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28 Abr 2012

La violencia como herramienta de liberación Destacado

Escrito por  Mario Soler Enríquez
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El modo de producción capitalista, tal como lo caracteriza irrefutablemente el marxismo, es un modo de producción radicalmente violento, el cual no duda en hacer uso de todo tipo de herramientas represivas y de control contra la clase desposeída de los medios de producción, el proletariado [...]

«La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja

que lleva en sus entrañas otra nueva»

(Karl Marx, El capital)

 Nota del autor: para el presente trabajo me he servido, fundamentalmente, del libro de Adolfo Sánchez Vázquez Filosofía de la praxis (Editorial Grijalbo, 1967, México), concretamente de su capítulo VI, “Praxis y violencia”; así como del libro El Estado y la revolución (Editorial Fundación Federico Engels, 1997, Madrid) de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin.

 

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Hace escasos días saltaban a la palestra mediática dos noticias, de un alcance político relevante, que tienen una relación muy directa con la cuestión de la violencia. Por un lado, los Ministros de Interior y Justicia del Gobierno español anunciaban una batería de medidas para endurecer el Código Penal en relación a la “violencia callejera”, dando una vuelta de tuerca represiva más e imponiendo penas de dos años de prisión para quien convoque “algaradas callejeras por Internet” (creando una nueva figura penal, la de “integración en organización criminal”) y considerando la resistencia pasiva como un delito de atentado contra la autoridad. Por otro lado, hace pocos días fallecía Íñigo Cabacas, el aficionado vasco del Athletic Club de Bilbao, como consecuencia del impacto de una pelota de goma lanzada por un ertzaina. Tras las protestas de una buena parte de la sociedad vasca, hastiada de décadas de violencia policial, el Gobierno vasco anunciaba, en boca de su Consejero de Interior, Rodolfo Ares, la inutilización de las pelotas de goma como material antidisturbios para 2013. 

A raíz de estas dos noticias que han ocupado las primeras planas de una buena parte de los medios de comunicación de la burguesía (aunque, por supuesto, la del aficionado vasco ha sido sutilmente ocultada hasta que ha sido difundida en multitud de webs y redes sociales), son muchos los militantes y/o simpatizantes de movimientos de protesta como el 15-M que han empezado a cuestionarse -siquiera de forma instintiva y primaria teniendo en cuenta su carencia de ideología revolucionaria- el monopolio de la violencia estatal contra todo aquel que se salga del redil.

Debido al estado de confusión, dispersión y pérdida de hegemonía en que se halla el movimiento revolucionario en España y en buena parte del globo, creo necesario realizar este trabajo de análisis teórico, fundamental a mi juicio para entender la sociedad actual y el papel que en ella ocupa la violencia. El propósito fundamental de este escrito es hacer fácilmente comprensible una visión marxista, completa y dialéctica de la violencia -y, en concreto, de la violencia revolucionaria- como herramienta imprescindible de liberación, como única forma de acabar con toda forma de opresión (cuya base es, en definitiva, una forma determinada de violencia social e histórica).

La naturaleza de la violencia en la sociedad capitalista

«Es necesario comprender quién pone

en práctica la violencia... si son los

que provocan la miseria o los que

luchan contra ella»

(Julio Cortázar)

Antes de adentrarnos en la interpretación marxista sobre el origen y la naturaleza de la violencia en la sociedad capitalista, es interesante, desde un punto de vista antropológico, entender que la violencia es un atributo exclusivamente humano. Esto es así, según explica Adolfo Sánchez Vázquez, por la sencilla razón de que es el ser humano el único ser vivo de la Naturaleza que, para perpetuarse en su sociedad propiamente humana, necesita utilizar la violencia constantemente contra una “legalidad exterior (la de la naturaleza)”. Si bien el animal también necesita alterar su propio ecosistema (incluso destruir físicamente individuos de otras especies o de su misma especie), al estar incardinado pasivamente en un medio que no puede alterar ni transformar, desconoce por completo la violencia tal como la conoce el ser humano. En este sentido, “la sociedad humana es una violación constante de la naturaleza”.

Dicho esto, la violencia en el seno de una sociedad determinada no es un atributo inevitable, sino que responde a las bases objetivas, materiales, de una organización social que lleva en lo más profundo de sus entrañas una violencia intrínseca y estructural. Para los comunistas, la violencia aparece históricamente con el desarrollo de la antigua sociedad de clases, la cual va evolucionando hasta la sociedad feudal y la capitalista y que conserva, hasta la actualidad en su fase imperialista (como capitalismo decadente y reaccionario), toda la esencia violenta de un sistema clasista de explotación. En la sociedad humana, aparece la violencia política (el Estado) cuando, tras materializarse el imperio de la propiedad privada de los medios de producción y la división de la sociedad en clases, es imposible la resolución pacífica de los conflictos que entrañan la existencia misma de clases sociales. Plantearse, por tanto, acabar con la violencia sin suprimir de raíz sus cimientos materiales (las clases sociales y la propiedad privada de los medios de producción), es un planteamiento utópico y reaccionario, carente incluso del más mínimo sentido lógico.

Ahora bien, en nada cambia la esencia violenta del sistema capitalista el hecho de que este adopte, en lo político, una careta democrático-burguesa, o que acuda a formas más descarnadas de violencia socio-política como es el fascismo. El modo de producción capitalista, tal como lo caracteriza irrefutablemente el marxismo, es un modo de producción radicalmente violento, el cual no duda en hacer uso de todo tipo de herramientas represivas y de control contra la clase desposeída de los medios de producción, el proletariado, que forma parte de la mayoría absoluta de la sociedad.

Yendo de una visión -digamos- macropolítica a otra micropolítica, cualquier proletario que sea mínimamente consciente de la sociedad en la que vive percibe violencia por doquier:

-A nivel económico, el capitalismo impone su violencia excluyendo a un porcentaje de población cada vez mayor del acceso a los medios de producción, lo cual trae como consecuencia un aumento de la tasa de explotación de la fuerza de trabajo, del desempleo estructural (que fuerza a la baja las condiciones laborales y salariales de los proletarios) y de la pobreza masiva.

-A nivel político, el capitalismo en su fase imperialista se vuelve progresivamente más reaccionario y belicista: en el plano nacional/estatal, como única manera de asegurar el dominio del capital financiero sobre la mayoría aplastante de la población explotada; en el plano internacional, entrando de lleno en la era de la guerra imperialista con su miríada de “conflictos locales” en los países dependientes y, además, con los enfrentamientos crecientes entre los dos grandes bloques imperialistas, el capitaneado por EEUU, la UE e Israel, por un lado, y el encabezado por Rusia y China, por otro lado.

 -A nivel ideológico y psicológico, la dictadura capitalista impone a la inmensa mayoría de la sociedad una cruel -a veces sutil- forma de violencia ideológica y psicológica que se manifiesta de muy diversas maneras. Ideológicamente, haciendo bueno el aforismo marxista de que “En una sociedad de clases, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”, la burguesía implementa una cosmovisión totalizadora de la sociedad humana, haciendo pensar a los explotados -a través de sus diferentes medios de adoctrinamiento social- que no hay más mundo posible que el que tienen delante de sus ojos. Hoy, por ejemplo en el corazón de la Europa imperialista, la mayoría de la población contempla impasible cómo la burguesía impone sus draconianos “planes de ajuste” al proletariado, alertando a los posibles díscolos de que no hay más alternativa que esta (es decir, que estamos condenados a la miseria y la sobre-explotación). Aparece así la estructura social capitalista como la única forma posible de organización humana: esto, además de un chantaje típico de mafiosos, es pura violencia discursiva e ideológica. Relacionada con la violencia ideológica se encuentra la violencia psicológica, una forma de violencia social callada, implacable y cruel de la sociedad actual que, entre otras consecuencias, provoca un aumento exponencial de enfermedades mentales que fuerzan a muchas personas a la locura, la depresión y el suicidio. Esta “biopolítica” o “biopoder” (siguiendo a Michel Foucault), que machaca silenciosamente a millones de personas en cualquier país capitalista, se manifiesta como una extensión de la violencia ideológica, al conseguir que los explotados sean incapaces de entender el origen de la violencia y la descomposición de la sociedad actual y, lo que es más importante, al conseguir que no puedan formularse su propio discurso alternativo y transformador. La actual psicología de la sumisión, de hecho, es un claro atentado contra la naturaleza misma del ser humano, al obligarle a interiorizar unas relaciones de dominación y explotación que serían perfectamente contingentes si el marco social fuera el del comunismo, el de la coordinación de los productores libremente asociados, el de la desaparición de toda forma de opresión y violencia.

 -A nivel internacional, nunca la historia humana ha vivido un periodo de violencia tan brutal y destructiva como el que hemos vivido desde hace cinco siglos: solamente las masacres coloniales (la “acumulación originaria de capital”, como la llamaba Marx) o las dos guerras mundiales imperialistas suman centenares de millones de muertos (una cita de Frantz Fanon ilustra a la perfección el carácter genocida del capitalismo: “Durante siglos, los capitalistas se han comportado en el mundo subdesarrollado como verdaderos criminales de guerra. Las deportaciones, las matanzas, el trabajo forzado, la esclavitud han sido los principales medios utilizados por el capitalismo para imponer sus reservas en oro y en diamantes, sus riquezas, y para establecer su poder”, Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1963, p. 54). Actualmente -además de los millones de personas que cada año perecen como consecuencia del hambre, la falta de agua potable, higiene y servicios médicos; de enfermedades perfectamente curables si existieran los medios necesarios o de suicidios por la desesperación a que induce este sistema social- decenas de guerras de rapiña imponen su lógica violenta a las masas oprimidas de África o Medio Oriente. Además, como ya dijimos al hablar de la violencia política, en todos los Estados capitalistas la violencia estatal se presenta como la única y verdadera forma que tiene la clase dominante de “dirimir” sus conflictos con las masas desheredadas cuando estas se rebelan por la miseria y la opresión. Obviamente, la violencia en un sentido estricto y físico no es la única y perpetua respuesta que da la burguesía a quienes, de forma espontánea o revolucionaria, se oponen a sus planes de dominación; pero sí es en última instancia -más aún en la época de crisis económica internacional en que vivimos- la única respuesta que el sistema puede dar para mantener incólume su andamiaje social. En definitiva, el capitalismo, como sistema esencialmente violento que es, solo puede perpetuarse haciendo un uso sistemático y masivo de la violencia en todas sus formas.

Por último, no hay argumento más rotundo para demostrar la esencia violenta del capitalismo decadente que el de su naturaleza radicalmente belicista. Recordemos, antes de profundizar en el asunto de la economía de guerra, que, siguiendo a Lenin, lo que caracteriza al capitalismo actual (en su última fase o estadio imperialista), en el que imperan los monopolios y oligopolios y desparece la libre competencia, es la exportación de capitales. Estos capitales, que tienden al monopolismo, han conformado el capital financiero (fusión de la banca y las grandes empresas industriales y de servicios, convertidas en poderosísimos grupos de presión de las que los Estados capitalistas son sus rehenes absolutos), que sojuzga a la inmensa mayoría de la población mundial a través del hambre, el paro y la precariedad. Nos encontramos, parafraseando de nuevo a V. I. Lenin, ante el reparto económico del mundo entre los trusts internacionales.

Pues bien, el lobby del capital financiero que actualmente ejerce más poder en los Estados es, antes incluso que el farmacéutico, el militar (llamado, en EEUU, el complejo militar-industrial). Centrándonos en EEUU (sin duda, el mayor paradigma de economía belicista en el último siglo), numerosos análisis de Historia económica demuestran que, de no ser por los altos niveles de desarrollo de la industria armamentística, EEUU sería incapaz de mantener sus niveles de producción nacional, rentabilidad empresarial y empleo; asimismo, no estaría a la cabeza en I+D+i en muchos campos (como en nanotecnología, robótica o biotecnología). De hecho, el relanzamiento histórico que experimentó la economía estadounidense en el contexto inmediatamente posterior a la Gran Depresión habría sido imposible sin la expansión -sin precedentes en la historia militar mundial- de la industria armamentista.

Como afirma el Grupo de Propaganda Marxista, “así como la competencia es un fenómeno derivado de la propiedad privada sobre las condiciones objetivas del trabajo social, las guerras interburguesas [como las de la ex Yugoslavia, Afganistán, Irak o Libia], en determinadas condiciones, son una necesaria continuación de la competencia por medios bélicos”.

 La guerra, por tanto, es un fenómeno consustancial al capitalismo en su fase imperialista. Y esto es así por dos razones: primero, porque las guerras son una forma auxiliar de la competencia estrictamente económica (“Los capitalistas no se reparten el mundo [mediante la guerra] llevados de una particular perversidad, sino porque el grado de concentración a que se ha llegado les obliga a seguir este camino para obtener beneficios”; V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo); y segundo, porque la industria armamentística emplea una parte creciente de los recursos productivos del planeta y constituye una fracción cada vez mayor del total de los beneficios de la burguesía internacional.

Violencia y cambio social

«La revolución no es una cena de gala. No se hace como una

obra literaria, un dibujo o un bordado.

No se logra con la misma elegancia, calma y delicadeza.

Ni con la misma suavidad, amistad, cortesía, moderación

y generosidad. La revolución es un levantamiento, un acto

de violencia en el que una clase invalida a la otra»

(Mao Tse Tung)

Siguiendo el hilo de la Historia, es imprescindible rescatar la herencia teórica de Marx, Engels y Lenin (y de todos aquellos revolucionarios que entendieron y defendieron el uso de la violencia revolucionaria como instrumento indispensable de emancipación), para los cuales la violencia siempre fue una necesidad histórica determinante como forma de transformación revolucionaria de la sociedad. Así, decía Lenin en El Estado y la revolución: “La doctrina de Marx y Engels sobre el carácter inevitable de la revolución violenta se refiere al Estado burgués. Este no puede sustituirse por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la “extinción”, sino solo, como regla general, mediante la revolución violenta... La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta, precisamente en esta idea de la revolución violenta, es algo básico en toda la doctrina de Marx y Engels”.

La posición de los revolucionarios siempre ha sido meridianamente clara en relación al papel de la violencia como instrumento de transformación social. Marx y Engels (que jamás hicieron ningún tipo de apología de la violencia, como arguyen de forma tramposa multitud de lacayos intelectuales del capital) sostuvieron de manera científica la necesidad de derrocar, mediante la violencia revolucionaria, el sistema de esclavitud asalariada. Por un lado, haciendo esto los fundadores del socialismo desenmascaraban a la historiografía burguesa, que minusvaloraba -cuando no eliminaba del análisis histórico- el papel de la violencia como motor fundamental de procesos de cambio de un sistema a otro. Por otro lado, Marx y Engels sentaron las bases de lo que debía ser la posición correcta de los comunistas frente a la violencia emancipadora. Y es que para los revolucionarios siempre ha estado claro que un statu quo intrínsecamente violento solo puede ser destruido de manera violenta. Evidentemente, esto es así por la sencilla razón de que ninguna clase dominante, como demuestra la experiencia histórica, está dispuesta a ceder voluntariamente sus privilegios económicos, sociales y políticos. Esto es completamente lógico, pues la burguesía es una criatura pegada como una lapa a sus privilegios de clase: inevitablemente morirá matando, como ese animal que defiende a sus crías de un depredador aun a sabiendas de que no conseguirá salvarlas. Y, parafraseando al gran filósofo y estratega de la guerra Sun Tzu, no hay peor fiera que aquella que está malherida y acorralada. Mientras más vea amenazado su domino social la burguesía, más férrea y violenta será su resistencia y más perfeccionada será su maquinaria represiva. Por este motivo, indiscutible a todas luces, los explotados no pueden eludir la cuestión de la violencia (como tampoco pueden sobredimensionarla o aplicarla indiscriminadamente), sino que deben entender que las vías pacíficas están completamente cerradas para la construcción de un orden social justo y libre.

Como afirma de manera brillante Adolfo Sánchez Vázquez: “Frente a la subestimación del papel de la violencia, propia de reformistas y oportunistas, y frente a su exageración, característica de una actitud idealista, voluntarista, los marxistas no pueden dejar de subrayar el papel fundamental de la violencia, aunque es evidente también que esta debe ser vista históricamente, es decir, considerada en diferentes etapas históricas, en revoluciones diversas y, sobre todo, en distintas situaciones concretas”. Aquí reside la dialéctica (la paradoja, en sentido no marxista) de la violencia: la violencia revolucionaria es una necesidad impuesta por la violencia de la sociedad clasista; la violencia revolucionaria es, por tanto, la única manera de acabar, no solo con la violencia de la sociedad actual, sino con toda forma de violencia. Al igual que una persona que está siendo agredida por otra solo puede zafarse de esta haciendo uso de algún grado de violencia (poco importa que esta sea de autodefensa), los explotados solo pueden hacer frente a la violencia de los explotadores mediante la lucha revolucionaria (que aúna inevitablemente forma pacíficas y violentas).

La violencia, al contrario de lo que sostiene la moral pacifista burguesa (como veremos luego, el pacifismo es un fiel defensor de la mayor violencia que existe hoy, la del sistema), no es un atributo que un movimiento auténticamente transformador pueda elegir libremente. Jamás las masas revolucionarias han tenido la posibilidad de elegir entre una “revolución violenta” y una “revolución pacífica”. No existe esa alternativa más que en la mente idealista de quienes asumen, de manera acrítica, las tesis sistémicas del pacifismo. Igualmente, el contenido de la violencia no es único, universal o abstracto, sino que depende de la clase social que la aplique y de los propósitos sociales (no es lo mismo una guerra de agresión que una guerra de liberación, por ejemplo). Esto no significa, ni mucho menos, que toda revolución tenga que implicar necesariamente derramamiento de sangre o la eliminación física de nuestros enemigos de clase. El marxismo, repito, no practica ningún tipo de apología de la violencia (y, por supuesto, a diferencia de nuestros verdugos imperialistas, es contrario al uso de técnicas inhumanas de represión y tortura). De hecho, el comunismo es el movimiento social y político que, al entender el rol que ocupa la violencia, más hace por eliminarla y por plantar las semillas de una sociedad fundada sobre una paz real, persiguiendo además que los conflictos sociales sean cada vez más resueltos

mediante métodos de diálogo y entendimiento, una vez desaparecidas las clases sociales. En Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”, Lenin explica: “En nuestro ideal no hay lugar para la violencia sobre la gente... todo el desarrollo lleva hacia la abolición de la dominación (violenta) de una parte de la sociedad por otra”.

En un sentido histórico, ha habido procesos revolucionarios o insurreccionales (como la Revolución soviética de Octubre o la “República Soviética de Hungría” de 1919) en los que la violencia física ha ocupado un papel extraordinariamente insignificante en el proceso revolucionario. Obviamente los tiempos han cambiado, los Estados han perfeccionado sus maquinarias represivas y han blindado mucho más sus aparatos de represión. Pero hoy, al igual que ayer, el mayor o menor uso de la violencia revolucionaria dependerá de múltiples factores, entre los que destaca el grado de organización política y militar de la clase explotada (de su Partido Comunista, de su movimiento obrero y de su Ejército Rojo) y de la capacidad operativa que tenga para someter a los explotadores y sus esbirros haciendo uso solo de la violencia disuasoria, así como del nivel de descontento entre los estratos bajos de las fuerzas represivas, los más susceptibles de abandonar su adhesión a unos cuerpos violentos que actúan única y exclusivamente para la defensa de los intereses de la clase dominante. También hay que tener en cuenta que la práctica de derrocar a la burguesía del poder (liquidando su Estado y socializando los medios de producción) es ya de por sí una práctica violenta en un sentido teórico, aunque no haya ni una sola víctima, ya que implica coacción, y la coacción es por naturaleza violenta. Por eso para el comunismo la violencia solo desaparece cuando desaparecen las clases sociales y el Estado se extingue: este será el momento en que ya no será necesario hacer uso de ningún tipo de mecanismo político coercitivo.

Sumergiéndonos en la profundidad del binomio violencia-revolución, es imprescindible tener en cuenta que la violencia no es ni mucho menos la única cara de una revolución, ni siquiera la más importante en un sentido histórico. Marx, Engels y Lenin rechazaron en su época cualquier exageración en cuanto al rol de la violencia. Por ejemplo, siguiendo a Adolfo Sánchez Vázquez, el mismísimo Marx rechazó las consignas aventureras e insurreccionalistas de anarquistas y blanquistas que, al no entender las bases reales y objetivas de un movimiento revolucionario, exageraban el papel de los métodos violentos. Asimismo, Karl Marx también condenó enérgicamente toda concepción maniquea del comunismo que redujera esta “forma superior de organización social a una organización basada en la violencia” (Adolfo Sánchez Vázquez). La revolución es un proceso dialéctico, lo que significa que es una lucha y superación de contrarios entre destrucción y creación. Pero históricamente la revolución es sobre todo un proceso creador, pues permite generar nuevas condiciones sociales, un nuevo marco de relaciones humanas, a través de la construcción de un Nuevo Poder que sustituya -mediante su superación- el poder caduco de la oligarquía financiera. El marxismo (o, más en concreto, las tesis que formula Lenin sobre la insurrección y la toma del poder, que después son teorizadas de forma más completa por Mao en la Guerra Popular) entiende que la toma del poder no se puede organizar, como plantean los anarquistas y muchos marxistas insurreccionalistas, de la noche a la mañana y sin tener en cuenta las condiciones objetivas y subjetivas. Por ello es imprescindible que, mediante un desarrollo concéntrico, el Partido Comunista (entendido como fusión del movimiento obrero y de la minoría revolucionaria, no como ente sustitutivo de la capacidad y la iniciativa de la clase explotada) organice progresivamente los destacamentos armados que empezarán a romper el monopolio de la violencia estatal, enfrentando el Ejército Rojo al poder armado de los explotadores, lo que será la única garantía definitiva del triunfo sobre la burguesía y su sistema criminal.

El pacifismo, el mayor aliado de la violencia del sistema

Solo alguien con miopía política puede pensar que la cuestión de la violencia es secundaria, o que conviene dejarla aparcada hasta que entremos en una fase prerrevolucionaria. En realidad, las tareas que los destacamentos comunistas debemos acometer hemos de realizarlas ahora, no en el momento en que el movimiento obrero crezca y naufrague por falta de guía revolucionaria. Entre las muy diversas cuestiones que los revolucionarios hemos de analizar desde una perspectiva de clase, la violencia ocupa un lugar primordial por el carácter determinante que imprime a toda revolución. Ninguna revolución ha triunfado de forma pacífica. Ni siquiera la burguesía, la clase que ahora nos oprime, consiguió expulsar a la clase feudal del poder político pacíficamente. Tampoco las colonias pudieron liberarse de las metrópolis por vías pacíficas, sino a través de guerras de liberación nacional. No ha existido ni existirá, por una imposibilidad material, ninguna transformación real de la sociedad que excluya la utilización de métodos violentos.

En este sentido, entender y exponer correctamente la cuestión de la violencia es muy importante, sobre todo en un momento en que, en las entrañas del mismo Estado español, ha emergido un nuevo movimiento social (el de los “indignados") que, si bien no es la expresión genuina de los intereses de la clase obrera y de su praxis revolucionaria, ha vuelto a poner encima de la mesa la cuestión de la violencia con motivo de la represión policial en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia. El 15-M, impregnado como no podía ser de otra manera de un mejunje de ideologías pequeño-burguesas y reformistas, ha hecho suya la ideología del pacifismo (gráficamente esquematizada en el clásico eslogan “estas son nuestras armas”, coreado en multitud de manifestaciones para regocijo de los Botín, Alierta y Cía.), negando la necesidad de la violencia revolucionaria y aceptando, por tanto, que es el Estado capitalista el único ente legitimado para hacer uso de la violencia. Veamos el carácter reaccionario de este pacifismo que se disfraza de “transformador”.

El pacifismo surge en el interior de las organizaciones socialdemócratas de principios del siglo XX. Básicamente, la “vía pacífica al socialismo” (un sinsentido suicida y reaccionario) se desarrolla como expresión de la política reformista que ve en el Estado actual, no un órgano violento de represión de una clase sobre otra, sino una especie de juez imparcial que dirime los conflictos entre unas clases y otras. Históricamente, el pacifismo surge como señuelo para atraer a las masas explotadas hacia la vía de la claudicación y la inacción. Por eso podemos decir que el pacifismo es hijo directo del reformismo y el oportunismo (lo cual no es óbice para que exista, igualmente, un reformismo armado, como ha demostrado en el Estado español el MLNV o en Irlanda el IRA).

Dicho esto, lo que olvidan muchos incautos que abrazan las tesis del pacifismo es que: primero, es materialmente imposible revolucionar la sociedad vigente sin hacer uso de la violencia; segundo, al rechazar “toda forma de violencia”, los pacifistas olvidan que, precisamente al no combatir ni eliminar la violencia sistémica, son cómplices directos de esta. Al final, los pacifistas demuestran ser los más grandes defensores de este sistema (el más violento de la historia de la Humanidad), pues no cuestionan el monopolio de la violencia estatal y engañan al proletariado al hacerle pensar que las instituciones del capital pueden ser reformadas -o incluso destruidas- sin hacer uso de la violencia. Y es que, en el fondo, la conciencia de la no-violencia lo que refleja claramente es la imposibilidad de transformar de manera real el mundo en que vivimos por la única vía posible, la de la violencia revolucionaria. ¿Cómo, según los pacifistas y reformistas varios, conseguiremos los explotados destruir el sistema capitalista, si enfrente vamos a tener la resistencia organizada y feroz de la burguesía con su formidable aparato represivo? El pacifismo, al final, termina siendo el mayor defensor de la violencia, al impedir que los proletarios podamos tomar conciencia de la necesidad de derrocar este orden destructivo. “Las armas no son otra cosa que la esencia de los combatientes mismos”, decía Hegel. Los aduladores del pacifismo se niegan a entender que, para acabar con el fusil, es necesario coger el fusil. Los proletarios chilenos, cuando los mercenarios pinochetistas a sueldo del capital imperialista los liquidaron física y políticamente en 1973 y en años posteriores, entendieron a la perfección -pero demasiado tarde- que la “vía pacífica al socialismo” es la vía pacífica al fascismo. No ha habido cambio revolucionario en toda la Historia que se haya producido por medios exclusivamente pacíficos. El pacifismo, al negar per se el uso de la violencia emancipadora, es al final el peor enemigo de la paz. En realidad, los únicos realmente “pacifistas” somos los que, desde el realismo político, apostamos por hacer un uso discriminado, revolucionario y lo más reducido posible de la violencia, pues sentamos las bases para que algún día pueda existir una paz social real, no la paz de cementerio que ahora se nos impone, sino una paz justa, la paz de una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales en derechos y deberes.

 

Cuando a los pacifistas se les pregunta sobre esta cuestión, la mayoría suele acudir a sus mantras y grandes mitos que el stablishment mediático se ha encargado de alimentar para generar falsas expectativas en las filas de la clase explotada. Todos estos mitos y mantras del pacifismo se nuclean en torno a la figura de Gandhi y las fantasías inventadas en relación a su ideología. Siguiendo las tesis del filósofo italiano Domenico Losurdo, Gandhi fue un fiel representante de los intereses de las clases dominantes en todos y cada uno de los periodos de su evolución ideológica y política: primero, reclutando ciudadanos indios para servir en el ejército británico en la Primera Guerra Mundial imperialista; segundo, apoyando las acciones armadas de los imperialistas británicos para aplastar las revueltas zulús en el continente africano; tercero, pugnando por incorporar en Sudáfrica a los indios “ilustrados” en la élite blanca de la burguesía sudafricana; cuarto, profesando un ruralismo fascista que le llevó a idolatrar a sujetos como Mussolini (“salvador de la nueva Italia”, lo llamó en una ocasión). Por otro lado, Losurdo también desmonta el mito de la pretendida eficacia de la no-violencia de Gandhi en relación a la independencia de la India. En realidad, si la India pudo independizarse del Imperio británico, esto solo fue posible por dos razones por completo ajenas a la estrategia de la no-violencia: por un lado, por el agotamiento del Imperio británico tras el final de la Segunda Guerra Mundial (agotamiento relacionado con una reformulación estratégica del imperialismo por parte de las antiguas metrópolis, que consistió en permitir la independencia formal de las antiguas colonias mientras se mantenían intactas las estructuras imperialistas de dominación en lo económico y lo militar) y, por otro lado, por la propia guerra de liberación nacional que una buena parte de la sociedad india libró contra el invasor imperialista.

En el caso de Luther King, la ideología dominante elogia al primer King, pero destierra completamente al King que, sin ser netamente revolucionario, condena el racismo institucionalizado de Estados Unidos o la guerra imperialista de Vietnam y que, además, expresa abiertamente su admiración por los militantes afroamericanos comunistas. Sabemos perfectamente que el sistema solo puede ensalzar a quienes no dañan ni un ápice las estructuras de dominación del capitalismo. Así, el mayor sucesor en nuestros días del fantasma de Gandhi y su falsa no-violencia (falsa porque, como hemos visto, el “apóstol indio” defendió a capa y espada un tipo de violencia: la de los opresores contra los oprimidos) es el ínclito Dalai Lama, el supremo depositario de la herencia ultrarreaccionaria y pacifista del líder indio. En su libro La cultura de la no violencia, Losurdo desmonta también a la perfección el mito de la no-violencia del Dalai Lama y los dirigentes budistas del Tíbet. Mientras la propaganda sistémica se encarga de recordarnos día sí día también que el comunismo es sinónimo de “violencia” y “expansionismo”, la realidad histórica habla de manera muy diferente a como lo hacen los plumíferos del sistema en relación a los “afables monjes tibetanos”: pocos conocen la historia de exterminio perpetrado por el V Dalai Lama en el Tíbet, de su régimen teocrático y semi-feudal; también la historiografía oficial oculta que los grupos tibetanos fueron adiestrados, financiados y armados por EEUU para luchar contra el comunismo.

En definitiva, el pacifismo forma parte intrínseca de las ideologías sustendadoras del sistema de explotación que padecemos. Ya sea consciente o inconscientemente, el pacifista esoge situarse del lado de los poderosos, del lado de los que ejercen la más cruel e inhumana forma de violencia que haya sacudido el planeta. Afortunadamente los explotados, cuando adquieren conciencia revolucionaria, entienden perfectamente que la violencia revolucionaria no es una elección subjetiva y caprichosa, sino una herramienta que el sistema obliga a utilizar para construir un nuevo modelo de civilización, la sociedad de especie, el comunismo, que representará el final objetivo de toda forma de violencia de unos seres humanos sobre otros.

Modificado por última vez en Sábado, 28 Abril 2012 21:20

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