana que vive en el primer piso del pequeño edificio en que se ha refugiado, al verlo descalzo, le da un par de zapatos que eran de su difunto esposo. De no haber sido por esto, no hubiera podido salir de la escalera porque la calle está llena de escombros. Danilo le da un beso en la frente a la buena señora, le dice unas palabras que ella no entiende, y, cuando se disipa un poco la capa de polvo que cubre toda la zona, va hasta el lugar en que se hallaba en el momento del derrumbe.

La torre norte sigue en pie. El humo cubre ya toda la parte superior del edificio. Hay incendios en varios pisos, pero Danilo se resiste a aceptar que su hijo haya muerto. Se acerca a varios heridos que están siendo atendidos por bomberos, policías y personal médico y les pregunta si se han salvado algunas personas por encima de los pisos de la torre norte impactados por el avión, pero nadie puede darle una respuesta adecuada. Está cubierto de un grueso polvo cenizo desde los zapatos hasta el cabello, como si se hubiese caído dentro de un tonel de cal, pero no se da cuenta y, además, no le importa. A cada rato visualiza recuerdos trágicos: el barco de la fuga volcándose en la ola y el tiburón atacando a Teresa en aquel mar ya tranquilo que se iba iluminando con los destellos del amanecer.

Una nueva tragedia le golpea en lo más profundo de sus entrañas. “¡No, no puede ser, no puede ser, no puede ser!” –repite, en voz baja, una y otra vez, mientras sigue llamando por el celular a su hijo--. Es un Mario que nada, con intensa furia, hacia el barco que se hunde para salvar a su esposa y sus hijitos.  

A las diez horas, veintiocho minutos y treinta segundos, se oye el cuarto estruendo gigantesco y la torre norte se desploma, en pocos segundos, como lo hiciera la torre sur, hacia dentro. Cientos de personas, quedan sepultadas bajo los escombros. Una armazón metálica cae sobre Danilo y lo cubre, pero no lo aplasta.   

A la catástrofe de la torre norte sigue el pandemónium. Miles de personas vuelven a alejarse hacia otras calles del sur de Manhattan, con toda rapidez, aterrorizadas,  algunas dando gritos histéricos o pasando por encima de otras.      

El terror, la muerte, la sangre, el pánico, las lágrimas, la destrucción y el luto son inmensos, como en las aldeas iroquesas de Nueva York en 1779, Puerto Plata en 1794, Trípoli en 1801, Islas Malvinas en 1832, Sendero de Lágrimas en 1839, Matamoros y Monterrey en 1846, Veracruz en 1847, Atlanta, Columbia y Charleston en 1863-64, Chicago en 1886, Wounded Knee en 1890, Hawai en 1893, El Maine en 1898, Filipinas en 1899-1907, Ludlow en 1914, Dresde, Berlín, Mainz, Nüremberg, Hamburgo y demás en 1943-45; Tokío, Nagoya, Yokohama, Hiroshima, Nagasaki y demás en 1944-45, Corea en 1951-53, La Coubre en 1959; Santo Domingo en 1965, Hanoi en 1966-71, Mi Lay en 1968, Granada en 1983; Panamá en 1989, Kuwait en 1990, Belgrado en 1998… y todos los demás crímenes perpetrados por el Imperio  

Al margen de la novela

La novela está escrita en tiempo presente por lo que las evidencias sobre la culpabilidad de los jefes del Imperio en este macro-auto-atentado terrorista no eran palpables aquella mañana, aunque ya había algunas sospechas.  

En cuanto a este inmenso crimen del Imperio en el que asesinó a miles de sus ciudadanos para “justificar” sus guerras posteriores y las que aún está librando, como las de Siria y Gaza, pueden leer el artículo que publiqué el 11 de septiembre de este año, titulado “11 de Septiembre, gran crimen del Imperio del Terror” que aparece a continuación  como noticia relacionada. Fue un gran honor para mí que ese artículo tuviese 5,424 lecturas. En el Kaos Antiguo, aparecen todos mis artículos de diciembre del 2007 a diciembre del 2010. Cada 11 de septiembre lo he dedicado a esta obra maestra del terror.

No hay nada más típico en la historia del Imperio que el auto-atentado y ahí, en ese archivo, hay decenas de artículos míos dedicados a esa curiosa costumbre imperial que tantos millones de vidas ha costado.    

Ultima modificacion el Domingo, 02 de Diciembre de 2012 17:24


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