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26 Abr 2012

Gernika conmemora su tragedia en un silencio solo roto por las sirenas y las campanas Destacado

Escrito por  Diario Gara
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5 años después de que Gernika quedara arrasada por la bombas de la Legión Cóndor a las órdenes de Franco, el Estado español niega un reconocimiento de la autoría, al contrario que Alemania. A las 15.45, hora en que comenzó el bombardeo, las sirenas y las campanas han servido de emotivo recordatorio

5 años después de que Gernika quedara arrasada por la bombas de la Legión Cóndor a las órdenes de Franco, el Estado español niega un reconocimiento de la autoría, al contrario que Alemania. A las 15.45, hora en que comenzó el bombardeo, las sirenas y las campanas han servido de emotivo recordatorio de aquella tragedia.

75 años después, no engañan a nadie

Un día como hoy, hace 75 años, la aviación alemana escribió en Gernika uno de los episodios más terribles de la historia de Euskal Herria. El 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor, comandada por el barón Wolfram von Richthofen y apoyada por aeronaves italianas, mostró al mundo de qué era capaz la barbarie fascista. No era la primera vez que aviones militares bombardeaban a población civil, pero la dimensión del ataque y el valor simbólico de la villa foral hicieron que el dolor por aquella tropelía fuera especialmente intenso para este pueblo. Hoy, Gernika es símbolo mundial de los horrores de la guerra y el fascismo, en parte gracias a Pablo Picasso, cuya obra maestra permanece en Madrid, y al trabajo que sobre el terreno hicieron periodistas comprometidos con la verdad, como George L. Steer, homenajeado ayer, que desmontaron la patraña franquista de que habían sido los propios vascos los causantes de aquella destrucción.

Sin embargo, 75 años después, esa sigue siendo la versión oficial en el Estado español, puesto que en este tiempo sus gobernantes han sido incapaces de reconocer lo que todo el mundo sabe. Su actitud supone una falta de respeto hacia aquellas personas que sufrieron el bombardeo y a los allegados de sus víctimas, y también al conjunto de la sociedad vasca, que aún hoy tiene que asistir a la defensa que el delegado del Gobierno español en la CAV hace de la provocación protagonizada por el Ejército en Elgeta. No cabe esperar de los mandatarios españoles la talla que sí han mostrado sus homólogos alemanes, porque a diferencia de estos, nunca han mostrado propósito de enmienda. La incalificable intervención del parlamentario del PP Antón Damborenea es el mejor ejemplo de ello.

En Gernika, el fascismo se mostró como es, igual que el Estado español con su actitud durante todos estos años. No engañan a nadie, y mucho menos a un país que quiere construir el futuro sin olvidar su pasado.

 

ANIVERSARIO DE LA MASACRE FRANQUISTA

El dolor de Nagasaki se revive en Gernika

El teatro Lizeo de Gernika acogió ayer una representación de la ciudad japonesa de Nagasaki, bombardeada por EEUU en 1945. Frente a un auditorio repleto de jóvenes de colegios de la villa foral, supervivientes revivieron la masacre y lanzaron un mensaje de paz y esperanza.


Mikel PASTOR | GERNIKA

Diez mil kilómetros separan Gernika y Nagasaki. Dos países, dos ciudades, dos mundos unidos por el macabro hilo de los bombardeos sobre civiles, unidos por el dolor de ver sus casas, familiares y tierras arrasadas por el fuego caído del cielo.

Esa unión se hizo más evidente que nunca ayer en el teatro Liceo de Gernika, donde una delegación de la ciudad japonesa revivió, frente a un auditorio plagado de jóvenes, el terror y el pánico que vivieron en sus carnes cuando ellos mismos eran unos niños.

El primero en intervenir fue Toyokazu Ihara, presidente de la Prefectura de Nagasaki. Tras dar las gracias a los presentes y agradecer la solidaridad con su pueblo, Ihara confesó al auditorio que el mismo vivió, con solo 9 años, la masacre en primera persona.

En un relato escalofriante, el presidente de la Prefectura japonesa explicó que, tras la explosión de las bombas, «que desprendieron una luz mil veces superior al del sol», se acercó a la ciudad y vio un espectáculo desolador: «Cuando llegué a la avenida principal de Nagasaki, observé una procesión de supervivientes deambulando. Muchos llevaban la ropa, el cabello, calcinados y se podían ver las brutales quemaduras bajo sus harapos», explicó el japonés, ante un auditorio expectante.

Ihara explicó que en aquella época, Nagasaki contaba con unos 240.000 habitantes, de los que «74.000 murieron inmediatamente, 75.000 fueron heridos, y muchísimos otros sufrieron en sus carnes la radiación atómica» y que, para los propios supervivientes, «todos los días son el 9 de agosto (fecha del bombardeo), por que es una experiencia que no se puede olvidar jamás», concluyó.

Cicatrices sin cerrar

Tras la intervención de las autoridades presentes en el acto, llegó el momento para dos testimonios de personas, que, algo más mayores, vivieron el bombardeo y lo acontecido de manera mucho más intensa.

Terumi Kuramori, de 68 años, confesó que aquella masacre había dejado «una cicatriz incurable» en todos los supervivientes y que todos, a raíz de lo que ella ha ido conociendo, «siguen teniendo en su interior el miedo, la angustia, el pánico, siguen totalmente presentes». Por ello, abogó por construir «un mundo sin armas nucleares, ya que la humanidad no puede convivir con ellas». De la misma manera, Kuramori se refirió a la energía nuclear, que criticó con dureza, recordando el episodio del accidente en Fukushima y afirmando que «construiremos un mundo sin energía ni bombas nucleares para nuestros hijos».

Más estremecedor si cabe fue el testimonio de Kiyomi Igura, de 86 años y que en el bombardeo -con 19- trabajaba de enfermera. La superviviente relató su labor al frente del equipo médico que se organizó inmediatamente tras el bombardeo norteamericano: «No paraban de llegarnos personas heridas, calcinadas. Algunas personas estaban tan quemadas que era imposible distinguir si eran hombres o mujeres. Nos miraban agonizantes gritándonos, `dadme agua, por favor'».

Igura, afectada por la narración, terminó su discurso apelando a la necesidad de «legar a las próximas generaciones un mundo sin guerras, un mundo de esperanza donde ningún Nagasaki vuelva a ocurrir», finalizó. El atronador aplauso final simbolizó el respeto y la solidaridad hacia quienes tanto han perdido y sufrido a largo de toda su vida.

 

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