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16 Mar 2012

Creando espacios de legitimidad “democrática”: el discurso político y mediático como arma semántica de dominación dictatorial

por Pedro Antonio Honrubia Hurtado
Viernes, 16 de Marzo de 2012 11:32
Todo aquello que no entre dentro del espectro ideológico que determinan los medios de comunicación en manos de la burguesía, queda fuera del discurso legitimado por ellos mismos como “democrático”, pasa a ser automáticamente “antidemocrático”, o, cuando menos, no respetuoso con la democracia.

Democracia y capitalismo son una misma e inseparable cosa

La democracia, por más que los medios de comunicación de masas se empeñen en lo contrario al tratar por todos los medios de vincularla con una única forma basada en los regímenes liberales burgueses, es un concepto polisémico, que puede ser estudiado y analizado desde múltiples puntos de vista. Las diversas formas en que puede aparecer y manifiestarse el comportamiento democrático son difícilmente reducibles a un único modelo estandarizado, anclado en unos mecanismos y unos cauces predeterminados, fuera de los cuales no es posible actuar de manera democrática. Las posibilidades son tan amplias y los puntos de vista tan variados, que tras esos intentos, poco o nada disimulados, por imponer una única visión de lo que puede ser un sistema democrático, en este caso, el modelo liberal/burgués que rige a la mayoría de los estados en el mundo “desarrollado”, paradójicamente, debemos entender que se esconde una estrategia completamente antidemocrática: la anulación, por vía de la deslegitimación discursiva, de cualquier otra alternativa posible al modelo económico y político actual de nuestras sociedad occidentales.

No seré yo ni el primero ni el último que defienda la incompatibilidad existente entre una sociedad como la nuestra, basada en la explotación del hombre por el hombre y la desigualdad social, y la verdadera democrática (1, 2, 3). Como bien dice G.K. Chesterton en su sintético texto “Democracia y Capitalismo”, podríamos resumir tal planteamiento de incompatibilidad, defendido por múltiples autores, en la siguiente afirmación: “Dejar todo en manos del comercio y el mercado no es democracia. El capitalismo no es democracia. Está más bien en contra de la democracia por su sustancia y sus tendencias”. No obstante, eso no es óbice para que sea precisamente dicho modelo de sociedad el presentado desde el discurso dominante como único modelo válido de sociedad democrática. Más aún, eso no es óbice para que todo aquel que defienda tal incompatibilidad sea tachado automáticamente, según lo que se desprende del discurso hegemónico dominante, como antidemócrata: un “antisistema”.

Según este discurso dominante, democracia y capitalismo son una misma cosa, una misma dualidad de términos inseparables el uno del otro, una polaridad de términos que se complementan y se desarrollan mutuamente con carácter retro-alimenticio, tanto que finalmente se hace creer que no puede haber capitalismo sin democracia ni, por supuesto, democracia sin capitalismo. No quieran buscar ustedes más allá del ámbito capitalista un sistema político y social que sea respetuoso con la democracia, pues no conseguirán, según nos dicen, encontrarlo.

¿Democracia y capitalismo son una misma e inseparable cosa?

Sin embargo, el propio profeta del capitalismo Francis Fukuyama, en su famoso libro “El fin de la historia y el último hombre”, reconoce que el capitalismo donde mejor y más eficientemente ha funcionado ha sido en aquellos países donde la libertad individual brillaba por su ausencia. Países como el Chile de Pinochet, o los grandes tigres asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong Kong, Tailandia, Malasia, Indonesia, etc.) pudieron tener el vertiginoso aumento en los índices económicos que tuvieron en su momento, gracias, sobre todo, a que eran países gobernados por regímenes autoritarios, donde los gobernantes imponían sus medidas capitalistas con mano de hierro, y donde las clases trabajadoras no tenían ningún tipo de derecho laboral, ni de garantía social. A eso, a sacar tajada de la explotación casi esclavista de las condiciones de trabajo de la población, lo llamaron los economistas burgueses, por ejemplo, en el caso de los mencionados “Tigres asiáticos”, “el milagro asiático”. Cada uno de estos países, que durante décadas se presentaron al mundo como ejemplo de la superioridad moral, política y económica del capitalismo frente al socialismo, tuvo, o aún tiene, un gobierno autoritario que les permitió aplicar de manera sistemática las políticas capitalistas más feroces y depredadoras. Corea del Sur tuvo durante varias décadas un régimen militar. Singapur un dictador con un partido de estado. Tailandia y Malasia han tenido sendas monarquías autoritarias. Indonesia durante más de cuatro décadas fue gobernada también por un dictador. Taiwán igualmente tuvo un gobierno autoritario que gobernó el país por más de cinco décadas. Arabia Saudita, Kuwait, o la misma China de hoy (convertida en este sentido, aún con sus peculiaridades, en un país prácticamente capitalista), son también buena muestra de cuan efectivo puede ser combinar en un mismo cóctel economía capitalista-mercantil y ausencia de libertades y derechos laborales de la población. Eso es capitalismo en estado puro.

Sin un sistema legal que regule las condiciones laborales, sin un sistema de regulación jurídica que imponga unos mínimos legales a respetar por los propietarios de los medios de producción, el capitalismo tiene vía libre para desarrollarse, pues los costes de producción serán cada vez menores mientras que los beneficios, en consecuencia, sobre todo si los productos generados por esa economía están destinados a la exportación (como era el caso de estos países orientales mencionados), serán cada vez mayores. Si usted tiene un gobierno que permite el trabajo infantil, el desarrollo de jornadas laborales de entre 14 y 16 horas diarias, y que, además, en condiciones de libre mercado, facilita que las empresas paguen salarios ridículos por la fuerza de trabajo contratada, ya podrán imaginar la ventaja competitiva que eso supone en el mercado internacional para tal país y las empresas que allí operen, amen del elevadísimo % de beneficio que la empresa en cuestión obtendrá con la venta de tales productos en países desarrollados donde el nivel de vida es muy superior al coste medio de la vida, en referencia a los salarios pagados, del país productor en cuestión. No hace falta hacer un máster en economía para entender esto. Pero esta evidente combinación entre potencial progreso capitalista y totalitarismo (plasmada en ejemplos más que concretos) no es óbice tampoco para que desde el poder establecido se siga haciendo llegar a la población occidental la idea de que capitalismo y democracia son una misma cosa.

No puede haber democracia sin capitalismo: o eso nos dicen

Y aunque, ante la evidencia, los defensores del capitalismo pueden llegar a admitir que tal vez existan países que siendo capitalistas no sean democráticos, lo que nunca, lo que bajo ningún concepto, llegarán a aceptar, es que los ciudadanos de los países occidentales puedan si quiera creer que existan o puedan existir países que siendo plenamente democráticos no sean capitalistas. Todo país democrático, nos dicen, debe ser inevitablemente capitalista. Más allá de capitalismo liberal no puede existir la democracia. Machacan y machacan esta idea una y otra vez ante la pasividad generalizada. Por ello, todo aquel país que ose criticar el normal funcionamiento del sistema capitalista, incluso aunque lo haga partiendo de la llegada al poder de sus dirigentes por vía del sistema parlamentario burgués tradicional, es automáticamente calificado de antidemocrático (El Chile de Allende, la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa, la Bolivia de Morales, la Nicaragua de Ortega, la España de la segunda república, la revolución cubana, etc.). Sus líderes son tachados de totalitarios, y sus revoluciones presentadas al pueblo como si de un ataque directo a la libertad, los derechos y las aspiraciones de los ciudadanos se tratase. No importa si esos países se anclan sobre la base de un ordenamiento jurídico absolutamente respetuoso con los derechos humanos, o si sus altos cargos han sido elegidos por un proceso de sufragio universal libre. Tampoco es importante si respetan la pluralidad política e ideológica, la división de poderes, si su economía se basa en un reparto justo y equitativo de la riqueza, o si, en concordancia con la idea de la democracia como “poder del pueblo”, están tratando de desarrollar modelos de representatividad del poder que acerquen el funcionamiento de las instituciones a la actividad del pueblo. El simple hecho de cuestionar el sistema liberal burgués los excluye automáticamente del mundo democrático, del “mundo libre”. Así no es dicho.

La democracia se identifica, por ende, con el modelo liberal burgués capitalista, y todo aquello cuanto no entre dentro de estos límites queda desplazado automáticamente hacia el terreno de lo antidemocrático. Es más, nadie que aspire a ser considerado “demócrata” se atreverá a cuestionar en público la democracia burguesa, a repudiarla o a situarla como régimen enmarcado dentro de unos intereses de clase y destinado a responder a tales intereses. Quién ose hacer tal cosa será ridiculizado, apartado, denigrado, presentado en última instancia como un enemigo de la libertad. Los disidentes, insurrectos o descontentos “oficiales” creen tener apenas el derecho de hacer enmiendas a la democracia burguesa. Reproches a la democracia, paños calientes, retoques para mejorar su funcionamiento, reformas incipientes o discretas a ella para moderar sus iniquidades sociales o hacer más llevaderos sus abusos. De allí no pasa la crítica si uno quiere seguir formando parte del selecto grupo de los “demócratas”. Todo el mundo tiene que reconocer que la democracia política y el capitalismo son inseparables la una del otro, y, ambos, en conjunto, los pilares de una sociedad verdaderamente libre, no caben medias tintas ni disidentes entre los “demócratas”; o estas conmigo o estas contra mí; o eres un defensor del capitalismo liberal o eres un anti-demócrata. Por eso los partidos de “izquierdas” mayoritarios en las sociedades occidentales (partidos socialdemócratas) han tenido que abrazar el capitalismo, así como los sistemas socialistas que se han desarrollado a lo largo del mundo, con su renuncia del capitalismo, nos dicen, tuvieron también que renunciar a la democracia. No había, ni hay, posibilidad de un punto intermedio; esa es la idea que fluye incesante a nuestro alrededor.

El ámbito del discurso “democrático”

Es precisamente tal máxima, además, la que, en sí misma, se constituye, de cara a la sociedad, como el ámbito del discurso democrático legítimo. Esto es, solo aquellas ideas, pensamientos, proyectos políticos y planteamientos ideológicos que se ajusten a dicha máxima están legitimados políticamente para poder ser considerados como democráticos. Todo lo que se salga o exceda estos estrechos márgenes, será en si mismo considerado negativo y antidemocrático, en tanto que supondrá una amenaza para el “sistema democrático” vigente, y, por tanto, algo que ningún demócrata que se sienta y se considere como tal deberá tolerar. El ámbito del discurso democrático, es, pues, un ámbito tan irreal como ideológicamente limitado: ningún planteamiento de la izquierda revolucionaria, subversiva, que pretenda derrocar el capitalismo, puede tener cabida dentro de él.

Pero este discurso, a diferencia lo que sería deseable para los valores liberales que tanto dicen defender quienes se presentan a sí mismo como los únicos demócratas posibles, no se consigue dejando los flujos ideológicos, la consciencia ciudadana acerca del ideal democrático, a la deriva de ninguna “mano invisible”. Este objetivo se consigue mediante un plan de acción perfectamente orquestado y diseñado para llegar a alcanzar tal meta. En ello los medios de comunicación de masas, propiedad de la alta burguesía o en manos de estados burgueses controlados por las élites burguesas, juegan un papel fundamental: son ellos, junto al discurso de los propios políticos capitalistas que gobiernan nuestros estados, quienes marcan los límites dentro de los cuales se pueden mover las ideas, pensamientos y proyectos políticos de quienes osen considerarse verdaderos demócratas.

En toda sociedad existen diferentes ámbitos discursivos, entre los que se encuentran, por ejemplo, el ámbito ético, el de la ciencia y la tecnología, y, por supuesto, el político. Estos ámbitos discursivos, compuestos por elementos semánticos compartidos y legitimados socialmente, tienen una presencia social previa a cada uno de nosotros y a lo largo de nuestra experiencia nos vamos apropiando o profundizando en alguno de ellos. Son, para entendernos, los corpus semánticos que permiten a los hombres compartir conocimientos y reglas sociales, normas morales, ideologías, de tal forma que pueda producirse un acercamiento entre sujetos en condiciones de igualdad semántica. Sin la existencia de tales ámbitos discursivos, sería imposible la existencia de sociedad alguna, pues es de ellos de donde, en última instancia, dependen las relaciones sociales, así como los códigos de valores, éticos, estéticos, científicos y políticos que rigen toda sociedad. En la sociedad consumista-capitalista, sin ir más lejos, el lenguaje publicitario se ha convertido en un ámbito discursivo de carácter central para el funcionamiento de nuestro mundo actual. Los códigos de valores que de él emergen, vinculados a una determinada simbología (las marcas, el estatus asociado a la compra de determinados productos, los estereotipos de belleza femenina y masculina impulsados a través de él, etc, etc.), rigen de cabo a rabo las relaciones sociales vigentes, y sin él no podríamos comprender nuestra sociedad. Tal ámbito discursivo tienes unas connotaciones políticas innegables, de tal modo que la publicidad es también una forma de propaganda del sistema capitalista, en tanto que no solo vende productos, sino que impone formas de vida, todas ellas vinculadas al proceder necesario para el normal funcionamiento del capitalismo (el individualismo, la competencia, el hedonismo consumista, la adoración por el poder y el dinero, etc.). Pero, por encima de cualquier otro, es el ámbito del discurso “democrático”, es decir, aquel que sirve para determinar qué ideas deben ser consideradas como democráticas y cuales no, el que tiene unas implicaciones políticas de mayor alcance: sirve para cerrar la puerta, por la vía de la deslegitimación semántica, a cualquier proyecto político que pretenda acabar con el actual sistema capitalista.

Pondremos un ejemplo que se entenderá a la perfección: el uso del término “antisistema”. Un antisistema, como la propia palabra indica, no debiera ser más que aquella persona que, por un motivo o por otro, se opusiese al sistema capitalista. Esto, en sí mismo, y dentro de lo que se presupone debe ser una sociedad democrática que respete la pluralidad de ideas, no debiera tener connotación peyorativa alguna. Tan legítimo debiera ser estar a favor del sistema, como en su contra. Otra cosa son los métodos que se puedan utilizar para derrocar el sistema, que pueden o no estar dentro de la legalidad establecida: eso lo determinará el ordenamiento jurídico de cada país. Pero, en sí mismo, oponerse al sistema no debiera ser algo considerado de manera negativa, más bien, si la sociedad fuese verdaderamente democrática, tal hecho debería ser considerado, con toda normalidad, como una más de las opciones políticas que compiten con el resto de opciones (incluidas las prosistema) en la arena política democrática, entrando de pleno en lo que se puede entender como normalidad democrática; en el juego de la política democrática.

Sin embargo, el discurso dominante, el ámbito del discurso democrático actual, expulsa a los “antisistema” de dicha normalidad democrática: se vincula tal término con lo antidemocrático, lo violento, y, por ende, lo que está, en todos los casos, fuera de la legitimidad democrática. De hecho, cada vez que hay algún tipo de incidente en una protesta social, una manifestación, o lo que sea, nuestros políticos, nuestros responsable policiales, y nuestros medios de comunicación, responsabilizan de tales hechos a los “radicales antisistema”, induciendo con ello a pensar que, frente a la normalidad de la mayoría “prosistema”, existe la anormalidad, peligrosa y violenta, de la minoría radical antisistema. El término antissistema se convierte así en sinónimo de actuaciones violentas, disturbios y comportamientos antidemocráticos que quebrantan la “tranquilidad democrática” y van contra los derechos de la “mayoría”. Consecuencia: lo que en esencia debiera ser una legítima opción política, tanto como las opciones prosistema, es sacada del ámbito discursivo democrático, es deslegitimada socialmente, y, por tanto, queda al margen de lo que debe ser el comportamiento y/o el pensamiento democrático. Millones de personas, que se oponen al sistema capitalista, quedan expulsadas del ámbito discursivo democrático, expuestas a tener que estar continuamente relegitimando, entre sus iguales, aquello que en esencia debiera ser tan legítimo como las opciones prosistema, pero que el discurso dominante se ha encargado de deslegitimar dentro del ámbito de lo que puede ser considerado como legítimamente democrático.

Como este ejemplo podemos encontrar muchos más, aunque, seguramente, este sea el más evidente, por todo lo que implica en sí misma actualmente, en negativo, la palabra “antisistema”. Sin embargo, ello no es más que una de las manifestaciones más evidentes de una problemática discursiva de mucho mayor calado: el espectro ideológico/discursivo que se legitima diariamente a través de los medios de comunicación de masas. El ámbito del discurso mediático/democrático.

El discurso mediático/democrático

Esto es, el espectro ideológico que se legitima como democrático a través de los medios de comunicación de masas. Ese que actualmente va desde la extrema derecha más reaccionaria, a una socialdemocracia keynesiana, expulsando del mismo, como ya se ha dicho, a toda aquella opción política que exceda estos márgenes por la izquierda, y, en concreto, a todo cuanto presente un proyecto político y/o económico revolucionario, que pretenda acabar con el capitalismo. El espectro, en definitiva, que va, desde Intererconomía a La Sexta, desde La Gaceta a Público, desde Es.radio a La Ser, desde Fox News a CNN. La divergencia informativa puede existir, por tanto, en temas políticos o sociales que afecten a un nivel interno la vida de un determinado país capitalista, donde partidos conservadores y socialdemócratas se alternen en el poder, pero se anula por completo cuando lo que está en juego es la defensa del sistema socio-económico vigente o los intereses de las clases dominantes que lo publicitan y sustentan.

Cuando existe algún tipo de acontecimiento social, político, económico o mediático en el mundo que pueda poner en peligro el normal funcionamiento de los intereses de las clases dominantes, la transmisión de información es puesta inmediatamente al servicio de la defensa de estos intereses, haciéndose llegar los hechos a la ciudadanía de tal manera que no supongan problema alguno para los objetivos propuestos en su modelo ideal de sociedad por las clases dominantes, cuando no directamente siendo silenciados (en caso de no poder ser convenientemente manipulados). Una misma noticia puede ser tratada en aparente pluralidad por diversos medios de comunicación que, también en apariencia, responden a diferentes orientaciones políticas, y, sin embargo, estar diciéndote una misma cosa sobre un determinado tema, tal cual es el interés de las clases dominantes en relación con ese tema. La supuesta pluralidad de los medios no es tal cuando de defender los intereses políticos y sociales de las clases dominantes se trata. Por más que los matices que se den en los diferentes medios acerca de determinadas informaciones (que puedan poner en peligro el funcionamiento de la sociedad consumista-capitalista o los intereses políticos de las clases dirigentes) puedan ser de una manera u otra, el análisis de fondo es siempre el mismo; es decir, aquel que le interese a los propietarios de los medios de comunicación, aquel que defienda los intereses de las clases dominantes que son propietarias de tales medios. Es precisamente la matriz de opinión que identifica democracia con capitalismo, como decíamos antes, la más constante de todas cuantas son lanzadas por estos medios de comunicación de masas, pues es ella el soporte en que se amparan las matrices de opinión de contenidos concretos que vienen y van por estos medios a medida que la situación política, económica y social de la actualidad mediática lo va requiriendo. En consecuencia, todo aquello que no entre dentro del espectro ideológico de estos medios, queda fuera del discurso legitimado por ellos mismos como “democrático”, pasa a ser automáticamente “antidemocrático”, o, cuando menos, no respetuoso con la democracia.

Las consecuencias ideológicas de esta estrechez en el discurso democrático impulsado desde estos medios de masas al servicio del capital son terribles: En primer lugar, consiguen desplazar el centro político hacia la extrema derecha, y convierten lo que debieran ser el discurso mayoritario de una sociedad, “la opinión pública”, el “sentido común” (en palabras de Gramsci), en un discurso derechista sin complejos, en una verdadera arma de defensa, por la derecha, del sistema capitalista, dispuesto a aceptar cualquier cosa que se presente ante la sociedad como necesaria para la defensa de la “democracia” y el “estado de derecho”, por más agresivo que sea contra los derechos e intereses de esa mayoría trabajadora que sustenta toda sociedad capitalista. En segundo lugar, criminaliza la disidencia, y convierte al revolucionario en enemigo de la democracia y de los intereses de la mayoría, tachándolo de radical y extremista, y anulando con ello su capacidad de influencia sobre el global de la sociedad, con la consecuente dificultad que ello conlleva para que, en algún momento, aquellos proyectos que apuestan por un derrocamiento del capitalismo puedan triunfar. En tercer lugar, sienta las base para que la extrema derecha fascista pueda crecer socialmente, sobre todo en momentos de crisis económica, y/o amenaza real de una caída del sistema por su propia inoperancia (tal cual es el que vivimos en la actualidad). Mientras a la izquierda revolucionaria se la encierra en espacios marginales, se la destierra del debate público, se la criminaliza, se la expulsa del discurso democrático y se la sitúa junto aquellos elementos de la esfera mediática que desatan reacciones emocionales de tipo negativo en la ciudadanía, pues previamente se le ha asociado a dichos conceptos, a través de la manipulación informativa constante, una reacción emocional de este tipo (antisistemas, radicales, trasnochados, violentos, etc., etc.), la extrema derecha se incorpora con toda normalidad al debate "democrático", y sus ideas fascistas, homófobas, racistas, verdaderamente violentas, quedan plenamente legitimadas como unas más entre las muchas a las que puede optar la ciudadanía en ese mercado de la política que es la lucha partidista en una democracia liberal burguesa, y de la que, por supuesto, quedan excluídas las ideas de las izquierdas revolucionarias. Esta es, en definitiva, la verdadera cara del discurso ideológico dominante impuesto a través del secuestro del discurso mediático/democrático por parte de las clases burguesas que controlan y dominan a su antojo los medios de comunicación de masas: la normalización de las ideas fascistas de toda la vida como una parte más, respetable, del debate político y democrático, como una parte más, legitimada, del ámbito discursivo democrático, a la par que las ideas antisistema son criminalizadas y marginadas, tachadas de antidemocráticas.

Su pantomima no es democracia: es la dictadura del capital

Una situación donde los que defienden una verdadera democracia popular y protagónica, con derecho a la soberanía política y económica, con justicia social y con dignidad colectiva, son excluidos de la vida política democrática, mientras aquellos que por definición son antidemocráticos, intolerantes, quebrantadores de derechos humanos, violentos, y azuzadores de vísceras, están perfectamente integrados y normalizados en la vida, la práctica y el discurso de esta sociedad (supuestamente) democrática. Y donde, por el “extremo” izquierdo, lo que encuentran como supuesto oponente, según la legitimación democrática establecida por el discurso impuesto a través de los medios de comunicación de masas y los políticos capitalistas que nos gobiernan, no puede ir más allá de unos planteamiento reformistas al estilo socialdemócrata o keynesiano.

No obstante, si uno de los preceptos básicos de toda sociedad democrática ha de ser el respeto a la pluralidad de ideas y la no imposición de ningún modelo político, por muy mayoritario que sea, que atente contra los derechos y libertades de los ciudadanos y ciudadanas, la existencia de un discursos hegemónico, de pensamiento único, que analiza la realidad desde la polaridad democrático/antidemocrático según los modelos políticos a juzgar respeten o no la existencia del sistema consumista/capitalista como único modelo posible de sociedad democrática, no puede ser vista más que como una contradicción plena entre lo que debiera ser una verdadera sociedad democrática, y lo que, en la actualidad, los medios de comunicación, así como los políticos capitalistas, nos “venden” como tal.

No, su pantomima no es democrática, por más espacios de legitimación democrática que puedan crear, a través de las prácticas discursivas, de los ordenamientos jurídicos (estados de derecho), o de los múltiples espacios sociales y culturales que controlan a su antojo. Su pantomima no es más, como bien se descubriera hace ya más de 120 años, que una dictadura del capital. Su pantomima no es más que un macabro teatro pagado por la burguesía, un carnaval a gran escala donde solo detrás de una máscara de democracia, los que nunca han sido ni serán demócratas pueden camuflar su verdadero rostro dictatorial.

Un análisis de su discurso “democrático” así bien nos lo demuestra, como tantas cosas más. Pero mientras puedan seguir engañando a las clases trabajadoras con su poco pan y su pésimo circo, atosigándolas con sus espectáculos mediáticos y asustándolas con sus enemigos inventados, su máscara no caerá y su poder dictatorial estará garantizado. El problema de verdad es que tienen legiones de mercenarios, policiales, militares, políticos y mediáticos, dispuestos a sujetar la careta por un trozo de pan duro y unos minutos de gloria. Pero no podrán reinar eternamente.

Algún día se acabará el carnaval y vendrá la primavera: la primavera de la libertad.

Ultima modificacion el Viernes, 16 de Marzo de 2012 11:51


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