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27 Mar 2012

Bolivia. Las minas del Cerro Rico de Potosí Destacado

por Eliana Ecos / desInforménonos
Martes, 27 de Marzo de 2012 11:01
Una larga historia de explotación contra el minero y la madre tierra.

En las minas de Potosí las ansias de los conquistadores por la plata fueron interminables, lo que hace ya cinco siglos dio comienzo a una de las masacres más grandes de la historia de Latinoamérica. Hoy las cosas no son distintas: en ese lugar, las minas siguen devastando la vida con los mismos métodos. Los que ganan son pocos; los que sufren, muchos.

En Potosí, la falta de trabajo obliga a los mineros a seguir aceptando las condiciones que les imponen desde afuera las empresas extranjeras para terminar de vaciar lo poco que ya pueden dar los cerros y la tierra agotada de tanto ser saqueada.

En el caso del Cerro Rico del Potosí, el Estado boliviano otorga a las empresas privadas una concesión para su explotación. Los empresarios se encargan de poner los medios de transporte para el traslado de las piedras que extraen del interior, llevarlas a las plantas de tratamiento, separar los metales de la roca y seguir agrandando la garganta del consumo allá, del otro lado del continente. De este lado quedan la pobreza y el olvido.

En cuanto a los trabajadores, la empresa los prefiere autónomos: quiere decir que utilizan la estrategia de la des-responsabilidad y la flexibilización. A cada uno se le paga a destajo, es decir, según la cantidad de roca extraída; no los proveen de instrumentos de trabajo o equipo de protección, y en caso de accidentes o enfermedades no se hacen responsables.

Los interminables túneles de la mina en los que se transformó el cerro son agujeros oscuros. El oxígeno es escaso porque los sistemas de ventilación, caños que vienen desde la entrada hasta los lugares más recónditos, no funcionan. El frío en la superficie y el calor en los pisos más profundos, combinados con la humedad, calan hasta los huesos.

Hay que mencionar también que una parte del Cerro Rico está adjudicado en forma de cooperativa a los trabajadores; es una mina casi agotada, lo que hace inútil el trabajo de los mineros.

En la ciudad de Potosí, al llegar a la terminal de autobuses nos reciben muchos niños vendiéndonos piedritas que traen desde el cerro. Nos dice una señora que son los chiquitos huérfanos de Potosí. Huérfanos porque a sus papás y a sus hermanos mayores se los llevó la mina: alguna explosión o algún derrumbe. Nadie se entera, solo el pueblo de Potosí.

Rumbo a la mina, pasamos a la tienda donde se abastecen los mineros antes de comenzar el día. Estamos buscando provisiones para las familias que vamos a visitar. En la tienda encontramos todo lo que ellos nos dicen que necesitan: algún refresco, hojas de coca y dinamita. La coca es la hoja sagrada que los ayuda a resistir la altura, les permite oxigenar la sangre y resistir las largas jornadas de trabajo.

Empezamos a caminar y la montaña se hace interminable. Las mujeres y los niños nos acompañan hasta cierto punto y nos explican que hasta allí van ellas todos los días a despedir a sus maridos, pidiendo y esperando que vuelvan al anochecer. Algunos niños y mujeres trabajan también en otras minas que están un poco más allá de donde vamos nosotros.

Vamos cargados de esperanzas, con la certeza de poder hablar con ellos y escuchar todo lo que tienen por contarnos. ¿Qué anhelan, cuáles son sus miedos, cuáles son las verdaderas condiciones en que viven y trabajan? Y desearíamos irnos con respuestas y revoluciones que nos provoquen a la movilización para transformar esta realidad en una vida más agradable para las familias de los mineros. ¡A ver!

Al entrar en la mina nos espera la imagen del Tío (deformación de la palabra Dio), pero referida al diablo. A él dejamos una ofrenda de hojas de coca y alcohol para evitar que haga temblar la tierra mientras estamos adentro y terminemos perdidos. A decir de los mineros, esta costumbre les fue impuesta por los colonizadores: les decían que éste era el dios al que debían de adorar para que los protegiera dentro de los túneles.

Ya en la profundidad de la gruta la coca es un aliciente: empezamos a sentir el peso de la altura y la falta de oxígeno, que se acentúa a medida que seguimos adentrándonos en los socavones y después de mucho caminar por suelos húmedos. Hay paredes que se desprenden y techos que de repente nos llegan al pecho y nos obligan a caminar arrodillados.

Llegamos a un lugar oscuro, en medio del silencio sordo, donde se ven unas luces débiles. Nos acercamos; unos ojos se asoman debajo de los cascos desvencijados y nos saludan amablemente con un gesto de resignación que cala hondo. Nos saludamos y el abrazo se hace largo, como si quisiéramos comunicarnos tanto en la única lengua que ambos tenemos en común: la que es muda y más hondo llega.

Después tendremos una larga charla con el apoyo de una compañera que hace de puente entre nosotros. Traduce:

“No tenemos nada, pero ante la nada esto tenemos, podemos sobrevivir hasta que el cuerpo aguante, después no lo sabemos…”. “Que sí quisieran ellos buscar otro trabajo, lo que pasa es que en Potosí no hay más nada y así lo aceptamos o nos vamos…”.

Este Potosí, del que se sacaron millones de onzas de plata durante la Colonia y que contribuyó al florecer de las familias más renombradas de la Europa del renacimiento, es hoy una ciudad devastada.

Esta nota intenta, al final de todo, mostrar una realidad que no puede aguantarse, con la finalidad de transformarla; confiamos en que llegue a las personas precisas, las que pueden intervenir y cambiar el rumbo de esta historia. Quiero aclarar que hasta el momento en el que fuimos, los mineros no están recibiendo apoyo.

Las familias están entusiasmadas con micro-emprendimientos que alguna ONG u organización independiente quiera llevar adelante en el pueblo para que ellos puedan trabajar y dejar, por fin, las minas.



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